Noticias del español

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| Josep Maria Espinás
elperiodico.com, España
Miércoles, 14 de mayo del 2008

EL DIFÍCIL ARTE DE LA TRADUCCIÓN

Traducir es un arte difícil. En especial si se trata de la traducción de un texto literario. Hay que conocer bien la lengua original del texto y también, naturalmente, la lengua a la que se traduce, la lengua del traductor. Y existen libros que por su estilo, su sintaxis, o los dichos que contiene, exigen al traductor mucha capacidad interpretativa.


La traducción literal no siempre es fiel. Hay que conservar, hasta donde sea posible, el ritmo, la música de la frase original. No es fácil, y demás del dominio lingüístico hay que tener una sensibilidad especial. Y una calidad que no siempre aparece y que me parece indispensable. Es la capacidad de dudar. A veces, lo que quiere decir el autor no es lo que a nosotros nos parece muy claro.

Naturalmente, no existe ninguna norma para saber cuándo hay que dudar. Aquí aparece el instinto del traductor. Quizá la palabra original tiene otras acepciones que no son las más corrientes. El trabajo del buen traductor es arduo. Tiene que consultar un buen diccionario siempre que sospeche que las palabras de una frase no acaban de ligar.

Recuerdo un caso, realmente exagerado, pero que puede servir de ejemplo. Hace unos años, alguien que traducía un libro del francés al castellano escribió lo siguiente: «Ya no quedaba primavera en casa de Luisa». No pensó que era un poco extraño. No consultó printemps en el diccionario francés, que le habría indicado que printemps también quiere decir 'juventud'. Y que chez no significa solo 'casa', sino 'en'. O sea, la traducción sería: «Luisa ya no tenía un aire juvenil».

Yo tengo una divertida experiencia. Hace muchos años, una novela mía fue publicada en Estados Unidos. El traductor al inglés era Anthony Bonner, del que se ha hablado últimamente como gran experto en la obra de Ramon Llull. Un día recibí una carta en la que me pedía que le aclarara dos dudas. La primera: no entendía que en una empresa hubiese un encargado «de altas y bajas». Claro, no se trataba de chicas altas y chicas bajas, sino de altas y bajas laborales.

Segundo punto: en la novela tenía lugar una partida de póquer. Bonner me dijo que las cartas que yo hacía salir en la mano de un jugador eran casi imposibles según el cálculo de probabilidades. Le rogué que pusiera las cartas que considerara adecuadas, y lo felicité no solo como traductor, sino como experto en póquer. De modo que si alguien comparase la edición catalana y la de Estados Unidos, descubriría que las partidas son diferentes.

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