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| Álvaro de Cózar
El País (Madrid)
Domingo, 25 de junio del 2006

EL DICCIONARIO IMPERTINENTE

Judíos, gitanos y asociaciones de mujeres critican algunas definiciones que de ellos da la RAE.


Las asociaciones de gitanos, judíos y feministas han puesto en su punto de mira al Diccionario de la Real Academia Española. Algunas de sus definiciones (por ejemplo, gitano como persona que estafa u obra con engaño, o jueza como mujer del juez) irritan a estos colectivos y les llevan a pedir su retirada. Otro tanto sucede con los nacionalistas del BNG, que han presentado una iniciativa en el Congreso para eliminar dos definiciones de la palabra gallego (el diccionario explica que en Costa Rica y El Salvador se utiliza como sinónimo de tonto y tartamudo, respectivamente). El académico y lexicógrafo José Antonio Pascual replica que el diccionario sólo fotografía la realidad social, pero que no puede cambiarla.


Impertinente: 1. adj. Que no viene al caso, o que molesta de palabra o de obra. 2. Excesivamente susceptible, que muestra desagrado por todo y pide o hace cosas que están fuera de propósito (Diccionario de la Real Academia Española).

Estas dos acepciones de la palabra impertinente podrían servir a los protagonistas de este reportaje para describirse mutuamente. El primero de ellos es precisamente el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), un libro que a veces molesta con sus definiciones. El otro es un amplio grupo de colectivos (feministas, gitanos, judíos y hasta un partido, el BNG) que se sienten ofendidos con algunas acepciones del diccionario.

Así pues, considérese iniciado este combate. A un lado, aquellos que consideran un oprobio lo que el libro dice de ellos. Expondrán argumentos contra sus definiciones con explicaciones y, a veces, con alguna estocada que otra. En el rincón opuesto, el diccionario en cuestión en su vigésima segunda edición, de 2001, representado por el académico y lexicógrafo José Antonio Pascual, que tampoco evitará soltar algún mandoble cargado de ironía.

SOBRE LOS GALLEGOS. «Tonto y tartamudo»

Como la palabra nación, el término gallego también ha llegado al Congreso de los Diputados. El Bloque Nacionalista Galego (BNG) presentó en abril pasado una proposición no de ley para que se eliminen del diccionario las dos acepciones en las que el gentilicio aparece como sinónimo de tonto, usada en Costa Rica, y tartamudo, que se emplea en El Salvador.

Según la formación política, esos usos son «estereotipos prejuiciosos y vejatorios» y proceden de «dos países pequeños y de poca trascendencia que no son representativos». «Habría que quitarlas», asegura Francisco Rodríguez, portavoz del partido en el Congreso; «o por lo menos contextualizarlas. Y no tiene sentido que estén en quinto y sexto lugar, ya que la palabra gallego, cuando se refiere a la lengua, ocupa el séptimo», argumenta Rodríguez.

Los del Bloque tampoco están contentos con esa séptima acepción: «Lengua de los gallegos». Comparada con la del catalán, la consideran una definición pobre: «Lengua romance vernácula que se habla en Cataluña y en otros dominios de la antigua Corona de Aragón». «¿Es eso ser neutrales?», se pregunta Rodríguez.

«Vamos a ver», contesta con cierta perplejidad José Antonio Pascual. «Lo primero que hay que saber es que el diccionario se ha ido modificando en varias etapas desde su creación. Claro que tiene incoherencias. Nosotros las estudiamos y procuramos corregirlas. Pero somos como fotógrafos de un paisaje y no los creadores de éste. Y la realidad a veces es fea. Esos términos se usan así en Costa Rica y El Salvador, que, como otros países, hacen sus aportaciones al diccionario. ¿Se puede cambiar? Sí, pero en el caso del lenguaje eso no se puede hacer por decreto como quiere el BNG», concluye.

SOBRE LOS JUDÍOS. «Acabar con las judiadas»

Varias palabras relacionadas con este pueblo han tenido tradicionalmente un uso despectivo en la lengua española y así lo recoge el DRAE. El más conocido es judiada, que aparece definido como «acción mala, que tendenciosamente se consideraba propia de judíos». Y luego el diccionario recoge un tercer uso de la palabra sinagoga: «Reunión para fines que se consideran ilícitos».

Un portavoz de la Federación de Comunidades Judías de España asegura que han pedido a la RAE que se modifiquen esas acepciones sin que nada haya ocurrido. «Nos hicieron caso con la definición de judío, que se cambió hace unos años. Entonces se decía que un judío era el que aún profesaba la religión judía», recuerda.

Aun así, el mismo portavoz le echa un poco de guasa al asunto y reconoce cierta susceptibilidad por su parte en ocasiones: «El otro día leí un titular en un periódico que decía 'Las judiadas se van a acabar'». El titular, según cuenta, no se refería al pueblo judío, sino al sobrepeso de Ronaldo y a su nueva dieta, consistente en dejar de comer habichuelas.

«Son términos que están ahí y que se siguen usando», señala Pascual. «El diccionario está para todos. No puede ser que alguien acuda al libro y no sepa lo que es una judiada».

SOBRE LOS GITANOS. «Que estafa con engaño»

A Pilar Heredia, presidenta de la Asociación de Mujeres Gitanas Yerbabuena, le exaspera esta acepción de la palabra gitano: «Que estafa u obra con engaño». «Es vergonzoso que eso figure en el Diccionario de la RAE», dice Heredia. «Es una prueba de que el término gitano se ve con desprecio y vamos a pedir que se retire porque alimenta actitudes xenófobas».

«Digo lo mismo de antes», insiste Pascual. «El término gitano se usa todavía con esa acepción en la calle. Y porque nosotros lo cambiemos en el diccionario no va a cambiar la realidad social». El académico muestra su preocupación por el exceso de corrección política al que se ha llegado: «Parece que hemos perdido el sentido del humor, la capacidad de reírnos de nosotros mismos. Me da miedo la uniformidad del lenguaje y que perdamos la ironía», asegura.

SOBRE LOS VIZCAÍNOS. «Faltan a las reglas»

El uso despectivo de esta palabra está en la expresión a la vizcaína, que define así la Academia: «Al modo que hablan o escriben los vizcaínos, cuando faltan a las reglas gramaticales». Pero no siempre se ve así. Al menos, no el director de comunicación del Partido Nacionalista Vasco, Luis Aramberre. «No vamos a hacer nada al respecto. Se entiende que es una expresión cervantina que se refiere a todos los vascos. No creemos que nadie se sienta ofendido. En mi caso concreto, el castellano es mi segunda lengua, así que es lógico que me trabuque de vez en cuando». O sea, que nada que objetar. A la vizcaína y a mucha honra.

SOBRE LOS HOMOSEXUALES. «De poco ánimo y esfuerzo»

Ningún problema con el término, pero sí con alguna de sus acepciones. Myriam Navas, del Colectivo de Lesbianas Gays y Transexuales de Madrid (COGAM), señala que marica es «un vocablo usado entre los gays y que muchos reivindican». «Lo que no me gusta son algunos usos machistas que identifican homosexual con afeminado, cuando todo el mundo conoce la diversidad que existe en el mundo gay».

La tercera acepción de marica es: «Hombre afeminado y de poco ánimo y esfuerzo». Navas reconoce que el uso está muy extendido en la calle y entiende que la Academia no lo retire. «Aunque, ¿el lema de la Academia es Limpia, fija y da esplendor, no?», se pregunta.

«Pues sí, ése es su cometido desde 1713», contesta el académico, «y también recoger lo que se dice, aunque sea sucio y aparentemente no dé esplendor. De todas formas, nadie duda de que mucho del esplendor de nuestra lengua está en la riqueza del idioma».

SOBRE LAS MUJERES. «Definiciones sexistas»

Huérfano: «A quien se le han muerto el padre y la madre o uno de los dos, especialmente el padre». Éste es uno de los ejemplos que dan algunas asociaciones de mujeres para demostrar que el diccionario es sexista. Pero hay muchos más. «Jueza: mujer del juez». Ajamonarse: «Dicho de una persona, especialmente de una mujer, engordar cuando ha pasado de la juventud».

Y así muchos más. Tantos como para llenar las 464 páginas del libro De mujeres y diccionarios. Evolución de lo femenino en la 22ª edición del DRAE (2004). Una de las autoras, la filóloga Eulalia Lledó, cuenta que la RAE les ha pedido informes sobre el sexismo de algunas palabras pero que no suelen hacerles demasiado caso. «Lo que debería hacer la Academia es poner una nota pragmática para explicar que un término tiene un determinado uso sexista».

«Y se hace», asegura Pascual, «aunque lentamente». Muchas reivindicaciones son lógicas, según explica el lexicógrafo y académico, pero «hay que hacérselas a la sociedad y no al diccionario». Otras son disparates, como la de aquella asociación para la defensa del burro que pedía que se quitase la acepción del animal como sinónimo de ignorante o aquel otro que pedía que se cambiase la palabra basura por material reciclable.

«En el DRAE hay que cambiar cosas, pero se hará cuando haya cambiado la sociedad, cuando la gente deje de pensar que los gitanos son estafadores o que sólo se ajamonan las mujeres», concluye el académico. En ese caso, puede que esas acepciones sigan apareciendo en el diccionario, con una nota que indique simplemente que la palabra ya ha dejado de usarse. Irritan a estos colectivos y les llevan a pedir su retirada. Otro tanto sucede con los nacionalistas del BNG, que han presentado una iniciativa en el Congreso para eliminar dos definiciones de la palabra gallego (el diccionario explica que en Costa Rica y El Salvador se utiliza como sinónimo de tonto y tartamudo, respectivamente). El académico y lexicógrafo José Antonio Pascual replica que el diccionario sólo fotografía la realidad social, pero que no puede cambiarla.

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