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| Amando de Miguel
Libertad Digital (Madrid, España),
Miércoles, 5 de agosto del 2007

EL BARROQUISMO DEL HABLA ACTUAL

Para hacerse entender, el hablante introduce toda suerte de barroquismos en su discurso como si fueran los excipientes de un fármaco.


Se suele presumir que la conducta del hablante se mueve por el principio de «economía léxica», esto es, el menor número de palabras para emitir el máximo posible de información. Eso será así en el texto de los telegramas o en los mensajes telefónicos. En la generalidad de las conversaciones, de los discursos o de los escritos se sigue el principio contrario, el barroquismo sistemático. La razón es que no siempre el hablante quiere transmitir el máximo de información. Aunque se propusiera tal cosa, la forma de hacerlo se sujeta a todo tipo de excesos retóricos.

Más que «economía léxica» se podría decir «pereza léxica», por el que se prefiere emitir un repertorio mínimo de palabras pero con fórmulas miméticas. Al igual que en el atuendo, se prefiere decir lo que facilita la moda. De esa forma no hay que pensar mucho respecto a qué ropa ponerse o qué palabras emplear.

Los barroquismos son complicaciones aparentemente inútiles y poco conscientes del habla que se podrían considerar innecesarias o adventicias si no fuera porque cumplen algunas funciones útiles. Por ejemplo, es claro que, en una conversación, el receptor o interlocutor retiene solo un pequeño porcentaje de los signos que emite el hablante. Para hacerse entender, el hablante introduce toda suerte de barroquismos en su discurso como si fueran los excipientes de un fármaco. De esa forma, el hablante sabe que, aunque se mantenga una proporción baja de signos que llegan realmente a su destino, la sustancia de su discurso conseguirá su objetivo.

Esa interpretación es la racional. Hay otra, complementaria, que se fija más en el propósito estético de los barroquismos. Simplemente eso que se emite y que no se retiene bien, por sabido, cumple la función de que el emisor pase por una persona culta y, todavía mejor, graciosa. No se olvide que hablamos también para presumir, casi la misma razón por la que nos vestimos, calzamos y acicalamos.

Sea por la razón que fuere, el hecho inevitable es que el habla emplea muchas más palabras de las que se necesita para comunicar el mensaje intencionado. Esos arabescos del habla pueden agruparse en las siguientes categorías:

1. Vacíos semánticos

2. Muletillas

3. Comparaciones ingeniosas

4. Binomios copulativos

5. Alargamientos

6. Epítetos (adjetivos automáticos)

Ya la misma variedad de recursos retóricos nos indica que el barroquismo es parte principalísima del habla. Considérese la imagen de un monumento barroco, por ejemplo la fachada de la catedral de Murcia. Si a esa obra le quitamos los muchos adornos, no quedaría más que una desangelada estructura. La fachada nos «habla» a través de la profusión de elementos aparentemente ornamentales que pueden parecer inútiles. El barroquismo es ya una metáfora. Podría tomarse otro ejemplo, el de una fachada plateresca, como la que exhibe la Universidad de Salamanca. Quizá las metáforas sean aquí por elevación. El habla tampoco es un gran logro artístico.

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