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| Iñaki Esteban
El Correo Digital (Vizcaya, País Vasco, España)
Domingo, 13 de agosto del 2006

EL ARTE DE INSULTAR

La Biblia está llena de palabras malsonantes, lo mismo que la obra de Cervantes y Quevedo. Pero hay injurias que exhiben ingenio y otras que sólo muestran zafiedad.


En el principio fue el insulto. Dios usó la palabra 'maldito' para despreciar a la serpiente, a Adán y Eva, y luego a Caín, homicida de su hermano Abel. El hijo de Dios, Jesús, tampoco se anduvo con chiquitas. A los cuatro o cinco años llamó a un hijo de Anás «grano execrable de iniquidad, hijo de la muerte» y «oficina de Satán», según el Evangelio del pseudo Mateo.

El insulto, viejo como el ser humano, vuelve a estar de actualidad gracias a dos libros, el Diccionario de la injuria (Losada), un inventario de 3.000 palabras procaces y por lo general imaginativas, recopiladas por los argentinos Sergio Bufano y Jorge S. Perednik; y el Viatge a l'origen dels insults (Ara Llibres), del mallorquín Joan Avellanada, que indaga en el contenido despectivo de términos como 'sudaca', 'charnego' y 'polaco'.

Las palabras gruesas eran muy normales en el mundo románico, abundaron en la Edad Media y términos como 'hideputa' se convirtieron en literatura gracias a Cervantes y Quevedo. «Algunas insultos se usaban como apellidos de la gente, hasta que en el siglo XVIII empezaron a tomarse en serio los censos y entonces todo esto se dulcificó», explica Ricardo Cierbide, profesor de Filología de la Universidad del País Vasco.

Cotorra, narigón

El insulto se nutre de concisas observaciones biológicas, anatómicas y sociales, según los argentinos Bufano y Perednik. Así, el variado mundo animal provee de términos como burro, gorila, sapo, cotorra, hiena y víbora; la fisionomía aporta enano, cabezón, bizco, narigón, orejudo y mofletudo; y leproso, sifilítico y paranoico no significan lo que aparece en el diccionario cuando se dicen con la voz levantada y airada.

Estos dos escritores reconocen que insultar produce, en la mayoría de las personas, un inconfesable placer, aunque las consecuencias de los insultos sean con frecuencia negativas y terminen en peleas, despidos o enemistades de por vida.

Joan Avellaneda, autor del Viatge a l'origen dels insults, asegura que jamás ha insultado a nadie, «excepto quizá alguna vez en los días de escuela». Sin embargo, conocer de dónde vienen esas palabras le causa una enorme satisfacción, un gusto que que empezó a experimentar cuando preparaba una exposición sobre diversidad lingüística. «Yo creo que las palabras ofensivas tienen que limitarse, a no ser que sepamos darles un tono humorístico, porque la convivencia es un bien precario», advierte Avellaneda.

Geógrafo de profesión, se ha especializado en los insultos relacionados con la procedencia. Por ejemplo, la palabra 'guiri', por extranjero, se originó en el País Vasco. «Viene de 'kiristinu', el término con el que los carlistas vascos llamaban a los soldados de la Reina María Cristina, entre los que había muchos extranjeros». Hay una entrada que el autor toma directamente del euskera, 'purria', que significa gente despreciable o del hampa. Procede de 'apurrak', que el experto traduce como grumos, migajas, residuos o restos.

«El contacto entre culturas ha producido conflicto, los habitantes de pueblos muy próximos se tienen desconfianza y, además, tendemos a clasificarlo todo, también a las personas», dice Avellaneda para explicar el indudable éxito histórico de los insultos. El profesor Ricardo Cierbide recuerda que en su tierra, Navarra, a los de Tafalla les llaman 'borrachos' y a los de Olite, 'charrines', por charlatanes. A su familia, los Cierbide, les llaman los 'Chispas', por su genio vivo.

A este filólogo le parece que los insultos pueden revelar el ingenio popular, pero también lo contrario. «Hay veces que te llaman pobre bestia por haber nacido en la Ribera de Navarra, cuando el que te lo dice o insinúa tampoco parece un dechado de civilidad», apunta.

Síndrome del malhablado

Decirlo no basta. Sin añadirle un énfasis en la pronunciación y algún gesto que le dé aún mayor fuerza dramática, el insulto no funciona. Ninguna injuria es de por sí injuriosa, de modo que se puede llamar a una persona 'cabrón' con cariño, argumentan Bufano y Perednik, lo que también demuestra que el uso del término no tiene nada que ver con su significado original.

Los autores argentinos aluden a una curiosa enfermedad, llamada 'coprolalia', que etimológicamente significa algo así como lenguaje o palabras excrementales, y que se define como la «perturbación mental caracterizada por el abuso de palabras obscenas». Los autores del diccionario sugieren que, si esto es así, los campos de fútbol estarían repletos de gente aquejada de este trastorno.

La enfermedad afecta a una de cada doscientas personas y está provocada por un desequilibrio químico en el cerebro, conocido como síndrome de Tourette o del malhablado. Los afectados hablarían así por la carga emocional de las palabras injuriosas y por su repercusión en sus circuitos neuronales.

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