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| MANUEL DE LA FUENTE (ABC.es)

El abecé de la tipografía española

Desde que con Gutenberg la imprenta tomara cuerpo, la historia de los pueblos se escribe en letras de molde.

Letras que han dado vida a los sueños y pesadillas, a los anhelos y decepciones, las venturas y desventuras, los endecasílabos y las novelas de las naciones, puestos en página, impresos en el papel y en nuestros corazones. Cada país ha ido buscando su tipo como quien busca un tesoro, ha ido perfilando sus caracteres como quien dibuja un autorretrato sentimental e histórico.

Moldes y moldes, letras y letras. Los ingleses presumiendo de su Baskerville, los italianos de su Bodoni, los suizos de su Helvética. Por supuesto, los españoles también nos jugamos el tipo, pero nuestras letras, nuestra tipografía, ha estado olvidada en las cajas bajas y las cajas altas de la desmemoria durante decenios, como tantas otras joyas de nuestro patrimonio, no por maravilloso a menudo desconocido. Pero ha llegado la hora de poner un punto y aparte en esta historia. Hora de reescribir con deliciosa caligrafía el pasado, el presente y el futuro de las fuentes de nuestra escritura.

Eso es lo que busca (y encuentra, con una ágil puesta en escena) la exposición Imprenta Real. Fuentes de la tipografía española, inaugurada en la sede de la Calcografía Nacional, en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, colaboradora en la organización de la muestra junto con la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo. Un trabajo justo y, sobre todo, necesario, tal como reconoce José María Ribagorda, profesor de diseño y comisario de la exposición: «El conocimiento de la tipografía española a nivel internacional en la actualidad es bajo, de ahí la necesidad de difundirla y de poner en valor su patrimonio histórico».

Tipos de interés

La muestra se organiza sobre tres ejes. Primero, hay que detenerse en nuestros antecedentes caligráficos, los antecedentes de la Ibarra Real, la letra estrella de la muestra, que constituye nuestra idiosincrasia tipográfica. Son hombres y nombres como los de Juan de Icíar, Francisco Lucas, Pedro Díaz Morante, que durante décadas fueron dando forma a la protagonista en este primer tramo que es la Bastarda Española. Porque no crean, el diseño no es patrimonio de la postmodernidad. De hecho, como apunta Ribagorda, «algunas de las fuentes que manejamos habitualmente en nuestro ordenador y casi todas las usadas en la edición de literatura impresa tienen diseños que proceden de hace más de cinco siglos. La tipografía no es un arte ni un oficio, la tipografía es diseño».

En el segundo apartado, brilla la llamada edad de oro de la tipografía española, bajo el reinado de Carlos III, artífice e impulsor, como de tantas otras cosas que intentaron ponernos en el camino de la modernidad, de la Imprenta Real, y las obras con todas las mayúsculas salidas de ellas, como el Quijote impreso en 1780 por Joaquín Ibarra, con la tipografía a la que dio nombre, y que pasa por ser el más bello Quijote que jamás haya salido de una imprenta. Tiempos en los que el tipógrafo se convierte en padre del actual diseñador. Tiempos en los que la relación entre arte e industria recorre Europa y a la que España no escapa, sobre todo a partir del nacimiento de las Sociedades Económicas de Amigos del País, y al trabajo de personas como Santiago Palomares, tiemplo en que empieza a generarse en el Obrador de la Imprenta Real una producción tipográfica ya típicamente española.

Finalmente, llegamos al presente, y a las tipografías digitales, cuyas referencias provienen, precisamente, de la Imprenta Real. A partir de nuestros modelos históricos, diseñadores y tipógrafos de última generación recuperan nuestro pasado y lo convierten en software.

De hecho, la Ibarra Real se dispone a incorporarse al catálogo tipográfico de Microsoft. «La distribución de una u otra manera por parte de Microsoft de esta tipografía —explica José María Ribagorda—, la pondrá al alcance de cualquier ciudadano del planeta y no solo será una fuente para escribir, sino que trasladará una marca, un nombre español a los menús de nuestros programas, de tal manera que deje constancia de nuestra tradición gráfica y sirva de apoyo y promoción al diseño tipográfico actual de los países de lengua española. Lo importante no es que el teclado tenga la letra Ibarra Real, sino que podamos escribir con una paleta de fuentes que dote de cuerpo e identidad a nuestra lengua y que traslade a otras lenguas el conocimiento de una cultura impresa que representa a más de trescientos millones de hablantes».

La letra tiene futuro

Lejos de sucumbir ante las nuevas tecnologías, la letra impresa cobra nuevos bríos más allá de las imprentas, a través del SMS, del correo electrónico, de la publicidad, de las marcas. En definitiva, llega a lomos del diseño del siglo XXI. «Cuando la cultura escrita parecía desplazada por la cultura audiovisual, del cine y la televisión, el ordenador nos puso un escritorio en el hogar y la oficina y los teléfonos empezaron a mandar SMS. La escritura hoy en día valora su capacidad visual, ha ampliado su lenguaje y ha vuelto a recuperar el papel que parecía haber perdido», concluye Ribagorda.

La exposición, que viajará a Chile en marzo con movito del V Congreso de la Lengua Española, está acompañada por un catálogo de 340 páginas llamado a convertirse en la biblia de la tipografía de nuestro país pues aúna una visión actual de la tipografía española junto con un punto de vista histórico que detalla sus procesos de elaboración.

«Imprenta Real. Fuentes de la tipografía española», una exposición escrita en letras de molde.

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