Noticias del español

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| Andrés Chaves
cronicasdlanzarote.com, España
Viernes, 3 de abril del 2009

ECHARME UN SORRASCO

1.- Ahora me doy cuenta de que mis abuelos y mis padres hablaban canario.


Sin querer, aprendí palabras que me han venido muy bien para la crónica, que es el tipo de periodismo con el que más me identifico; el puto folio. Dos personas que me influyeron mucho, de niño, a la hora de dedicarme a esto fueron don Luis Álvarez Cruz y Almadi. Más tarde, la lectura de Azorín, Cela, Umbral y de César González-Ruano me acabaron de convencer. Álvarez Cruz, del que por cierto habla González-Ruano en varios de sus artículos, dominaba también el género de la entrevista. De niño me asombraba su versatilidad. Almadi era más lírico. Y César y Umbral cultivaron el dandismo, le dieron forma. Azorín era el cultismo de la brevedad. Cela, el desafío. Pero les hablaba de las palabras canarias.

2.- Mi abuelo Pedro, cada tarde, se sentaba en el cuarto de recibo, en un sillón tipo chéster, a leer el ABC. Le decía a mi abuela: «Voy a echarme un sorrasco, María Lola»; y se quedaba traspuesto, el periódico entre las piernas y el boquín con el cigarrillo encendido rozando el brazo del sillón. Mi abuelo Domingo aludía siempre a la borsolana para pedir una bañadera. El Tesoro lexicográfico del español de Canarias define la voz como una degeneración de porcelana. Y puede ser. También define la palabra sorrasco y la identifica plenamente con la acción de mi abuelo: el sueñecito después de comer. Todavía no he conseguido el diccionario de Corrales/Corbella , editado por el Instituto de Estudios Canarios, pero creo que supone otra obra definitiva a la hora de recordarnos palabras y expresiones de las islas.

3.- Tremendamente útil, y emotivo, para el cronista es atesorar palabras de nuestros mayores. El otro día, una persona a la que quiero mucho me definió como un rabisca, porque con frecuencia relativa me ponía rabioso. ¿Habrá manera más feliz de señalar a un tipo malhumorado? Cuando, de chicos, trepábamos por los lugares más inverosímiles, mi madre nos gritaba desde el suelo: «¿Qué hacen ahí arriba, en la pericosia?». Erraba mi madre, que debía decir pericosa, palabra que se traduce como un lugar en lo alto, quizá la copa de un árbol. Umbral fue un creador del idioma, pero nunca entró en la Academia. Creo que González-Ruano tampoco. La Academia es generosa con los consejeros delegados de empresas periodísticas —Cebrián—, pero rácana con los cronistas de lo cotidiano. Porque consideran a la cosa nuestra un género menor.

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