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| Agencia Efe

Día Mundial de las Lenguas

Cada quince días se extingue una forma de decir «amor»

 

Una forma de hablar, oír, pensar y representar el universo por parte del animal simbólico que es el ser humano desaparece para siempre cada quince días: ese es el ritmo de extinción de las más de 6.700 lenguas que existen en el mundo.

En solo dos generaciones, según calculan los filólogos y los lingüistas, habrán desaparecido más de la mitad de estas lenguas, o, lo que es lo mismo, se habrán perdido casi 4.000 formas de decir «amor».

Mañana se celebra, por parte de la UNESCO, el Día Mundial de las Lenguas Maternas, en este 2008 que ya fue declarado por la ONU el Año Internacional de las Lenguas.

Según la UNESCO, las lenguas son vehículos de transmisión de los sistemas de valores y de las expresiones culturales, y constituyen un factor decisivo para la identidad de los grupos humanos y de las personas.

Aún siendo un componente esencial del patrimonio viviente de la humanidad, como las define la organización cultural y educativa de la ONU, más de la mitad de las aproximadamente 6.700 lenguas que existen están en peligro de extinción.

La mayoría de las lenguas están concentradas en unos pocos países, algunos de ellos con la imagen para el profano de ser lugares con un solo idioma.

Tal es el caso del hispanohablante México, que según el catálogo de la publicación especializada Ethnologue tiene nada menos que 297 lenguas vivas, aunque a algunas, como al uto-azteca Opata, les quedan pocas frases por pronunciar: en 1993 lo hablaban sólo once personas en el Distrito Federal y cuatro en el Estado de México.

En otros países la cifra es digna de Babel: hay 820 lenguas en Papúa-Nueva Guinea, 737 en Indonesia, nada menos que 536 en Nigeria, 427 en la India y, aunque no llega a tantas, en Estados Unidos más de 300 lenguas han sobrevivido a la Conquista del Oeste.

En algunos países la tasa de extinción es vertiginosa. Brasil, país que tiene catalogadas 235 lenguas —y probablemente alguna por descubrir— ha visto morir 47 en el siglo XX.

Las 188 lenguas vivas brasileñas —excepto el portugués y el español— sufren la gran debilidad de pertenecer a comunidades muy pequeñas y dispersas.

El tamaño mínimo de una comunidad para que se considere que su lengua está fuera de peligro es de 100.000 personas, según los lingüistas.

El chino mandarín, desde luego, no está en riesgo: lo hablan cerca de 1.200 millones de personas.

El segundo idioma más hablado, lógicamente, es la lengua franca de nuestro mundo, el inglés, con 500 millones. Le siguen el hindi, con 450 millones, el español, con 400, el ruso, con 290, el árabe con 230, el portugués con 190 y el francés con 125 millones.

En esta era de la comunicación, la Red Internet es tanto la enfermedad como el remedio. La homogeneización lingüística que promueve, según los especialistas, queda redimida por su uso como herramienta de comunicación de los grupos dispersos que utilizan su lengua madre y así la mantienen.

El 60 % de los usuarios de Internet lo hacen en inglés; los siguientes, de lejos, son los hispanohablantes, en un 9 %, igual que los que usan el alemán, y el siguiente «e-idioma» es el japonés.

Las páginas web están escritas, en su mayoría (80 %) en inglés, en alemán el 4 % y en español sólo en un 1 %.

Los lingüistas admiten que la muerte de una lengua es un fenómeno natural en la historia de todo grupo humano. «Nadie ha podido nunca evitar la muerte de una lengua, ni mucho menos resucitarla», admite Alberto Gómez Font.

El lingüista español afirma que, como mucho, una lengua moribunda pasa tarde o temprano «a la vitrina, al museo» de los especialistas, pero su muerte como medio de comunicación es un hecho luctuoso: «Cuando muere una lengua se muere un concepto de la vida, se muere una forma de entender la realidad».

Gómez Font, de la Fundación del Español Urgente (Fundéu), destaca que ya se ha superado el mal momento en que el universalismo napoleónico y la burocratización de los estados modernos veían el plurilingüismo como un problema, y se refiere especialmente a la política de unificación idiomática de Garibaldi en la península italiana.

El filólogo recuerda que, incluso recientemente, el presidente de uno de los países más ricos en lenguas autóctonas, Guatemala, se quejaba de esa riqueza por lo difícil que suponía llevar a cabo cualquier política de alfabetización.

Ahora todo ha cambiado, dice a Efe Gómez Font: «A finales del siglo XX y principios del XXI surgen los movimientos conservaduristas y ecologistas con una tendencia contraria, que consideran la muerte de una lengua como un drama y una tragedia cultural».

«Las administraciones deben invertir en la supervivencia de las lenguas», aconseja Gómez Font, y vuelve a poner el ejemplo de la Guatemala actual, donde los libros de texto se editan en multitud de idiomas locales.

«La radio también ayuda mucho a mantener viva una lengua minoritaria. En Miami, recientemente, un taxista haitiano escuchaba durante todo el trayecto una emisora en creole», cuenta Gómez Font.

Las lenguas están consideradas por la UNESCO como parte del patrimonio intangible de la humanidad, aunque hay algunos que llevan ese sentido de la propiedad un poco lejos.

Recientemente un líder indigenista de Chile demandó a Bill Gates por supuesto delito contra la propiedad intelectual, después de que Microsoft anunciase su proyecto de traducir algunos programas a mapudungún, la lengua de los mapuche.

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