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| Aresprensa (Argentina)

Desde junio, otra vez el español en escuelas públicas filipinas

Dentro de pocos días, en junio para ser precisos, varios cientos de jóvenes filipinos volverán a clases regulares de español, desde Manila a Zamboanga y de Baguio a Davao. Vale decir, en todo el territorio insular de este país asiático cuyo peso demográfico se aproxima a los cien millones de habitantes.

 

El gobierno de Gloria Macapagal Arroyo materializó así su promesa política de abrir otra vez la buena disposición del gobierno de Manila hacia la enseñanza de la lengua de Cervantes en la educación oficial del Archipiélago. El resultado de esa actitud hecha pública al finalizar el año 2007 y que en su momento apareció ante el mundo como novedosa e inesperada, fue el disparador de estos cursos delimitados, en principio, a la educación media y en condición de optativos.

Es un comienzo tímido pero auspicioso, pues la distancia de cero a por lo menos algo resulta muy importante en una región del mundo en la cual las hegemonías futuras disputarán sus espacios también en el ámbito de la comunicación y en sus fundamentos esenciales: la lengua y la cultura. Esto, después de más de veinte años de ausencia absoluta del español en los programas oficiales filipinos de estudio, debido a la decisión también política pero odiosa y excluyente con la universalidad hispana, que adoptó en letra constitucional en 1987 el gobierno de Corazón Aquino, hacia el habla que fue oficial durante trescientos años, en la antigua gran colonia española del Pacífico extremo.

Así las cosas, para la reintroducción del programa de español en la enseñanza media apenas habrá 17 escuelas públicas en cada una de las cabeceras de provincia, pero se supone que la iniciativa abriga una intención por ampliar esa cobertura de aprendizaje oficial, en una propuesta que atiende a la creciente demanda al respecto de los jóvenes filipinos contemporáneos. Una generación en el presente que hace un giro opuesto frente a los muchachos que los precedieron en los años 70 y 80, cuando exigieron la abolición completa de la presencia de la lengua castellana tanto de su oficialidad como de la exigencia y vigencia en los programas oficiales de estudio de las islas.

Presión que derivó en la decisión de Estado de considerarla lengua extranjera y marginarla por completo, al excluirla de la Constitución que impuso Aquino, en la oleada de democratización que estalló a fines de los 80 y se llevó al traste la presencia dictatorial de Ferdinando Marcos. Cabe hacer una precisión en esa línea histórica: no fue Aquino quien terminó por marginar la entonces debilitada presencia del habla ibérica en el Archipiélago, en todo caso fue quien le dio el golpe final que inició, precisamente, Marcos cerrando una parábola negadora de la propia historia filipina inciada por los administradores coloniales de Estados Unidos, desde los albores del siglo XX.

El problema inmediato en la actitud de reencuentro con esa parte del alma filipina vinculada con la lengua, es la escasez de profesores y para ello se está implementando una estrategia de shock en la que participará España a través del Ministerio de Educación peninsular, su agencia de cooperación internacional y el Instituto Cervantes. Otro problema también evidente aunque simbólico al tiempo que concreto, es que almargen de la decisión del gobierno filipino no se descarta la reaparición de la corriente de oposición tanto abierta como sorda —o ambas al tiempo— a la recuperación del habla española en Filipinas, pues esa es la huella que dejó más de medio siglo de proscripción, marginamiento y adelgazamiento paulatino, el cual tuvo éxito en el propósito de poner al costado e incluso negar y olvidar a la lengua castellana en el Asia, cuya base insoslayable es, en efecto, Filipinas.

En este verdadero renacimiento, débil aún pero diciente, asistirán a clases en principio un poco más de mil estudiantes. Una cifra desproporcionada en el total de población filipina en edad de estudio. Pero es algo frente a la nada o casi nada previa.

Hay en Filipinas un poco más de cinco mil escuelas secundarias públicas con cinco millones cien mil estudiantes, a los que deben sumarse otro millón trescientos mil que asisten a colegios medios privados, en 3.400 establecimientos. En todos estos centros educativos son el inglés y el tagalo las formas de habla que reinan.

No cabe duda entonces, que la actitud de Macapagal Arroyo al respecto fue audaz, pero el anuncio adoptado, no obstante su trascendencia, fue poco promocionado por el manileño y presidencial Palacio de Malacañáng. El propio Ministerio de Educación de las islas (Department of Education) demoró más de lo debido en hacer el anuncio oficial de la medida.

Aunque la presidenta de Filipinas habla español como lengua materna y también lo hacen sus allegados, hoy nuestro idioma ya no es el habla de familia en las islas. En todo caso es una tercera o cuarta lengua y eso hace que el castellano deba recorrer una pesada cuesta para volver a afianzarse. En realidad, no obstante haber sido lengua oficial del país durante varios siglos, el habla española estuvo restringida a los sectores cultos de la sociedad, incluso en sus mejores tiempos. Hasta el final de la Segunda Guerra Mundial y durante la presencia japonesa en las islas, el idioma español fue una suerte de lengua de resistencia a los invasores, pero la actitud cambió después de 1945.

OPOSICIÓN ABIERTA Y ENCUBIERTA

Por todo ello las reacciones en las islas tardaron en producirse. Pero también poco espacio tuvo la estratégica medida en la cobertura de la prensa de América Hispana y es a este Continente al que toca y en el cual repercute una decisión que tiene que ver con el futuro cultural de los iberoamericanos en el mundo y con su presencia en el Pacífico, en tanto cuenca geopolítica y económica del futuro.

Interés que incluye al Brasil, el gigante sudamericano que tiene al español como su segunda herramienta lingüística internacional, después del portugués, y que en su momento hizo abstracción de la presión efectuada por los intereses multinacionales angloparlantes, para que no se cumpliese ese objetivo de relieve para los intereses de habla hispana.

Incluso desde América Latina se ha señalado que la propuesta de la presidenta filipina no está garantizada para cuando deje el poder, más allá del año 2010. Al respecto, se ha hecho notar que hay precandidatos presidenciales para suceder a Macapagal Arroyo, quienes no ocultan su oposición a la revitalización del castellano hablado en las islas.

Cabe recordar que otros integrantes de la dirigencia filipina han manifestado en épocas cercanas su oposición indirecta —a veces también directa— en tal sentido, al proponer el aplanamiento lingüístico de las islas a través de una oficialización definitiva y disolvente con la imposición vertical del inglés. Esto pasando incluso por encima del tagalo, la lengua autóctona nacional de las islas y también ignorando su realidad plurilingüe.

Ignorancia consciente que pone bajo la mesa el hecho de que Filipinas fue fundado y estructurado por España a través de México y que durante un cuarto de milenio, entre 1565 y 1821 —cuando interrumpió su cruce del Pacífico la nave que cada año partía en doble sentido desde Manila y llegaba hasta Acapulco— el nexo con Occidente desde el Asia tuvo a esta parte del mundo, Latinoamérica, como protagonista de ese flujo tricentenario de economía, cultura y gentes, con escala en Guam sobre las islas Marianas y Carolinas, a medio viaje sobre el Pacífico, entre tierras americanas y el Oriente.

El nuevo golpe de martillo con el inglés y en contra de la universalidad hispana y de la misma multiculturalidad filipina que respetó España y los hispanoamericanos mientras estuvieron presentes en la administración de las islas, fue lo que pretendió realizar en la presente década de este nuevo siglo el diputado Ernesto Gullas, al promover una ley que imponía al inglés como única lengua oficial de la nación.

La propuesta radical de Gullas es parecida en otros términos al genocidio cultural que perpetraron los norteamericanos durante los primeros 45 años del siglo XX, seguido de manera genuflexa y contranatura, en su momento, por los gobiernos de Marcos y Aquino. El interés solapado de aquel proyecto reciente era en verdad torcer la posibilidad del retorno de la lengua de Cervantes a las aulas y el riesgo -para los opositores- de que incluso se vuelva a pensar de que pudiese ser el español otra vez uno de los tres idiomas oficiales del país, tal como lo fue nuestra lengua hasta los años 70. Pasos negativos y negadores que finalmente comenzó a recorrer en reversa la administración de Macapagal Arroyo.

EL CHAVACANO, ESE MILAGRO CULTURAL

Eso, el retorno del español por sus fueros a la memoria educativa e histórica de las islas, era algo que se sospechaba desde mediados de la presente década, por peso geopolítico y velocidad de expansión irrefrenable y vigente de la lengua, ese patrimonio cultural de los hispanos en el mundo. Una muestra al respecto es más que suficiente para demostrar esta afirmación: ya es el español el segundo idioma en importancia en los Estados y agregado a esto el giro que dio el Brasil en tal sentido, como potencia emergente de relieve global, no ha hecho otra cosa que ratificarlo.

Lo cierto y concreto es que mientras Filipinas se mantenga con dudas o trate marginalmente el tema de su relación con su propia historia, origen y ancestro con anclaje en la lengua, su acceso a la Comunidad Iberoamericana de Naciones estará restringido por obvias razones. Además, se privaría en el futuro a sí misma de ser vocera natural en el Asia de los intereses culturales, económicos y políticos de la mayor parte de América, papel que también podría cumplir por derecho propio si se fortalece el reencuentro con su ancestro hispano, en foros de importancia mundial como la ASEAN y APEC.

Iberoamerica jamás tendrá al inglés como primera herramienta de comunicación para sus relaciones globales. Esto es algo que advirtió con lucidez el gobierno de Macapagal Arroyo en un proceso que deben profundizar los próximos gobiernos de Manila y en el cual el resto de los gobiernos de esta parte del mundo, América, deben estar vigilantes. Pero no ha sido sólo Macapagal Arroyo y su equipo de gobierno quienes advirtieron en el presente la importancia del reencuentro filipino con sus propios orígenes.

El gobierno local de Zamboanga y su actual alcalde, Celso Llobregat, le ha agregado al lema «ciudad de las flores», tradicional de su urbe en la isla de Mindanao al extremo sur del país, un nuevo lema: “ciudad latina del Asia”. Nada más certero, porque los más de setecientos mil zamboangueños de esa ciudad y los que residen en el exterior tienen al chavacano, su lengua local y de familia, como un baluarte de identidad irrenunciable que se extiende incluso a países vecinos.

Se afirma que esa cotidiana forma lingüística asiática es en verdad la manera como se habla el español en esa parte del planeta, con más de un ochenta por ciento de vocablos hispanos integrados en su estructura, muchos de ellos originarios de México. En ese marco, el retorno del español a la educación de las islas filipinas no hará otra cosa, entre otras, que reforzar la presencia el chavacano que resistió durante un siglo todas las maneras de aplastamiento y represiones en su contra, por parte de vergonzosos y disolventes aunque vanos para el caso, intereses coloniales en el seno de la cultura.

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