Noticias del español

| | |

| Daniel Samper Pizano
El Tiempo (Bogotá, Colombia)
Miércoles, 4 de abril del 2007

¿DESAPARECERÁ LA LENGUA ESPAÑOLA?

Los temores por la unidad del castellano son infundados.


Don Rufino José Cuervo pensaba que el castellano estaba llamado a desaparecer, como ocurrió con el latín. Otros filólogos, en particular el español Juan Valera, pensaban distinto y afirmaban que sobreviviría por encima de toda variedad regional.


Los medios masivos de comunicación sembraron nuevas inquietudes: ¿se fortalecerían las parlas locales: rioplatense, caribe, mexicana, andina?, ¿se consolidaría una norma general?, ¿nos invadirían otras lenguas, hasta conseguir una secesión inspirada en su influencia?

Más de un siglo después de la polémica entre Cuervo y Valera siguen brotando profetas de la división, pero cada vez son menos. En el Congreso Internacional de la Lengua Española que se celebró con clamoroso éxito popular y académico en Cartagena, Juan Gossaín resucitó el viejo fantasma, a partir de la pluralidad de definiciones que tienen palabras como «jíbaro». Gossaín teme que al español no lo espere la unidad en la diversidad, lema del festejo, sino la dispersión inevitable.

Este debate, por fortuna, obtuvo ya sentencia merced a un tribunal inapelable: las estadísticas electrónicamente procesadas, recurso que nunca soñaron Cuervo ni Valera. El especialista puertorriqueño Humberto López Morales demostró con cifras y cuadros que el español goza de una aplastante unidad léxica, y las desviaciones regionales son casi anecdóticas. Citando estudios recientes, señaló cómo en los medios de comunicación colombianos el 92 % de los términos forma parte del castellano general, aquel que el pueblo entiende de manera cabal aunque no en todos los sitios se empleen todas las palabras. Ningún colombiano ignora qué es un biberón, pero lo llama tetero; todo español sabe qué es un auto, por más que lo denomine coche.

De 133.000 vocablos estudiados en Madrid hace siete años, el 99 % resultaba comprensible en México. Y de 430.000 palabras que analizó el México Raúl Ávila en 1994, el 98,4 procede del español general. De hecho, López menciona que por cada 10.000 palabras comunes, solo hay 25 regionalismos. Estas cifras deberían espantar de una vez por todas el duende de la atomización del español y devolver el sueño a mi querida mitad académica, el compañero Gossaín: el español no será jibarizado, verbo inexistente que agrego a su colección de cabezas léxicas disecadas.

Muchos más preocupante es que poco se hubiera ocupado la prensa de estas cifras, embebida, como estaba, por la presencia de Bill Clinton en Cartagena y por el dato —que a muchos provocó orgasmo filológico— de que su hijita Chelsea leyó Cien años de soledad en español.

Esta noticia, que no es periodismo cultural sino colonial, me obliga a pensar que la niña debió de sufrir como un torturado, porque no hay mentira más extendida que aquella según la cual Gabo hace magias con un español que todos comprendemos. El vocabulario de Cien años supera de lejos el de un aprendiz de español, un oficinista e incluso un profesor de lenguaje. Acaba de publicar Editorial Panamericana un excelente diccionario garciamarquiano, donde la profesora gringa Margaret S. de Oliveira recoge más de 1.600 vocablos que ameritan explicación. Confieso que yo mismo, que la sabía enjundiosa, me sorprendí con la riqueza de la narrativa del Nóbel de Aracataca. Quiero ver a miss Clinton buceando en glosarios para comprender voces como corotos, zurumbático, chafarote, machucante y mercachifle, o a cualquier lector culto en trance de descifrar otras como frangollo, cáligas, oropimente, bagaña, tollinas, pasamanería, jarapellinoso, frangollo y mampolón.

Que Chelesea Clinton haya recibido más menciones de prensa que Cuervo en la feria del español revela la triste realidad de nuestro periodismo. Si no separamos la cultura de la farándula, esta se la va a tragar a dentelladas.

¡Hola!

¿Has buscado tu consulta?

Si no la encuentras, rellena nuestro formulario: