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| José Luis Mediavilla Ruiz
La Nueva España, Asturias (España)
Domingo, 9 de marzo del 2008

DEL LENGUAJE MÉDICO

«Ciencia es un lenguaje bien hecho», nos vino a decir Condillac haciéndonos ver la imprescindible necesidad de que las palabras respondan a los hechos.


La medicina posee una doctrina, elaborada después de muchos siglos y que define al cuerpo médico. El ejercicio de la misma requiere una iniciación, una formación y un reconocimiento oficial, refrendados con las titulaciones correspondientes.

El lenguaje médico tiene sus caracteres propios, sus peculiaridades, no siempre asequibles a los profanos en medicina.

La libertad de expresión no presupone que es cierto todo lo que se expresa. En la actualidad, donde todo lo demagógico es celebrado, se tiende a confundir el principio de que «nadie tiene derecho a saber más que nadie», con el hecho incontrovertible de que de ciertos asuntos hay quien sabe y quien ignora. Y en el caso de la medicina, podemos repetir el viejo aforismo de que «de medicina se sabe poco, pero lo poco que se sabe lo saben los médicos».

Los términos signo, síntoma, síndrome, enfermedad, gozan de perfecta vigencia, pero concretamente el de «síndrome» ha pasado a ser utilizado en ambientes extramédicos de forma tal que se hace difícil otorgarle el significado que hasta ahora tenía.

El empleo de epónimos en medicina, esto es, la «designación de una parte, órgano, enfermedad u otra cosa por el nombre de una persona o lugar» (por ejemplo, enfermedad de Casal, enfermedad de Alzheimer, etcétera) ha enriquecido la literatura médica a través de los años, con la doble función de honrar a sus descubridores a la par que la de servir de mnemónicos; sin embargo, el uso del epónimo (generalmente precedido de la palabra «síndrome») ha de ser preciso y en correspondencia con el ordenamiento nosológico. No se trata, como es obvio, de figuras metafóricas, pues únicamente conociendo los fundamentos de este uso sabremos en realidad de qué estamos hablando, puesto que lo que en definitiva importa en patología médica es el lenguaje científico, no el epónimo.

Pero el mundo «cultural» actual permite otras prácticas, de modo que tanto en el lenguaje coloquial como en el de la prensa diaria podemos comprobar la inusitada frecuencia con la que se utiliza el término «síndrome», anteponiéndolo a personajes o situaciones más o menos pintorescas (síndrome de Peter Pan, síndrome de la madrastra de Blancanieves, síndrome del fin de semana, etcétera), tratando con ello de otorgar a la frase una naturaleza de enfermedad. Ante todo este confusionismo, el médico tiene el deber de poner en evidencia tales excesos y arbitrariedades, preservando así de errores el acervo científico de la patología general. Porque el problema de todos estos lenguajes estriba en que pueden generar la impresión de que «todo el mundo puede hablar de los asuntos médicos», cuando, en realidad, a lo que conducen es a «romper o deshacer el lenguaje médico», dejando la actividad médica bajo sospecha.

Por inofensivo que pudiera parecer cualquier mistificación o desplazamiento semántico en este terreno, siempre ha de resultar ambiguo o demoledor.

Esto da pie para hacer un excurso, planteando el fenómeno que arriba dejo señalado como un acontecimiento surgido de forma artificiosa entre las fronteras existentes entre la psicología y la psiquiatría. Digo de forma artificiosa en el sentido de tergiversadora, ajena por tanto a la verdadera historia de la psicología, a su encomiable labor dentro de las ciencias humanas y a su valiosa función como fiel colaboradora de la medicina de todos los tiempos.

Hace algunos años llegó a mis manos el fallo de una sentencia de la Audiencia Provincial de Oviedo en la cual los magistrados, al referirse a la prueba pericial practicada en autos, hicieron, entre otras, la siguiente afirmación: «…Que no debió el juzgador de la primera instancia modificar sin justificación alguna la titulación del perito a designar para practicar tal prueba, pues una cosa es ser especialista en psicología y otra bien diferente en psiquiatría, hasta el punto de que la primera no exige el título de licenciado en Medicina, imprescindible en la segunda, y ello no sólo porque así lo había acordado mediante auto firme, que obliga a las partes y también a quien lo dicta si no media justa causa en contrario, sino por la misma naturaleza del hecho a demostrar: una enfermedad psíquica absolutamente específica de la rama de la medicina conocida como psiquiatría».

El contenido de dicha sentencia constituía en realidad una réplica al informe de un psicólogo el cual incurría flagrantemente en excesos, invadiendo doctrina médica, e incluyendo comentarios acerca no sólo de las «enfermedades mentales», sino de otras patologías orgánicas, así como de las indicaciones farmacológicas, etcétera.

Me llamó la atención especialmente la clarividencia de tal sentencia, pues desde tiempo atrás venía produciéndose el hecho de que bien por falta de información o por una información equívoca, se tendían a confundir las funciones de la psicología y las de la psiquiatría, dos actividades que, aunque distintas en su naturaleza y en sus métodos, siempre convivieron dentro de una armónica y fructífera colaboración.

Desgraciadamente, la mayor parte de la gente y no pocos responsables políticos y sanitarios son incapaces de discernir el campo de la psiquiatría y la psicología. A todos ellos han de resultar ilustrativas las palabras de López Ibor senior, un gran maestro de la psiquiatría: «Actualmente, en todas las clínicas psiquiátricas existe un departamento de psicología clínica, que no interfiere la actividad clínica, sino que colabora con ella. En cambio, querer constituir clínicas psicológicas independientes es un desbordamiento de las finalidades propias de la psicología clínica, al borde del intrusismo profesional. La razón es clara: si en las clínicas psicológicas se ocupan de personalidades anómalas o de los problemas morbosos en personalidades normales, invaden totalmente el campo de la medicina»… «La psicología clínica es, pues, un método especial de exploración y no una ciencia autónoma y rival de la psiquiatría. Mucho menos será un sustituto. Y si de enfermos se trata, nunca podrá ejercerse sin ser médico o sin colaborar con el médico. Toda actividad psicológica con enfermos sin ser médico es pura y simplemente amoral».

La psiquiatría es una especialidad médica y, como tal, se ocupa de las enfermedades mentales, es decir, de la «clínica psiquiátrica». Solamente partiendo de la proposición kantiana de «encomendar los locos a los filósofos y no a los médicos», esto es, considerando que lo que hasta ahora ha venido entendiéndose como enfermedad mental pasara a juzgarse ajeno a la patología médica, debería ser encomendado, según la interpretación que se le diera, a psicólogos, filósofos, sociólogos, pedagogos, sacerdotes, etcétera. De ser así, habría de hablarse, entonces, de «disgustos», «reacciones», «adversidades», «tristezas», «desengaños», pero no de «enfermedades» y, en consecuencia, en ningún caso calificar tales fenómenos como causas de «invalidez por causa médica», etcétera, u otras situaciones tan vinculadas desde siempre al mundo laboral y al de la justicia.

En conclusión: la cuestión es tan simple que no permite más que una interpretación: en cualquier país civilizado para tratar enfermedades hace falta estar en posesión de la correspondiente titulación médica, y para tratar «enfermedades mentales» es preceptivo ser médico y estar especializado en psiquiatría.

El enfermo, cualquiera que sea la naturaleza de su enfermedad, ha de ser atendido por el médico, el cual, si lo estima oportuno, recabará colaboración con el biólogo, el analista o el psicólogo «clínicos», etcétera.

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