Noticias del español

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| Julio César Sánchez Guerra, presidente de la Comisión de Historia del PCC y de la Sociedad Cultural José Martí
www.victoria.co.cu, Cuba
Lunes, 17 de noviembre del 2008

DEL IDIOMA Y OTROS DESVARÍOS

Hablar bien el español y entender las raíces de las palabras es un viaje fascinante por el pasado y las cambiantes circunstancias del presente, una forma de darle orden al pensamiento y belleza a la expresión humana. No hablo de las zonas geográficas que suelen «comerse la S» y terminan expresándose a la manera de una canción: Cómo me guta hablar epañol.


Ni de los espacios poblacionales donde se habla como si se cantara, lo que en última instancia nos puede estar indicando la profunda musicalidad del alma de la gente; así es cuando un campesino de la Sierra Maestra nos dice: «Oiga, compay, coja el taburete y siéntese ahí caray que nos vamos a tomar un cafecito».

Esa frase un mexicano la diría a lo «Mariachi»; en los campos de Cuba se dice con un ritmo irrepetible, con esa armonía de sonidos que dejan los arroyos zafándose de las montañas. Pero les quiero exponer sobre el acto de hablar correctamente, con propiedad y belleza.

Cuando el idioma se llena de muletillas y vicios no le queda otra cosa que cojear con repeticiones de mal gusto o ideas mal expresadas. Veamos algunos ejemplos.

Se escucha a menudo esta expresión: … I>un poco que… Obsérvela, es una construcción rara, no dice nada; cuando se lee en un informe: los logros alcanzados… he ahí un pleonasmo de mal gusto, si son logros se supone que fueron alcanzados… ¿Alguien ha visto un logro no alcanzado?

Puede aceptarse un pleonasmo cuando se quiere dar énfasis; por ejemplo: «Lo vi con mis propios ojos». Son frecuentes muletillas, palabras que se repiten sin cansancio como los casos de… precisamentenada que… O el que mientras habla le dice, «ve, ¿tú me entiendes?»

En los últimos tiempos se escucha con frecuencia el uso del verbo en infinitivo: «Decir que el trabajo marcha bien…». De hecho si usted está hablando, está claro que está diciendo. ¿No es mejor en este caso exponer… «El trabajo marcha bien, etc, etc.?»

Por otra parte una cosa es hablar bien, y otra, qué sentimientos guardan las palabras que fueron expresadas correctamente. Me explico mejor:

En una farmacia la dependienta atiende el teléfono y responde casi con ternura: «¡Ah!, mire, parece que me equivoqué… Sí, le cobré de más, no hay problema; venga, por favor, le devolveré su dinero… adiós.»

Cuando le iba a decir ¡qué educada eres!, ella tira el teléfono con gesto semiviolento mientras espeta: «¡Imbécil!». Quedé desconcertado, y es que no basta la expresión externa, es imprescindible sentir lo que se dice para evitar los desvaríos de la mala educación disfrazada con palabras amables.

Ese mismo idioma de significados ricos y variados pasa por la lealtad del pensamiento, la sinceridad. Si usted trabaja donde debe decir mil veces por día: «Ha sido un placer atenderlo», alguien puede terminar desconfiando de la palabra placer. El idioma es también una invitación a ser originales, corteses y naturales.

Por último, nadie puede negar que el habla se enriquezca con la vida, con expresiones populares pegajosas e imaginativas, y no me refiero solamente al llevado y traído asere, voz de un pueblo africano y que no significa otra cosa que «¡Yo te saludo!»

Estoy pensando en la palabra que inventa el pueblo, sobre todo los jóvenes; como aquella de ¡Metí pesca o! Esa no tiene traducción a ningún idioma pero es formidable. Recuerdo que un alumno me dijo: «Profe, metió pesca o», y yo que la oía por primera vez, pensaba en el último pargo que pasó por la sartén. En ocasiones es preciso zafarse el nudo de la corbata.

Y si olvidar que al cubano le gusta que le hablen claro, la verdad, sin regodeos, directo al grano, como recoge aquel chistoso proverbio: «No me vengas con gre, gre, pudiendo decir Gregorio».

Hablar bien es asunto relevante, nadie debe recortar las alas a la hermosura ni a la imaginación.

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