Noticias del español

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| Juan Carlos Ansin
El Panamá América
Lunes, 6 de agosto del 2007

DEL GÉNERO Y LA GRAMÁTICA

«En sauili existen alrededor de diez géneros, pero él y ella se escriben igual: yeye» (Diccionario de la lengua bantú).


HACE UNOS días recibí un correo firmado por un honorable legislador que comenzaba así: «[email protected] [email protected], [email protected] y panameñ@ [email protected]…». Antes que la Asamblea Legislativa propusiera la Ley del Mes de las Sagradas Escrituras otros diputados, que entonces se llamaban legisladores, propusieron otra ley, la de la gramática de género, creo que limitada a los escritos judiciales, con el objeto de cumplir con el «espíritu» de los artículos 19 y 35 de la Constitución, que prohíben la discriminación por sexo, nacionalidad, ideas y también por creencias religiosas (aunque nada dice del derecho de los ateos; según me han explicado, lo que no está en la ley no existe, lo cual concuerda perfectamente con el principio fundamental de esta creencia).

La siempre bien recordada profesora Elsie Alvarado de Ricord (q.e.p.d.) a la sazón presidenta de la Academia Panameña de la Lengua, trató en esa ocasión, por todos los medios, de explicarle a la electa concurrencia apoltronada en sus curules, que la arroba era un símbolo de medida y no formaba parte del abecedario castellano y que en este idioma (el nuestro) y también en el oficial, sólo existían tres géneros: el masculino, el femenino y el neutro. Recuerdo muy bien las risitas y las miradas de soslayo que a los picarones les había incitado el género neutro.

No sé cómo quedó ese acoso gramatical. Por ahora, hasta donde tengo entendido, el nuevo Código Penal no lo sanciona; al menos no con prisión o multa, pero bien pudiera suceder que a los infractores los condenen a leer. Analizando mejor la idea, pudiera ser que, por ejemplo, por una falta menor, como escribir queridos sin arroba, le den al reo como castigo la lectura de un cuento, con la salvedad que en caso de tener el reo o la rea, recursos, padrinos y otros atenuantes, la condena sería tan breve como el célebre cuento de Monterroso y tal vez hasta pudiera ser leído a domicilio. De lo contrario estarían condenados a leer Edipo Rey.

Aunque lo he comprendido demasiado tarde, una cosa es hablar en una lengua o lo que uno cree que es una lengua, y otra muy distinta es escribir en un idioma, al menos esa es la diferencia de la raíz etimológica que se escoja, ya sea en latín o en griego. Idioma, en este último, es sinónimo de propiedad privada.

La lengua castellana es tan rica, sonora, melodiosa y clara que nadie la puede dominar en su totalidad, ni los académicos, ni los grandes escritores. Aunque haya quienes crean que les queda chica e inventen absurdos como esta gramática reproducida por orden judicial.

Aclaro que utilizo el término de lengua castellana, porque el español es un idioma adoptado oficialmente por la RAE a partir de 1924 y no por el uso popular, como lo fue el de Castilla. Además de ser el castellano el nombre que el gobierno español le da al idioma oficial, para diferenciarlo de las otras lenguas de España. De tal modo que cuando el Rey habla ante las Cortes, el español que utiliza será registrado en los documentos oficiales como castellano, aunque la prensa afirme que fue dicho en español.

Desde la revolución del género feminista por el voto, el principio de igual salario por igual trabajo se va cumpliendo con exasperante lentitud para honra y prez de los hombres perversos, misóginos, inseguros, infieles, abusadores, celosos, autoritarios, sexópatas, aburridos, belicosos y obsesivos del poder, los ramalazos de aquel destape me recuerdan el de las españolas después de morirse Franco y con él las prohibiciones del uso del biquini y la lectura de Lolita.

De modo que las mujeres no debieran preocuparse tanto por cómo las trata el idioma, de lo que deben cuidarse es de la lengua de sus congéneres y no tanto la de los machos, porque ya no quedan muchos. Con tanto suicidio inmolado, son pocos los que hay. Tamaña distorsión del mercado masculino debe ser por la redacción agenérica de los TLC y de las salvaguardas que los países puros les imponen a los países pecadores.

En el Prólogo para la Mayoría, en su relato: Una novela que comienza, Macedonio Fernández escribió con acerado y filoso estilo, el siguiente párrafo: «Entienda usted señor, que un caballero no debe tener perdidas de vista dos damas a un mismo tiempo. Galantemente no se entenderá nunca, al menos que busque a una como única, aunque sea después de extraviársele la otra. La búsqueda de dos, rinde menos que una dama. O quizá, concluyó este señor, que siendo dos se acierta más con una que sea tonta. Pero ya sólo queda una en treinta, aunque en amores, haya casi tres tontos en dos varones, si no fuera por los rezongos de la Aritmética».

Finalmente no hay que dejar de lado la lingüística, que trata del psicoanálisis de las palabras. Género, proviene del latín y quiere decir clase o tipo. Diferenciar el género de las personas por el sexo es harto difícil si excluimos los caracteres anatómicos, que son los más distinguidos y en general tienen nombre propio y muchos apodos. Con el avance de la ciencia, el sexo cromosómico se ha complicado algo más, pero mucho menos que el sexo psicológico, donde la gama se asemeja a un cuadro abstracto visto por cualquiera de sus lados, cuando los haya. Es aquí donde nos faltan palabras precisas y se hace necesario el extraordinario recurso del género neutro, cuyo único problema sería el tener que tratar a las personas como a cosas, a menos que, sabiamente, los señores legisladores decidan cambiar la arroba por el sauili.

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