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| Ana Fernández Abad
El Comercio, Gijón (España)
Sábado, 30 de septiembre del 2006

DEL GÉNERO Y LA ‘GÉNERA’

No es lo mismo decir «La heroica ciudad dormía la siesta» que «Las heroicas ciudadanas y ciudadanos dormían la siesta». El catedrático más antiguo en activo de la Facultad de Filología, José Antonio Martínez, diseccionó durante su lección inaugural el mundo de 'El lenguaje (políticamente) correcto'. El género fue el núcleo central de un discurso plagado de ejemplos, que escucharon vicerrectoras y vicerrectores, alumnos y alumnas, entre otros.


«En español hay al menos tres tipos de concordancia de género; el masculino prevalece sólo en uno de ellos, eso sí, en el más frecuente. Cada concordancia depende de la construcción sintáctica. Ni gota de sexismo». Martínez subrayó que «el español nos fuerza a aludir al sexo de las personas aún cuando no venga a cuento», porque en español «no hay ningún sustantivo que no sea masculino o femenino».

En las reflexiones del catedrático, el lenguaje políticamente correcto más interesante es el llamado «no sexista». Su bestia negra, explicó Martínez, ha sido el masculino genérico, junto a la concordancia, porque «la perspectiva de género ha decidido asociarlo con la ocultación de la mujer por parte del varón y el dominio de éste sobre aquella».

De vuelta con los ejemplos, Martínez indicó que «con un mes de embarazo, no puede haber una real seguridad sobre el sexo del feto, y por eso se le nombra con el masculino genérico: 'Sus Altezas Reales los Príncipes de Asturias tienen la gran alegría de anunciar que esperan el nacimiento de su segundo hijo'. Si hubieran dicho 'de su segunda hija', todos entenderíamos que ya se conocía el sexo del 'nasciturus'».

De tanto diferenciar entre el género y la 'génera' se acaba volviendo al masculino genérico. Martínez argumenta que «es el inevitable pago que hay efectuar por el uso masivo de la distinción de género: cuantos más masculinos 'de hecho' vayan desglosándose en femeninos -esto es, feminizándose-, más habrá que recurrir al masculino genérico: a más médica y fiscala, más médicos y fiscales».

Adán, Eva y la arroba

La paradoja continúa, cuando la diferenciación genérica y sexual pisa el terreno de la sintaxis y nace el 'doblete' (alumnas y alumnos, amigas y amigos). Dice el catedrático de Lengua Española que la fórmula 'señoras y señores' se ha generalizado «hasta el punto de que no seguir hoy esa convención sería casi una grosería, pero alertó de que su abuso puede «meter al auditorio en una situación de nerviosismo incontrolable».

Y, en el apartado escrito, Martínez recordó: «La arroba no es ninguna letra, y, como símbolo moderno, lo es de dirección electrónica». Quienes escucharon la digresión, no pudieron evitar reír ante una ocurrencia del filólogo: «Como símbolo simbólico, se supone que habrá resultado poco gratificante desde la perspectiva de género, pues en él la 'a' femenina está contenida en una 'o' casi cerrada masculina, al modo como en la costilla de Adán esperaba Eva su eclosión».

No todas las novedades 'chirrían' a la vista. Sostuvo el catedrático de Lengua Española que «las lenguas siguen los pasos a la realidad histórica». En su opinión, «la lengua funciona como uno de esos mecanismos 'autolimpiables': no necesita reformas programadas, se actualiza sobre la marcha del ejercicio comunicativo». Dicha evolución inherente ha provocado que el término presidenta no signifique ya 'la mujer del presidente' y que la jueza exista por derecho propio y no sólo como 'esposa del juez'.

Lo políticamente correcto no acaba en el género. El catedrático analizó eufemismos como 'ataques selectivos' «que no son sino asesinatos o actos de terror» y añadió que, por obra y gracia del lenguaje políticamente correcto, «el vil y desigual 'terrorismo' se dibuja como una simétrica y equilibrada 'lucha armada'». Desde su óptica, es un veneno en papel de regalo, porque «la capacidad ocultadora del eufemismo se ha aprovechado para desinformar acerca de la realidad».

Todo, resumió el catedrático, tiene que ver con los dos rasgos que definen la cultura, «uno, por desgracia declinante, que es la libertad de crítica a cualquier idea o creencia y el otro, felizmente emergente, que es la ideal igualdad entre hombres y mujeres».

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