Noticias del español

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| Pedro Álvarez de Miranda
El País (Madrid, España)
Martes, 10 de abril del 2007

DEJEN A LAS PALABRAS EN PAZ

Al parecer, una denominada Escuela de Escritores ha tomado la pintoresca iniciativa de que los políticos, escritores, periodistas o simples internautas que lo deseen puedan «apadrinar» una palabra que, supuestamente, se halle «en peligro de extinción». Es una solemne memez más, de las muchas que genera la extraña tendencia que los miembros de aquellos «colectivos» padecen a autoinculparse por los presuntos «males» del idioma. El léxico del nuestro, contra lo que dicta el tópico a una legión de contritos opinantes, no se empobrece, sencillamente evoluciona, y aun se hace acumulativamente más denso en quienes lo emplean con conocimiento y tino.


Antaño los políticos se fotografiaban depositando una generosa limosna para los negritos del Domund. Me lo han recordado algunos de sus descarriados comentarios de ahora sobre sus respectivas «ahijadas». Uno dice que bisoñé (galicismo, por cierto, de inaveriguado origen) tiene una «muy española ñ», con patrioterismo gráfico que ya estomaga. A otro le parece que avatares es vocablo que «está cayendo en desuso» (pero eso depende de a quién lea uno, y con quién hable), y que hay que salvarlo por su «sonoridad» (?), siendo así que «suena» como tantísimos otros, vivos o moribundos. A un portavoz que nos tortura a diario con injustificadas sonrisitas resulta que anteojo también le «divierte mucho». El presidente del Gobierno se encariñó con una voz oída en su León natal, andancio, «enfermedad epidémica leve». Quiso lucirse, pero sus asesores le proporcionaron una documentación pobre, y chapuceramente allegada. Creyeron ver en la página web de la Academia Española que ese vocablo entró en el diccionario en 1952, cuando en realidad lo hizo en 1925 (es que en 1952, por lo demás, la Academia no publicó diccionario alguno).

De la misma fuente extrajeron que la palabra iba marcada como propia de Cuba, León y Salamanca, omitiendo el dato, más importante, de que en 1956 la Academia prescindió de cualquier localización geográfica. El presidente eligió «esta palabra en desuso» —en rigor no lo está; pregunten, por ejemplo, a muchos montañeses— «porque es leonesa y aparece en novelas como Volvoreta, de Wenceslao Fernández Flórez [gallego, por más señas], o Retratos de ambigú, de Juan Pedro Aparicio». Son datos que también proceden de los corpus textuales de la propia Academia. Cuyo extinto Diccionario histórico les habría brindado mucho más rica información: andancio se documenta por vez primera en un repertorio cubano de 1849, y después aparece registrada en numerosas partes de España (León, Salamanca, Extremadura, Cantabria, Ávila, Palencia, Burgos, Toledo, Canarias…), lo que justificaría que la Academia renunciara a aquella inicial localización. Ese mismo diccionario —que si estuviera completo sería tan de inexcusable consulta como lo es el de Oxford para cualquier anglohablante de regular cultura— ofrece textos de Luis Maldonado, Concha Espina, Unamuno o Delibes.

La orfandad y el desvalimiento son nuestros, no de las palabras. Que las dejen en paz.

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