Noticias del español

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| Magí Camps
La Vanguardia, España
Lunes, 30 de agosto del 2010

DE TOLOSA, COMO LAS ALUBIAS

Los de Lleida y los de Ourense ¿son lleidatans y ourensanos o leridanos y orensanos?


Es Edurne Pasaban tolosarra o tolosana? Y Rafael Nadal ¿es manacorí o manacorense? Es evidente que una es de Tolosa y el otro de Manacor, poblaciones que se llaman igual en castellano que en vasco y catalán —en eso ha habido suerte—. Pero el gentilicio se expresa de modo distinto. ¿Por qué, pues, en algunos medios en castellano dicen que la alpinista es tolosarra y el tenista es manacorí? El quid está en los topónimos, que en España han comportado algunos quebraderos de cabeza.

Los nombres de los lugares pueden tener una incidencia local, regional o internacional. Es lo que se denomina la microtoponimia, la mesotoponimia y la macrotoponimia. Es evidente que el nombre de una aldea o de un riachuelo sólo tiene un nombre propio: el que le dan los lugareños. Y ese nombre únicamente se puede expresar en la lengua de la zona (aunque siempre se pueden hacer disparates imponiendo grafías de idiomas imperiales, como el sorprendente y franquista Caralps por Queralbs, que perdía cualquier atisbo de roca blanca, y sin embargo con ese final en triple consonante no conseguía la hispanización ni por asomo).

Con la macrotoponimia tampoco hay mucho problema. Cualquier idioma que se precie tiene regularizadas las grafías de los nombres de los países, las capitales y los grandes accidentes geográficos. El problema aparece en la mesotoponimia: las regiones, las provincias y sus capitales. En España se ha convenido en expresar estos topónimos con sus nombres oficiales. Es decir, en castellano decimos Lleida y Ourense, a pesar de que sus exónimos son Lérida y Orense. Un exónimo es el nombre de un lugar dado por una lengua que no es la propia. Por una simple regla de tres, cuantos más exónimos tiene una ciudad, más conocida es en el mundo: Pekín, Beijing, Pechino…

El exónimo no deja de ser un reconocimiento extranjero. Pero en España la cuestión es mucho más compleja, entre una lengua que juega en la primera división mundial y otras que sobreviven a trompicones. Una vez aceptado escribir Ourense, ¿cómo hay que llamar a sus habitantes: ourensanos u orensanos? Y a los de Lleida, ¿lleidatans o leridanos?

El topónimo —un nombre propio— se puede expresar en cualquier idioma, pero el gentilicio debe respetar la morfología: el sufijo, en este caso, para no mezclar más las lenguas. Por ello se hace extraño que aparezcan tolosarras y manacorins donde debería haber tolosanos y manacorenses.

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