Noticias del español

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| Delfin Colomé, embajador de España en Corea, fue director ejecutivo de la Asia-Europe Foundation.
El País (Madrid, España)
Martes, 18 de abril del 2006

DE FLAUTAS Y CONTRABAJOS

Días atrás, el excelente contrabajista francés de jazz Pierre Boussaguet me contaba que cuando alguien, bromeando, le pregunta por qué en vez del contrabajo, tan engorroso para viajar por su volumen, no toca la flauta, mucho más fácil de transportar y manejar, suele responder: «Porque todavía no he encontrado, ninguna flauta que suene como un contrabajo». Y es que sólo los contrabajos suenan como contrabajos; y no hay vuelta de hoja.


Pensaba en esa ocurrencia a modo de moraleja cuando, desde una perspectiva de los diez trienios que pronto voy a llevar en la diplomacia española -que a lo mejor un día de estos me animo y les hablo de ello con más detalle- reflexionaba sobre las diversas cosas que han cambiado en nuestra política exterior, en las últimas tres décadas; y, muy especialmente, en el sector de la proyección cultural de España en el extranjero.

A principios de los noventa, Fernando Morán escribía en estas mismas páginas que pese a lo que España no estaba haciendo (y subrayo el no) el idioma español experimentaba una espectacular expansión en todo el mundo.

Fue por entonces, también, cuando François Mitterrand, para sorpresa de propios y extraños, formuló la teoría, totalmente antichovinista, de que sólo dos grandes culturas occidentales tenían futuro: la anglosajona y la hispana. En inglés y en español.

Por aquella época, fui nombrado director general de Relaciones Culturales y Científicas, en el Ministerio de Asuntos Exteriores: uno de los cargos más interesantes y desafiantes en la definición y la gestión de la política exterior de nuestro país, en la que iba calando el concepto de «diplomacia pública», que habían comenzado a articular los expertos de la Flechter School of Law and Diplomacy de la Universidad de Tufts, en Boston. Al iniciar mi mandato, realicé una encuesta de prioridades entre el casi centenar de misiones que conformaban, entonces, nuestro despliegue exterior. La respuesta fue unánime: la lengua, el español, tenía que ser la punta de lanza de nuestra acción. Lo demás, vendría por añadidura; dando la razón a lo que escribiera el poeta filipino-hispano Fernando María Guerrero, en un vigoroso soneto, en defensa del español: «Es la lengua la caución más fuerte I del influjo inmortal de una cultura».

Tampoco era totalmente cierta la aseveración adanista de Morán de que no se hiciera nada; puesto que existía una red de Centros Culturales de España, diseminados en buen número de capitales, en los que un personal por lo general más lleno de voluntad y coraje que del necesario profesionalismo, ofrecía clases de español y presentaba una programación cultural, a salto de mata.

Pocos años antes, yo mismo había realizado una gira por algunos de esos centros, dando conferencias sobre música contemporánea española. Para ilustrar mis palabras viajaba con una colección de elepés y casetes. Y el trabajo que me dio: donde había tocadiscos, no había rector de casetes o viceversa, cuando no faltaban los dos aparatos o eran, simplemente, antediluvianos. Afortunadamente, en algunos centros, mis quejas sirvieron para que se modernizara el equipo estereofónico; pero, aun con ello, todo tenía un ligero aire de andar por casa.

Por supuesto que el presupuesto destinado a esos centros era bajo. Bajísimo. Y no existía capacidad para levantar fondos privados, ya que si el mecenazgo estaba aquí en pañales, mucho más precaria era la situación en el exterior.

En una de mis primeras reuniones como director general con mis colegas euro-comunitarios, el francés -Jean David Levite, que después ha seguido una estelar carrera internacional me mostraba su profunda preocupación porque el presupuesto de la Dirección General gala era igual a todo el presupuesto global de nuestro Ministerio de Asuntos Exteriores, incluyendo las cuotas satisfechas a los organismos internacionales; y mientras el interés por el francés decrecía en todas partes, el número de estudiantes de español subía como la espuma.

En una de esas reuniones, celebrada en el Norte de Alemania, los italianos desataron una verdadera crisis al anunciar que el francés dejaba de ser lengua de estudio obligatorio en la Academia Diplomática de Roma. Que el francés, lengua por excelencia de la diplomacia -¿no lo era también del amor?- se cayera del currículo era plato de difícil digestión para los representantes del Quai d'Orsay.

Parecía que lo que naufragaba no era sólo el idioma francés, sino su modelo cultural basado, durante varios siglos, en un paradigma –Liberté, Égalité et Fraternité– sobre el que Francia había perdido la exclusiva, puesto que estaba ya mucho más extendido y participado por todo el mundo, aunque, la verdad sea dicha, no tanto como pueda parecer.

Y, en esas circunstancias, España dio un decisivo paso, creando, en 1991, el Instituto Cervantes como -según reza su ley constitutiva- un «organismo autónomo adscrito al Ministerio de Asuntos Exteriores». Es decir, al servicio de la política exterior del Estado.

Me cupo el privilegio de estar entre sus padres fundadores; de haberme sentado, durante cinco años, en su Consejo de Administración, del que debo de haber sido el miembro más longevo de toda su historia. Y cuando firmé la propuesta de transferencia de los viejos centros culturales al Cervantes sentí la satisfacción

profesional de estar participando en un momento histórico de la proyección cultural exterior de España que, con la implantación del Instituto, iniciaba una nueva y venturosa singladura, auspiciada por los mejores augurios.

Hoy, el Instituto Cervantes representa uno de los cambios más importantes -en términos cualitativos- de nuestra política exterior. Y aunque llegara a la escena internacional con un considerable retraso respecto de sus homólogos europeos -todos ellos recientemente galardonados, a una, con el Premio Príncipe de Astucias de la Comunicación- ha conquistado con creces su propio espacio, al benéfico impulso de esa tendencia universal que favorece la pujanza del español.

A las cifras me remito: la red Cervantes integra ya setenta centros a los que, en breve, se añadirá otra decena. Más de cien mil estudiantes llenan sus aulas, en las que -aparte de los cursos de lengua- se organizan unos cuatro mil actos culturales al año. Sus bibliotecas -muchas de ellas todavía en proceso de formación- acumulan 765.000 volúmenes y acogen a unos 2.500 lectores diarios. El Centro Virtual recibió el pasado año 1.300.000 hits, es decir, uno cada 24 segundos. Colaboradores muy cercanos al ministro Moratinos me han comentado que, a menudo, expresa su satisfactoria sorpresa por el hecho de que, por donde quiera que vaya, le piden que -si no existe ya- España abra un Instituto Cervantes. Buena señal.

Pero es que, además, en un buen número de países en vías de desarrollo a los que España aporta su solidaridad de las maneras más diversas, los centros del Instituto Cervantes suponen no sólo una sólida referencia que ayuda a vertebrar la cultura del país y a inyectar -a través de sus mensajes culturales- una serie de valores tan necesarios en el mundo en desarrollo como tolerancia, democracia o derechos humanos, sino que ayudan a la formación y mejor cualificación de sus recursos humanos, en una de las lenguas más importantes del planeta.

Por ello, es también crucial su sano engranaje, legalmente establecido, con los organismos rectores de la Cooperación Española, a través de la Secretaría de Estado para la Cooperación Internacional, cuya titular ostenta la presidencia del Consejo de Administración del Instituto.

El Cervantes tiene, todavía, un largo camino que recorrer, aprovechando, como ha dicho recientemente su director, César Antonio Molina, «el viento favorable en las velas que tienen la lengua y la cultura española e iberoamericanas en todo el mundo». Y ello merece, por parte de toda la sociedad española, del contribuyente, en definitiva, el más decidido apoyo. Porque el Instituto es, sin duda, uno de los mejores instrumentos -una de las mejores inversiones, añadiría- de nuestra política exterior.

Porque si antes del Cervantes tocábamos una flauta que pretendía sonar como un contrabajo, sin conseguirlo nunca, hoy, felizmente, ya no es el caso.

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