Noticias del español

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| Hernán Mondragón
noticias.iruya.com, Argentina
Domingo, 21 de febrero del 2010

DE CHISMES Y CHUSMERÍOS

Recuerdo que hace años, colgado a la pared en la entrada en una casa vecina, de uno de esos cartelitos kitsch muy al uso en aquella época, colgaba esta frase: «Bienvenido a esta casa si no trae chismes».


Lo curioso no era esa advertencia. Tampoco el cartel ni su florido enmarcado. Lo que le daba sentido especial y lo fijó en mi memoria era que, en el barrio, era sabido y comentado que uno de los moradores de esa casa «era una bolsa de chismes».

Salía a la mañana, poco después de las ocho y media. A esa hora comenzaba una ronda de visitas a varias de las vecinas más cercanas. Cada una de esas escalas era el nutriente de una pesada y renovada bolsa de chismes que cargaba a sus espaldas.

«Ché ¿cómo haces para entrar a tu casa arrastrando tantos chismes?», disparó un amigo suyo que, en el momento que se lo preguntó, dejó de serlo. El chismoso habría sido uno más de los tantos si no hubiera sido por el cartelito, que fue como mentar la soga en casa del ahorcado.

El escritor don Bernardo González Arrili, que en 1920 siendo joven fue secretario privado del gobernador de Salta Joaquín Castellanos, observó que esta sociedad giraba sobre tres ejes: la coca —el coqueo, el mascar hoja de coca—, el chucho —el paludismo (malaria) que la azotaba— y el chisme.

En estas tierras la palabra chisme encontró un sinónimo que no sólo acentúa su carga peyorativa sino que, además, la impregna de clasismo y, con más fuerza aún, de racismo: chusmerío.

Se tiene al chusmerío por ocupación de la chusma, ese 'conjunto de gente soez'. En Salta chusma se usó como sinónimo de plebe. Contra lo que parece, la palabra chusma tiene uso regional pero su origen es el latín vulgar y, con más precisión, proviene de ciusma, del genovés antiguo.

Según el Diccionario del habla de los argentinos (2008) chusma es el 'conjunto de indios que, por su sexo, edad o condición física no combatían'. Elena Rojas dice que chusma es un conjunto de indios 'sin autoridad'. En su segunda acepción chusma es persona chismosa y entrometida. Chusmear es, pues, la acción o efecto de trasmitir chismes.

Todos sabemos aquí que el chisme o chusmerío no está encerrado dentro de las fronteras de clase. Su efecto seductor y su poder atraviesan todas esas líneas divisorias, más imaginarias que reales. Todos saben que tanto se chusmea en los barrios pobres como en los residenciales.

El chisme no opera en el vacío. Para producirlo, difundirlo y hacerlo rodar como creciente bola de nieve es necesario contar con concurso activo del chismoso, del receptor de la habladuría, y del aporte pasivo de la víctima, «de quien se habla de forma negativa y sin fundamentos».

Que el chusmerío ocupa la cabecera de las mesas del club social con más antigüedad y pretensiones, y también la ocupa en el Bochín Club o en el Bar Saiquita, es cosa sabida. Aunque se despliega en escenarios públicos, el chismoso no da la cara, está emboscado.

Salta pudo erradicar el paludismo y el bocio endémico pero no logrará erradicar el chisme y la murmuración. «No se encuentra remedio alguno para la ponzoñosa mordedura de la calumnia», escribió Aristófanes.

El chusmerío desvela a la mayor parte de los más de cuarenta mil empleados públicos, es una de las armas más usadas en la política, es lubricante de despachos oficiales y pan de cada día del frondoso pero estéril árbol de los pasquines locales.

Entre nosotros prolifera una especie de chismoso que anda por la vida luciendo patente de «analista político». En realidad son sucedáneos de estos analistas, y beben más en las aguas servidas de la intriga y en puteríos de baja estofa, que en los clásicos de la ciencia política.

Este tipo de chismoso, añadida la corporación de los videntes y la corte de adulones, forma parte del estado mayor de nuestros «estadistas» de trocha angosta en los que mucha gente suele confundir su maldad con inteligencia.

Don Pedro Barcia, presidente de la Academia Argentina de Letras, sabe que esa larga lengua llega hasta los estrados ilustrados y cita a una socióloga que cuenta «chusmeríos académicos». Nuestros dos campus universitarios son activos, y letales, hormigueros de chismes.

El chusmerío no es monopolio de la «gente de última clase»; también la de alta cuna lo practica con pasión. Aunque siempre se atribuyó a las mujeres lenguas más afiladas para el chusmerío, sinónimo de comadreo, lo cierto es que esta ocupación no es un asunto de mujeres o de género, como se dice ahora.

Como ya no hay sólo dos sexos sino que se admite una gran variedad, a riesgo de ser tenido por homofóbico, habrá que admitir que las personas «con capacidades sexuales diferentes», uniendo y potenciando la inclinación masculina y femenina para el chisme, parecen más inclinadas al chusmerío.

Las expresiones coloquiales salteñas dan cuenta del peso que el chusmerío y los chismosos tienen en la vida social local. Don Fernando Figueroa recogió algunas de ellas: lengua larga, lengua de tijera o lengua de víbora.

Por intrigante, calumniador y chismoso, César Perdiguero apodó a uno de ellos lengua i’ yilé. Yilé por Gillette, marca de una filosa hoja de afeitar. Muchos tienen por inteligentes a los que tienen lengua cortante y por tontos a los que la tienen mota.

El chisme es la sal de todo asado. Sin chismes, una mesa no es tal. Más de una vez escuché hacer lista de invitados a una comida donde, prolijamente tamizados, se eligen nombres de comensales por su condición de chismosos.

Aunque se teme al chismoso, también se le admira, se le necesita y se le valora. En la bolsa de valores sociales, los no portadores de chismes cotizan menos porque son aburridos y porque no traen ni llevan habladurías. Es difícil que un no chismoso pase por listo y haga carrera.

Mentira y chisme suelen ser una sola y misma cosa. Van de la mano. Se realimentan. También chisme y cobardía van y crecen juntos. Si la verdad puede hacernos libres, la mentira envilece, degrada. En determinados casos, el chisme puede expresar la queja como primer impulso a la crítica social, aunque de modo elemental y distorsionado.

«El chisme sería aquella técnica comunicativa que logra comerciar, agigantar y tergiversar las informaciones dispersas y rumores que sobrevuelan en un mundo crecientemente anónimo, con el propósito de resucitar en él todo el romanticismo y los reales encuentros cara a cara que empiezan a escasear o a cosificarse brutalmente», explica Ronald Jesús Torres Bringas.

Quizás este exceso e hipertrofia de chusmerío pueda explicar, en parte, la atrofia en nuestra crítica social. El chisme, anota Patricia Meyer Spacks, «incorpora un discurso alternativo al de la vida pública, un discurso que potencialmente desafía los supuestos públicos y proporciona un lenguaje a una cultura alternativa».

«Para algunos, el chisme, en sus orígenes paleolíticos, se utilizaba como cháchara destinada a mantener la paz entre los miembros de la tribu, que se entretenían arrojando palabras malsanas en lugar de las lanzas injuriosas», recuerda un psicoanalista. El chisme ayudaría a reducir la violencia social.

La psicóloga portorriqueña Angie Vázquez Rosado, resume la opinión de Robin Dunbar (1993) sobre el tema. Dunbar compara el chisme con la actividad de cuidado y contacto (grooming) en los monos.

«El contacto en los monos y su equivalente evolutivo del chisme en los humanos, secretan endorfinas en el cerebro que son relajantes y positivas para el bienestar físico y mental del organismo»

Esto se ve cuando las personas ríen con el chisme, se divierten o se mofan para divertirse y entretenerse, añade la psicóloga. «El chisme contribuiría al desarrollo de enlaces (bonding) entre las personas a la vez que relaja a quienes lo escuchan».

Esto es muy discutible, añade Vázquez Rosado, pues Dunbar limita la respuesta del chisme a un determinante biologicista y evolutivo sin tener en cuenta otras variables psicológicas, sociales y morales sobre esta conducta y porque se basa en estudio de animales.

Tenemos que tomar con pinzas también lo que dice Meyer Spacks porque una cultura, sea alternativa o no lo sea, no puede fundarse sobre la mentira y la falsedad, que envenena las relaciones humanas, ensucia el diálogo y dificulta e impide la comunicación. El chisme no es la degradación de la verdad: es la mentira sin vuelta de hojas.

El chisme no es cualquier mentira: es una mentira que se construye con el deliberado propósito de herir, de provocar un daño. El chisme, que suele ser portador de calumnias, es como ésta «un crimen moral», dice Benjamín Constant.

Solo a condición de no olvidar su intrínseca perversidad y no ignorar su carácter de síntoma de anomia y de falta de valores, podemos admitir que chisme sea un lubricante social y una válvula de escape que evite males mayores.

No se trata de imaginar una sociedad con alto grado de pureza, transparencia y veracidad. Se trata más bien de advertir sobre los riesgos de una sociedad en donde los índices de contaminación chismosa son excesivos, cada vez más crueles y van en aumento.

No reconocer una enfermedad social, disfrazándola con el engañoso ropaje de la ironía y el sarcasmo, es el mejor modo de ayudar a su propagación. En Salta, el chusmerío ha hecho tanto o más daño que el chucho o paludismo.

El chisme es, como diría Joaquín Castellanos, importante componente de nuestro «paludismo mental», más difícil de erradicar que aquel otro.

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