Noticias del español

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| Irene Benito
La Gaceta on line, Argentina
Lunes, 21 de enero del 2008

«CUANDO MUERE UNA LENGUA SE PIERDE DIVERSIDAD CULTURAL»

La lingüista Violeta Demonte habló de la responsabilidad de elaborar archivos, diccionarios y gramáticas. Según la experta, la expansión de los idiomas poderosos como el inglés, produce la desaparición de otros, de pocos hablantes.


Parece mentira, pero las cuatro décadas que lleva residiendo en España (con un ligero paréntesis en Estados Unidos) no han podido diluir del todo el origen paranaense de la lingüista Violeta Demonte. En la Península desarrolló el grueso de su vida personal, académica y profesional, por ello es un exponente nítido de la particular alquimia cultural que, en diversos grados, suelen presentar los individuos inquietos que han vivido en ambas costas del Atlántico.

De Argentina conserva, en primer término, los rasgos que determinaron su vocación por la lengua: el Castellano que aprendió a amar gracias a una profesora maravillosa de la escuela secundaria; las limitaciones que las mujeres de su tiempo enfrentaban al momento de elegir una carrera universitaria «a lo mejor hubiese estudiado ciencias, pero, para ello, debía irme de Entre Ríos: fue mi hermano, y no yo, quien pudo hacerlo», confiesa; la influencia intelectual que, desde su cátedra en la Universidad de Buenos Aires (UBA), ejerció sobre ella la académica Ofelia Kovacci. Demonte también es argentina por otros rasgos, quizá más difusos y más amargos, como el pertenecer a la generación de jóvenes investigadores que, luego de la trágica «Noche de los bastones largos» (UBA, 28 julio de 1966), buscaron un porvenir en el extranjero. Como el historiador Tulio Halperín Donghi, el físico Juan Roederer y otras tantas promesas de aquel entonces, Demonte –que posee la firmeza de carácter típica en una profesora exigente- decidió partir a otro sitio con sus inquietudes y sus veinte años.

En España le esperaban oportunidades excepcionales: el doctorado en Filología Hispánica con la dirección de Fernando Lázaro Carreter, célebre ex presidente de la Real Academia Española (RAE); los cargos administrativos de vicedecana y vicerrectora en la Universidad Autónoma de Madrid; la titularidad de la Dirección General de Investigación del Ministerio de Educación y Ciencia.

-Mientras algunas lenguas están actualmente en declive, otras han ganado espacio y popularidad. ¿En qué punto está el español?

-Este es un asunto importante, pero no tanto por la vitalidad del español, que no está en duda, sino porque hay un serio conflicto con las lenguas grandes y poderosas, sobre todo el inglés. La expansión de estos idiomas produce la desaparición de muchas lenguas: las pequeñas, las tradicionales, las que no tienen detrás de sí al poder. La globalización pone en evidencia que las lenguas de pocos hablantes no sirven para la industria de la cultura. Los lingüistas tenemos la obligación de velar por el mantenimiento de ellas, porque cada vez que muere alguna se pierde diversidad cultural. Es nuestra responsabilidad hacer archivos, diccionarios y gramáticas para ayudarlas a vivir y, en última instancia, quede noticia sobre ellas.

-¿Y cómo es este español tan vigoroso?

-Se trata de una lengua de muchos hablantes, muy unitaria, que goza de gran consenso en la comunidad hispanohablante sobre la importancia de mantenerla unida. En el presente ocurre un fenómeno interesantísimo: contra todo pronóstico, parece haber indicios de que no se extinguirá en Estados Unidos. Hay mucho interés por mantener el español; es posible que influyan razones económicas, como podría ser el de conservar los diarios en español y la industria cultural.

La gran paradoja

Coincide con su amiga y colega, la lingüista Ivonne Bordelois, en la apreciación de que hay cierta mediocridad en los hablantes, cierto aplastamiento colectivo en el empleo de la lengua. «La opinión de Ivonne, que es válida para Argentina, está vigente en España y es evidente en el empobrecimiento léxico, en la no distinción entre los llamados registros: siempre se habla igual, esté uno en una situación formal o informal. Hay un desprecio por la precisión en el lenguaje», describe Demonte. Y formula: «es un fenómeno universal, me temo, vinculado con la televisión, con una cultura audiovisual que es más bien visual. La escuela tiene mucho que hacer».

La catedrática observa que esta preocupación es compartida en el mundo occidental. Opina: «los países ricos tienen mejores sistemas educativos que los pobres; lo que sucede es que vivimos en una sociedad donde los valores del saber y de la cultura no son prioritarios, lo cual no quiere decir que no haya gente interesada en ellos. Para ciertas multitudes, lo principal es ganar dinero o salir en la televisión». Demonte afirma que esta realidad es paradójica: «el capitalismo mejora muchísimo la vida, pero, a la vez, genera tecnología y productos de consumo basura que atraen excesivamente, distraen, hacen perder el tiempo y la cabeza».

-¿En este contexto, cuál debe ser el papel social de las facultades de Filosofía y Letras?

-Es una pregunta que requiere reflexión, porque no tiene una respuesta fácil. Salvando importantes excepciones, pienso que los expertos en humanidades están un poco deprimidos, para usar un término caro a los argentinos. No creen en sí mismos; se consideran maltratados por la sociedad, y les asusta la pérdida de influencia, y de interés por las humanidades, que obedece a que estas no son rentables. Hay una cierta crisis que se ve aumentada por la actitud de estar a la defensiva y de sentirse ofendidos.

No es una buena posición: hay que creer en las humanidades y en que estas tienen muchísimo que hacer en un mundo banal, comercializado y trivializado.

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