Noticias del español

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| Fernando Díez Losada
www.nacion.com, Costa Rica
Domingo, 29 de noviembre del 2009

CUANDO EL HUMOR CREA PALABRAS

La broma de un personaje en una comedia de Carlos Arniches engendró parala lengua castellana el vocablo trillizo. Posteriormente el jocoso neologismo (junto con sus parónimos cuatrillizo, quintillizo, sextillizo y septillizo) recibió la bendición académica, y la familia completa ingresó con todos los honores en el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE).


Desde luego, la ocurrencia de trillizo, a partir de mellizo (del latín gemellicius/gemellus, por aféresis), puede ser tan válida como la de quien afirmaba no haber visto nunca una película pornográfica «porque ni siquiera tenía pornógrafo».

Sin embargo, con frecuencia, un vocablo nacido como fruto de una broma, de un juego humorístico de palabras, puede terminar, con un poco de suerte, por integrarse a nuestro léxico oficial.

Dedocracia, debo reconocerlo, es un término ocurrente, un destello de ingenio. Eso, por una parte. Por otro lado, en cambio, es una aberración lingüística, un extraño híbrido hispanohelénico: el poder asignado a dedo.

Si, al menos, se hubiera dicho dactilocracia o digitocracia, otro gallo etimológico hubiera cantado.

Pues bien, la broma de dedocracia (como ocurrió con la de trilliz o y sus otros compañeros en la escala de partos múltiples) se convirtió en un vocablo muy serio en las últimas ediciones del DRAE: «Práctica de nombrar personas a dedo, abusando de autoridad».

Y el colmo de los colmos: la aceptación, por parte del Diccionario, de su propia denominación humorística: mataburros. ¿No es eso un caso evidente de masoquismo lingüístico?

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