Noticias del español

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| Luís Silva-Villar
La Opinión, Los Angeles (EE. UU.)
Lunes, 2 de febrero del 2009

CRESTA DE LA LENGUA: PRESTIGIO Y FAMA DEL ESPAÑOL

Leemos con harta frecuencia que el español es lengua internacional, más de 450 millones y una veintena de países así lo avalan. Pero no falta en el mercado de las lenguas quien le achaque ausencia de prestigio con el aparente único propósito de minusvalorarlo. Y el valor económico de una lengua, se viene a apuntar, es primordial en el mundo utilitario en que vivimos.


Si el idioma como tal no genera ingresos, mejor hablar (¿vender?) otra cosa. ¿Hablaremos en el futuro de debacles lingüístico-financieras? ¿Pasarán las lenguas a cotizar en la bolsa? ¿Se interesará alguna vez Madoff por ellas?

Cuando se piensa en el francés, se trae a la memoria el buen vino, los modales, la distinción. Hay admiración. A pesar de ello, «en números», los estudiantes del prestigioso francés (en la «zona Obama») tienden a quedarse a la zaga del español paulatina e imparablemente.

La mofa idiomática en televisión, cuando se da, no afecta exclusivamente al español; el árabe o el chino, y también el francés, viven idénticos revolcones. Y hoy no se escapa ni el inglés.

Decía la madre de una estudiante de español que su hija no podía hacerlo mejor porque era muy «blanca». La madre, a primera vista, parecía «normal»; su confusión, también.

En algunas mentes se asocia color y lengua, o etnia y lengua; u otras desproporcionalidades. No es tan insólito llamar «hindú» al de la India, aunque no sea hinduista. En un conocido hospital de LÁ se acerca un paciente y pregunta a la recepcionista: «¿Hablas judío?» 'do you speak Jewich?' O se va a las antípodas: «Soy hebreo» 'I’m a Hebrew'.

Si lo que da prestigio al español es «Cervantes», el auge del español en Estados Unidos tiene por fuerza que derivarse de algo diferente: «Cervantes» aquí no existe. Aflora una verdad: el prestigio cervantino, cuando se da, es accesorio.

Que en Brasil se le dé una preponderancia al español tampoco se debe a «Cervantes»; más objetivamente, todo apunta a intereses comerciales y políticos de mi tocayo Lula.

Curiosamente, a los brasileños les importa poco que los países circunvecinos no hagan lo propio con el portugués: ¿cómo nadie se sorprende de que no haya una política de reciprocidad en los países limítrofes de habla española? ¿Será por falta de prestigio del portugués?

Cuando algunos escritores mencionan que la calidad de la Televisión Española Internacional es un problema para el ascenso del español se deja al descubierto, sin pretenderlo, que hay futurólogos que sólo ven el español como un producto de España y no de su superficie parlante «real»: nueve de cada diez hablantes NO son de España. Pero el negocio se ve como un negocio privado de empresas españolas.

En Estados Unidos, contra todo pronóstico «y prestigio», se habla español. Y esto ocurre en el centro gravitatorio sobre el que se mueve el mundo «de los ricos».

Aquí, la sociedad se acerca a sus hablantes latinos con las más variadas intenciones, que no siempre son las puramente comerciales. Las políticas, religiosas, sanitarias, educativas, y de asistencia social, también cuentan.

Cuando va un estadounidense (o una) a hacerse una operación de estética a Colombia, pongamos por caso, ¿se debe al prestigio del español colombiano? Se ha mencionado la importancia en España del «turismo de idioma» como un elemento que engorda el peso económico del español; pero nadie dice que las vacaciones de verano en Estados Unidos (principal país contribuyente) coinciden con el invierno del hemisferio sur latinoamericano. No seamos ingenuos.

Y el inglés, ¿es realmente importante por su prestigio, o por su utilidad? ¿Quién aprende inglés para leer a Shakespeare? El por qué se escribe un artículo científico en inglés tampoco es un misterio.

¿Por qué hay más inglés que español en las «3-wes» (www)? ¿No será por las humanas ansias de crear un destinatario único? ¿Y por qué hay más páginas en chino que en español? ¿Por el pedigrí del chino o porque hay muchos chinos?

El fantasma del «prestigio» es humo de baja graduación. Se recordará a un vende-lenguas que quería medir la calidad del español emparejando el número de hablantes con el número de refrigeradores por casa.

En el fondo se escondía querer poner el español por debajo del francés a toda costa. Se estuvo a un paso de medir la importancia de la lengua por la estatura del hablante, o su bigote.

Nuestra tradición no se queda atrás. El emperador Carlos I decía que el español había nacido para poder hablar con Dios: ¡Faltaría más! Que se sepa, a nadie se le ha ocurrido todavía promocionar el estudio del español para cumplir con esta sagrada encomienda.

El desprestigio es otra cosa. Después de la Segunda Guerra Mundial nadie quería oír hablar alemán: recordaba a Hitler. Hoy no se escucha árabe en nuestro país: ni inglés en señalados países árabes. La historia labra aleatoriamente la suerte de las lenguas.

No hablamos español en la «zona Obama» para ser famosos ni para elevarnos al Olimpo: nos basta que sea la lengua que nos ha tocado en la lotería de las lenguas. No nos quejemos. El pedigrí, para los perritos de raza. Pero si tenemos que crear una burbuja lingüístico-financiera y cotizar en Wall Street, yo contrataría a Madoff: tiene experiencia en vender 'gato por liebre'.

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