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| Francisco Mora
El Cultural (El Mundo), Madrid (España)
Jueves, 4 de septiembre del 2008

CREAR EL MUNDO CON EL LENGUAJE

Las políticas lingüísticas podrían poner a largo plazo barreras emocionales y de comunicación entre los habitantes de una misma comunidad. Francisco Mora, catedrático de Fisiología de la UCM, analiza, desde la neurociencia cognitiva, la importancia del lenguaje a la hora de interpretar el mundo.


«Con la lengua nos comunicamos y entendemos pero, sobre todo, inventamos el mundo». Estas palabras de Luis Mateo Díez, a propósito del debate sobre la lengua española en las páginas de El Cultural no distan mucho de aquéllas de Ortega y Gasset cuando dijo que «la teoría, el pensamiento humano, no descubre el Universo, sino que lo construye». O las de Julian Huxley, todavía más adelantadas: «Las leyes científicas y los conceptos afines (no existen en el mundo sino que) son creaciones de la mente humana». Y es que el cerebro y sus códigos de funcionamiento son los que verdaderamente crean el mundo tal cual como lo conocemos, desde la concepción matemática y la percepción de las formas, colores y conceptos hasta ese laberinto infinito que son las relaciones humanas. Y también, desde luego, el pensamiento y los sentimientos y hasta la conciencia, último rincón donde se cuece toda humanidad. Y todo ello se elabora y cobra vida con la lengua y la cultura en que vivimos. Hoy los estudios de neuroimagen realizados en personas que viven en distintas culturas muestran que cada cultura moldea sus cerebros de modo diferente. Un modelado que es físico y químico, es decir, anatómico y funcional. Esas diferencias existen, no ya entre personas de culturas apartadas como la occidental y la asiática, sino entre gentes de pueblos cercanos como alemanes y americanos o españoles.

La Neurociencia Cognitiva actual está desentrañando los substratos de esas diferencias cerebrales. Y no se trata, como antes se pensaba, de pequeños cambios en algunas áreas con funciones muy puntuales, sino cambios que afectan al procesamiento de las percepciones, la atención, la música, el cálculo, los procesos emocionales, intuir las intenciones de los otros y hasta la propia concepción del yo y los demás. Así, se puede entender cómo personas nacidas en culturas diferentes conciben el mundo de modo diferente y construyen también, de modo distinto, esas relaciones que dan lugar a la empatía personal y social. Un mismo paisaje no tiene el mismo significado para unas u otras personas según la cultura en la que viven.

Un occidental y un oriental ven una pintura o una fotografía de manera diferente y extraen información diferente. En concreto, y como ejemplo, los occidentales prestan más atención a las personas u objetos de primer plano que al contexto en que éstas se encuentran, en tanto que los asiáticos ponen más atención a las relaciones de todo lo representado con el fondo. Un experimento reciente realizado con americanos y japoneses ha mostrado la capacidad de los primeros para detectar detalles o errores en lo representado en un primer plano en tanto que los japoneses fueron mucho mejores observando cambios en el contexto global del cuadro. Poniendo otro ejemplo: un esquimal es capaz de percibir y nombrar, con palabras distintas, más de 20 colores diferentes para lo que en occidente entendemos por «blanco».

Pues bien, un soprte básico de todo lo que acabo de comentar es la lengua que se habla. Una lengua, la que se aprende inmediatamente tras el nacimiento, organiza ciertas áreas del cerebro de una manera diferente a como lo hace otra (no ya entre el chino y el sueco, por ejemplo, sino entre el inglés y el italiano también). Esto, junto con el resto de cambios cerebrales producidos por una determinada cultura, son los motores principales que han creado y diferenciado los pueblos. Lo mismo que lo han hecho las razas o las religiones o la misma geografía. Lo cierto es que una lengua es una manera no sólo de nombrar el mundo sino de verlo y concebido de modo diferente a como se hace utilizando otras lenguas. Y al igual que las creencias o religiones aúnan y separan al mismo tiempo unas gentes de otras, así lo hacen también las lenguas. Todo esto viene al caso para resaltar algo que yo creo que es importante en el contexto de las lenguas en España.

La unidad de un pueblo frente a otro lo crea, en muy buena medida, ese lazo poderoso que son las palabras que se utilizan. Las lenguas unen a los individuos pero pueden separar a los pueblos. Y lo pueden hacer porque los incomunican, transformando así lo que hasta entonces era la esencia de la lengua que es la comunicación. Por eso es perverso utilizar la lengua como instrumento político. Hay que ser consecuentes y saber que si se permite la educación de los niños, de modo exclusivo, en una lengua determinada, sea ésta el vasco o el catalán, y en un ambiente cultural prefabricado determinado y diferente, se estarán poniendo los cimientos de una barrera cerebral, que en no más allá de dos o tres generaciones, creará un clara separación, no sólo cognitiva sino, sobre todo, emocional, del resto de quienes tienen otro idioma materno y otra cultura.

Y es que en este tema de las lenguas no se debiera ignorar lo que en apariencia y a corto plazo no parece importante pero que sí lo es a largo plazo. Lo que está claro es que toda decisión política de calado debiera tomarse siempre con el conocimiento profundo de su significado biológico.

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