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elfarceutamelilla.es, España
Miércoles, 22 de octubre del 2008

CORREGIR AL MENSAJERO

De un tiempo a esta parte, no hay programa de televisión «de uso virtual» que no conlleve la posibilidad de pagar las facturas del mismo con el voto de los ciudadanos sobre esta o aquella cuestión.


En muchos de ellos, lamentablemente, se suele utilizar la fórmula para «despellejar» (con la aquiescencia del respetable), a quien se ponga por medio. Son programas muy vistos; seguidos por una audiencia millonaria (en número, claro) que toma parte en el mismo aceptando las tésis y contratésis (críticas y defensas) de testimonios en directo (previo pago del caché) y que entonan el folleto ilustrativo de «la libertad de expresión» para poner verdes a unos y morados a otros…

Son un claro ejemplo del denominado periodismo «rosa» o «amarillo» que convencen a su legión de seguidores a base de desvelar el secreto o los secretos de quienes acuden como «invitados» y que a resultas de ello, se lucran con transmitir esta o aquella información personal de la que se sienten con derecho al cheque correspondiente.

No es este el tema que me preocupa más, puesto que en una sociedad moderna como la nuestra y a estas alturas de la vida, nadie se asusta ya de nada…como nadie tiene en propiedad la razón (que ya saben que es lo mejor repartido en la vida), pero si que me mantiene preocupado, infinitamente preocupado, el hecho de que cada mensaje (SMS) que llega a este tipo de programas sea una atentado contra la dignidad del castellano, del español… No hay un solo texto enviado que, ya no solo le coman la mitad de las letras (algo a lo que estamos acostumbrados por el sur), sino que las pocas que se exhiben estén mal expresadas y llenas de faltas de ortografía.

Cada mensaje es un asesinato al idioma donde no importa el crimen ni el asesino. Y en esto, la b, la v, la i, la y, la h… son victimas constantes del descalabro cultural que, lenta pero inexorablemente, corroe las bases del más rico de los lenguajes. Me desangro con cada SMS que se luce por la pantalla y que vemos millones de espectadores. Me entristece saber que el «pelajopo» más grande puede influir en descoser un idioma que ni se atreve a limpiar porque es incapaz de doblarse; ni puede dar brillo porque vive en la penumbra del desconocimiento; ni podría darle esplendor porque eso solo le suena al título de una película…

Como me gustaría que alguien de alguna cadena televisiva fuera capaz de entender que ganar dinero no está reñido con procurar cultura a la audiencia y que sería tremendamente fácil para este tipo de programas que existiera la figura de un corrector (que aunque suene a tachones no significa censura), donde fueran «arregladas» las palabras y una vez subsanadas las faltas de ortografía y sin eliminar el sentido de lo expresado, se pudieran leer estos mensajes heridos en su contenido, sin miedo a que los ojos se nos salgan de sus orbitas ante tales atropellos lingüísticos que solo dan una imagen, en la mayoría de los casos, paupérrima del nivel académico de los «mensajeros».

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