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| José Miguel Torrente
escritura.suite101.net
Miércoles, 5 de agosto del 2009

CORRECTOR DE TEXTOS, UN OFICIO OCULTO: ¿QUÉ SE ESCONDE DETRÁS?

El de corrector de textos es un oficio que todos saben que existe pero que nadie ve. Es una labor que disfrutan quienes la ejercen, porque permite adquirir cultura.


Tan viejo como la imprenta es el corrector de textos. Aún más, tan viejo como la escritura. Desde que el hombre inventó el alfabeto para poder comunicarse por escrito, siempre ha habido al lado del escribiente una figura que, siguiendo el lema de la Real Academia Española, «limpia, fija y da esplendor».

Miles de años después de inventar el alfabeto, unos pocos cientos después de inventar la imprenta, el oficio de corrector de textos poco ha variado, si nos atenemos solamente al objetivo de su tarea. Han cambiado, eso sí, los medios y las formas. Aunque aún conviven en las imprentas y las editoriales esos personajes que provistos de un lápiz preferentemente rojo —pero no el rojo de censurar— anotan en los márgenes de las hojas unos códigos que para la mayoría de los mortales siguen resultando incomprensibles, sus tareas están cada vez más dominadas por la tecnología y por tanto se usa menos el papel y más la pantalla del ordenador.

La tecnología no basta

Pero el corrector de textos, por mucho que avance la técnica y por mucho que la tecnología nos domine, seguirá siendo necesario, al menos mientras los ordenadores no aprendan a pensar. Olvidémonos del corrector ortográfico del procesador de textos, que no sirve, como decía un viejo editor, absolutamente para nada. Si queremos que un texto esté bien escrito, hemos de recurrir al corrector, pero al corrector que se encierra detrás de la segunda acepción del vocablo en el Diccionario de la Real Academia Española, a la «persona encargada de corregir pruebas». El corrector es una persona, no hay que olvidarlo.

El corrector de textos está íntimamente ligado al libro. El libro, ese instrumento maravilloso del cual llevan años augurando el final, no sería tal si no hubiera un corrector. Esa persona, una vez escrito el texto por el autor y compuesto el libro por el editor, lee. Y de cada letra, palabra o frase leída analiza la coherencia del discurso, la limpieza de la ortografía y la exactitud de los vocablos. Y donde hay falla, limpia, es decir, marca el fallo e indica la solución, para que el impresor, a su vez, envíe el texto a las máquinas limpio de polvo y paja.

Un oficio agradecido

Es el de corrector un oficio agradecido y, como todos, mal pagado o —mejor dicho— injustamente pagado, porque no hay dinero suficiente para satisfacer los desvelos de estos lectores. Es agradecido porque al tiempo que trabaja, el corrector adquiere cultura o, al menos, algunos de los conocimientos necesarios para poder considerarse culto.

Es el de corrector un oficio invisible, porque todos saben que existe pero nadie lo ve. Sabemos admirar la prosa maravillosa del mejor escritor de todos tiempos, pero pocos recordamos que detrás de su texto está, también, la mano del corrector, que a veces sólo limpia, a veces fija y muchas, bastantes, da esplendor. Casos ha habido en que llegado el manuscrito a la editorial y decidida su publicación, una vez compuesto y recibido por este lector, de su trabajo ha resultado la detección de algún error o fallo en el contenido, en la estructura o en los personajes. Avisado el autor, ha podido subsanarlo y evitar que su potencial obra maestra cayese por propio merecimiento en el baúl del olvido de las novelas de medio pelo.

Es el de corrector un oficio con un feo apellido: «Ortotipográfico». Es palabra fea y poco asequible nada más oírla. Todo el que la escucha se para a pensar en su significado, y algunos lo asimilan rápidamente, pero otros muchos deben recurrir a alguna fuente para averiguarlo. La Academia dice de ortotipografía que es «el conjunto de usos y convenciones particulares por las que se rige en cada lengua la escritura mediante signos tipográficos». Es decir, el corrector atiende al uso correcto de esos signos para que el mensaje que se quiere transmitir sea exactamente el mismo que se transmite, y no otro.

El Día del Corrector

Hay en España una asociación de correctores profesionales, La Unión de Correctores (UNICO), cuya tarea fundamental es dar a conocer, al tiempo que defender, el oficio de corrector de textos. Cada año, UNICO organiza en el Día del Corrector lo que llama «cacería de erratas». Los asociados recorren las calles de sus ciudades a la caza de textos mal escritos, y los publican en la web. Ojalá, alguna vez, deje de ser necesario celebrar ese día, aunque en ello les vaya el oficio, porque significará que todo el mundo escribe bien y ya no serán necesarios.

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