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| Alexis Márquez Rodriguez
Tal Cual, Venezuela
Martes, 18 de septiembre del 2007

CON LA LENGUA: LOS NOMBRES DE LAS PERSONAS (2)

¡Aleluya! El CNE, de manera sorprendente, ha atendido el parecer de la opinión pública, y ha eliminado del proyecto de ley sobre la identidad de las personas el artículo que prohibía asentar en el Registro Civil nombres de niños que, por encima del parecer de sus padres, se considerasen ridículos, infamantes, ambiguos, etc.. Y digo que de manera sorprendente, porque en los últimos nueve años no ha sido política del Gobierno, ni de sus órganos competentes, rectificar posturas o decisiones por acción de la opinión pública. Se trata, pues, de una excepción, que todos debemos aplaudir, pero con el deseo de que no se quede en excepción, sino que sirva de estímulo para que, tanto el mismo CNE como los demás organismos públicos hagan como esta vez cuando les toque, atendiendo a la opinión pública, como es esencial en la verdadera democracia.


Pese a la rectificación del CNE, decidí escribir esta segunda parte de mi artículo anterior, ya no referido al proyecto de ley, sino al hecho de poner nombres a las personas, que, como decía en aquel artículo, es un acto más interesante y complejo de lo que la gente se imagina.

Es frecuente que en las parejas, cuando la mujer queda embarazada, se empiece desde temprano a discurrir sobre el nombre la criatura. Ahí entran en juego diversos criterios. Se piensa en nombres de antepasados (progenitores, abuelos, otros familiares, etc.), a los que se quiere rendir un pequeño homenaje. También en amigos o en personajes importantes de la literatura, las artes, la política y demás actividades, a quienes se admira, por lo que se desea que el hijo o la hija lleven su mismo nombre.

Existe también la costumbre entre mucha gente de inventar el nombre, con frecuencia mediante la combinación de sílabas de los nombres de los padres. O de apelar a nombres extranjeros, generalmente porque se los considera más elegantes y sonoros que los del propio idioma. Está visto que esta costumbre es más común entre familias humildes, con bajo nivel cultural: los William, Ronald, Jennifer, Betty y demás especímenes de este tipo abundan más en los barrios pobres.

No debe censurarse el uso de hipocorísticos para sustituir el nombre propio. Nada tiene de criticable que a los José los llamemos Pepe, y Pepa a las Josefa; a los Francisco, Chico o Paco; a las Dolores, Lola; a los Rafael, Rafa o Fay; a los Antonio, Toño; a las Susana y a las Jesusa, Chucha; a las Graciela, Chela; a los José María o José Manuel, Chema; a los Gregorio, Goyo; a los Jesús, Chuy… Los hipocorísticos, cuyo uso es muy antiguo, son parte de la idiosincrasia, y aun de la cultura de un pueblo. En el Portugués de Brasil prácticamente todos los nombres tienen su hipocorístico, lo mismo que los nombres ingleses, sobre todo en los Estados Unidos.

Lo que sí debería hacerse es una campaña, ágil y permanente, sobre la conveniencia de evitar nombres inadecuados al bautizar los hijos, pero sin imposiciones y restricciones tan absurdas como los mismos nombres que con ello se quiere evitar.

Igualmente debería legislarse –en este caso sí– para facilitar el cambio de nombre, cuando se desee y se tenga para ello razones valederas. A nadie se puede condenar a llevar toda la vida un nombre que le desagrade, lo avergüence o lo haga parecer ante los demás lo que no es.

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