Noticias del español

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| Alexis Márquez Rodríguez
Tal Cual, Venezuela
Martes, 27 de mayo del 2008

CON LA LENGUA: FORMACIÓN DE LOS APELLIDOS (1)

En Castellano, como en todas las lenguas, los apellidos se forman mediante diversos procedimientos.


Inicialmente las personas llevaban sólo «nombre de pila», llamado así porque tradicionalmente es el nombre que, aunque se le pone al niño al nacer, y a veces antes, se consolida u oficializa, e incluso se registra por escrito, en el acto del bautismo, que generalmente se realiza en las iglesias ante la pila bautismal. De ahí que también suela decirse «nombre de bautismo». El verbo «bautizar» no sólo designa el sacramento de consagrar a una persona como católico, sino también el acto de darle nombre, de suerte que metafóricamente se emplea ese verbo para referirse también al hecho de poner nombre a cualquier cosa, y no sólo a personas.

Inicialmente los seres humanos llevaban sólo nombre de pila. Pero a medida que la población fue creciendo, y en consecuencia fue necesario repetir algunos nombres, no bastaron estos para identificar a las personas, y entonces se adquirió la costumbre de poner a cada quien un segundo nombre. Con el tiempo este se convirtió en lo que hoy llamamos «apellido», conocido asimismo como «nombre de familia». También se emplea el vocablo «patronímico» para designar los nombres que se forman por derivación del que lleva el padre, aunque se ha ido extendiendo la costumbre de llamar «patronímico» a todos los apellidos, cualquiera que sea su origen.

Al principio, para completar la identificación de las personas se agregaba a su nombre algún dato que lo señalara, y así lo diferenciase de otros que llevasen el mismo nombre. A veces, por ejemplo, se agregaba la identificación del padre o de la madre: «Fulano, el de Pedro»; «Fulana, la de Isabel». Pero pronto se prefirió señalar como segundo nombre el del lugar de procedencia o de domicilio. Así hacían los griegos: Parménides de Elea, Pitágoras de Samos, Solón de Atenas… Sólo las figuras muy notables, de por sí inconfundibles, han pasado a la historia únicamente con sus nombres de pila, como los grandes filósofos y los artistas muy famosos: Aristóteles, Sócrates, Platón, Apeles, Fidias, Safo…

En España se hizo costumbre tempranamente el uso como apellido del lugar de procedencia, articulado al nombre mediante una partícula relacionante: Juan de Valencia, Pedro de la Peña, Simón el Sevillano…, que con el tiempo se convirtieron en Juan Valencia, Pedro Peña, Simón Sevillano… Aunque algunos conservaron la preposición «de», que, por cierto, no tiene ninguna connotación de nobleza ni nada parecido, como algunos ingenuos creen, sino de simple procedencia.

También son frecuentes los apellidos españoles procedentes de oficios, ocupaciones, cargos o títulos: Juan el herrero, Francisco el sastre, María la cabrera, Pedro el abad, Luis el monje, Alberto el conde, Manuel el duque, Ricardo el alcalde…, que a la larga se convirtieron en Juan Herrero, Francisco Sastre, María Cabrera, Pedro Abad, Luis Monje, Alberto Conde, Manuel Duque, Ricardo Alcalde…

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