Noticias del español

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| Pablo Henríquez
Diario de Cuyo (San Juan, República Argentina)
Domingo, 3 de Septiembre del 2006 |

CON LA LENGUA DOMADA

PEDRO LUIS BARCIA, PRESIDENTE DE LA ACADEMIA ARGENTINA DE LETRAS


El doctor Barcia estuvo esta semana en San Juan para participar de la presentación del Diccionario de Regionalismos de San Juan, de César Eduardo Quiroga Salcedo y Graciela García. Barcia fue noticia hace pocas semanas, cuando publicó un Diccionario de Argentinismos gracias al hallazgo de un verdadero tesoro en un depósito olvidado de la Academia Argentina de Letras: nada menos que una serie de manuscritos del siglo XIX donde se asentaban los modismos de aquella época.


Los expertos de la lengua generalmente despotrican contra los medios de comunicación.

—Soy muy dado a los medios, porque para mí prestan una gran ayuda. Y estoy trabajando en un manual para la enseñanza del lenguaje de los medios dedicado a padres y maestros. Se iba a llamar Para avivar giles, pero sería una expresión demasiado argentina; por eso decidimos llamarlo No sea ingenuo; es decir, no crea que lo que el medio le muestra es toda la verdad, sino que hay un intento de mostrar la verdad pero siempre se desfigura por varias razones: por el canal, por el periodista, el comunicador, etcétera. Hay que tomar los medios bajo un sentido crítico.

¿Cómo fue la experiencia de encontrarse con esos papeles del siglo XIX que le llevaron a armar el Diccionario de Argentinismos?

—Me dedico desde hace varios años a la literatura argentina desde sus orígenes hasta el siglo XIX inclusive. Todos mis últimos estudios han avanzado en este campo. Ocurre que cuando yo estaba estudiando las sociedades literarias del siglo XIX, allá por la década del 70, descubro que había existido una institución llamada «Academia Argentina de Ciencias, Artes y Letras», lo cual me interesó porque, entre otros proyectos, esta academia le daba mucho interés a un diccionario de argentinismos que estaba elaborando. Ocurre que en el contexto americano nosotros estábamos en un puesto muy tardío con respecto a los diccionarios nacionales: primero apareció el cubano en 1836, después el colombiano, luego el peruano, el chileno; los argentinos veníamos recién en 1910 con el primer diccionario de Tobías Garzón, un cordobés. Entonces, me dije: «Caramba, si yo descubriera este material… Nos estaría situando en 1875, en pleno siglo XIX». Este diccionario tiene otra virtud, y es que no fue hecho por un individuo como todos los otros, sino por una colectividad académica estudiosa. Entonces fue el primer diccionario, después del de la Academia Española, realizado justamente por una academia.

Lo suyo fue un trabajo arqueológico.

—Detectivesco, diría. Todo empezó revisando revistas viejas, que es un deporte mío. Así me encuentro una revista Del Plata Literario, de 1876, donde aparecen las primeras diez palabras de este diccionario. «Aleluya», dije. Me entusiasmé, publiqué un trabajo sobre eso y empecé a sospechar que este diccionario tendría que estar, si no escrito, por lo menos en papeletas. Luego descubrí que esas papeletas eran reunidas en libros. Así fue que empecé a revisar las actas de nuestra academia, hasta que encontré que en la década del 30, 1935, un sujeto ofrecía material de aquella institución de 1875. En el 30 estaba como secretario de la Academia Argentina de Letras Carlos Obligado, hijo de don Rafael Obligado, quien había participado en la confección del diccionario perdido. Entonces dije: «Si esto pasó por acá, Carlos no lo puede haber dejado perder». Empezamos a buscar, todo el mundo me decía que no íbamos a encontrar nada, hasta que me fui a un depósito olvidado que había en la academia y nos pusimos con dos empleadas, arremangados y con guantes de goma por el polvo, a buscar la caja. Hasta que saltó una copia fotoestática de un libro de comercio, de esos donde se hacían los asientos comerciales, con tres columnas: una chiquita donde ponían la palabra, una más grande donde iba la definición, y la tercera donde ponían el ejemplo. Eran hojas muy largas; lo primero que hice fue reducirlas a A4, porque así se ve mejor lo escrito, y someterlas a un tratamiento de contraste para que lo negro se destacara más. Las leímos con lupa. Fue penoso. Así levantamos lo que es el primer tomo. Estimo que existe el segundo tomo; no lo hemos encontrado, pero tengo sospechas acerca de dónde está. Ojalá Dios me dé vida para buscarlo. Creo que en menos de cinco años lo encuentro.

¿Qué importancia tiene el hallazgo?

—Este diccionario nos da una gran tranquilidad: primero porque nos posiciona mejor en el ránking latinoamericano; segundo porque fue realizado por una academia, y tercero porque nos revela que el caudal de voces que permanecen de las que aparecen en ese diccionario alcanza un 75 a 80 %. Se trata de una gran continuidad de voces. Algunas se han perdido: por ejemplo, ya nadie dice «camilucho», que era el nombre antiguo del gaucho, ni tampoco se refiere a un napolitano como un «carcamán», que hoy da idea de viejo. Pero hay mucho quechuísmo, algo de guaranismo y un poco de mapuchismo, lo cual indica que también había atención a las lenguas indígenas. Además había algunas palabras vulgares, lo que demuestra que atendían a los niveles de lengua culta, coloquial y vulgar.

¿No cree que esta gran vida que tuvo el habla argentina hasta ahora, de repente corre el riesgo de quebrarse?

—El problema que se está dando en la Argentina es doble. Uno es el empobrecimiento léxico grave, es decir que la gente se está acostumbrando a hablar cada vez con menos palabras. Esto se da en los chicos sobre todo; no es una cuestión de ellos sino de la enseñanza y de ciertos medios audiovisuales, que los acostumbran a esta expresión tan empobrecida. Por otro lado, el problema se manifiesta en la vulgaridad del idioma. El alumno no distingue en qué nivel tiene que hablar con la gente. Así como tutea a todo el mundo y le dice «cómo te va» a un viejo de 80 años al que ve por primera vez, no nivela las relaciones del léxico con el medio, y entonces mete «huevón» en cualquier lado. Hace un tiempo, un muchacho digamos de 20 años tenía unas 1.300 palabras en su haber, y hoy no pasa de 700. Es un cambio drástico: en la medida en que el número de voces es menor, se estrecha la capacidad de pensar y entonces la persona termina por ser discapacitada para ejercer su derecho a la opinión y a la expresión. Los medios tendrían que ocuparse.

¿Cuál debería ser la actitud de un medio para trabajar esto?

—Algunos medios, escritos sobre todo, se preocupan. Han compuesto sus libros de estilo, procuran ser acertados en el idioma, equilibrados. Pero esto debe estar continuado en todos los medios, como un esfuerzo conjunto. Y eso no se da. Entonces hoy los medios están dejando entrar la pobreza por un lado y la vulgaridad por otro. Y los libros de estilo duermen un sueño olímpico, sin que sean consultados por los periodistas. Algunos países ya se han puesto en campaña. Aquí lo estamos promoviendo a través de ADEPA (Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas), que ha invitado a todos los medios a adherir al Diccionario panhispánico de dudas como referencia básica para la corrección idiomática. Los medios podrían hacer mucho: en 1920, los inmigrantes se incorporaron a nuestra lengua escuchando la radio y leyendo el periódico, que eran buenos. Si se pudo, se puede otra vez. Ahora lo más grave es la televisión, porque en un diario se puede volver para atrás, corregir, pero en televisión la palabra no tiene vuelta una vez que se escapó.

Primeras letras

Parece imposible mejorar a un lector adulto desde un medio de prensa. Quizá haya que empezar desde antes.

—Los productos específicos dirigidos a los niños, en general han sido siempre un acierto. Argentina tuvo en Billiken una de las muestras más grandes de lo que se puede hacer. Billiken fue copiado en toda América. Antes estuvo Tit Bits, y después vino García Ferré con sus historietas y el buen manejo de la parte pedagógica. Pero hay gente discapacitada para eso. Exactamente como en la televisión, cuando una rubia que fue secretaria de un prestigioso conductor pasa a conducir un programa para niños: no tiene el vocabulario ni la adecuación necesarios.

¿Cómo se escribe para niños?

—Es muy complejo. Complejísimo. Por eso es que hay pocos escritores buenos para niños. Argentina es uno de los países más ricos en esto, y creo que hay que volver a rescatar la buena literatura infantil que tenemos en el país. María Elena Walsh lo sabe hacer. Pero hay mucha gente que cree que escribir para niños es hacerlo como hablando en pavote y tratando al niño como si fuera un idiota. Adecuar el nivel de expresión a los niños es difícil.

¿Cuándo empezar a incentivar al niño hacia la lectura?

—La motivación para la lectura comienza en la casa antes de que el chico vaya a nivel inicial siquiera, porque ve a sus padres leyendo y hay libros por aquí y por allá. Es bueno que le compren al chico libros con figuritas, que pueda hojear, manipular como un objeto, manejarlo a gusto; no sirve guardar un libro para que no se estropee. No, los libros están para que el niño los rompa si es necesario, obviamente por el uso.

El libro como juguete.

—Claro. Y no solamente hay que contarle cuentos de memoria como hacen los abuelos, sino leerle del libro para que el chico tenga en claro que lo que está escuchando y le gusta es tomado de ese objeto, y así despertarle la apetencia de ir a leer. Hay que prepararle material adecuado a su edad, a su manejo, no un mamotreto que pese diez kilos. También habría que incluir en la lectura de los chicos más elementos del folclore infantil, que se está dejando un poco de lado.

Los adolescentes viven una revolución en cuanto a soportes tecnológicos de la comunicación, que también genera un nuevo desafío para la lengua.

—Sí. La función que el libro cumple de desarrollar la imaginación no la suplen la televisión ni ningún espacio de Internet que dé servida la imagen. El chico que fabrica la imagen en la lectura desarrolla más la imaginación. Pero es interesante ir respaldando la lectura con internet. Asociarla, complementarla. De todos modos estoy seguro que Internet no va a matar al libro, porque tienen funciones diferentes. Umberto Eco dijo hace décadas que todos íbamos a terminar leyendo en pantallas. Pero hace dos años se desdijo: «El libro escolar, el libro de lectura, nunca podrá ser sustituido», expresó.

Pero hoy la tecnología de comunicación está en el bolsillo de cualquiera.

—El mensaje de texto del celular puede ser para el muchacho una magnífica escuela de síntesis, porque en pocas palabras tiene que decir lo esencial. Tiene un efecto interesante, que antes no conocíamos, y es el abrir el teléfono y encontrar un texto que se lee en forma instantánea. Es muy motivador, muy positivo. El problema está cuando el chico empieza a abreviar las palabras de acuerdo a algunas propuestas de compañías telefónicas que han generado un diccionario personal de 200 términos: si el chico manejaba 700 y lo pasamos a 200, estamos sumando cada vez más miseria. Por otro lado, el mensaje de texto ofrece la posibilidad del «emoticon», que está bien si ratifica la palabra pero mal si la sustituye, porque implica otra disminución de la capacidad del muchacho. El chateo es otro tema que está produciendo un fenómeno curioso: nunca como ahora habían escrito tanto los chicos (no manualmente sino en la pantalla), pero nunca como ahora lo que escriben tiene menos sentido. Es muy elemental, muy livianito. El chateo en gran medida les sirve para ratificar que están dinámicamente en contacto, pero no hace progresar el diálogo porque en el chico actual hay una tendencia a no discutir. El rechazo de la discusión en el diálogo no es formativo para la persona. Si alguien no piensa como usted, tiene que tratar de averiguar por qué. Eso a usted lo forma, porque le da mejor conocimiento de lo que piensa y lo hace flexible, tolerante.

¿Esto puede llevar a una mutación de la lengua?

—La lengua no va a mutar. La limitaciones del chat las lleva el que tiene limitación de lengua. No hay que echarle la culpa al medio: la pobreza la lleva quien lo usa. Lo grave es que con el chat se está modificando la sintaxis, la puntuación. No creo que esto llegue a modificar abiertamente la lengua del futuro, pero sí va dejando ciertos hábitos contra los cuales tiene que luchar la escuela. Habría que enseñar desde la escuela la práctica del chat bajo ciertas normas.

Con la pluma y la palabra

¿Cómo ve a los docentes?

—Los veo como una gente de laya sufrida, aguantadora, que ha padecido mucho, que sigue padeciendo exclusión e injusticia, no ganan lo que deberían ganar, los gobiernos no los han educado ni formado con eficiencia. Yo no sé como el docente todavía sigue con ánimo para seguir en la tarea. Cualquier gobierno les plantea por enésima vez jornadas de actualización que son un fraude, porque no hay ni siquiera material, y ellos van contentos a ver qué se puede hacer. Acá tenemos dos cosas: falta de estructura y apoyo por parte de los gobiernos y falta de formación aplicada. Al docente no le hagan perder tiempo, no le digan idioteces ni le expliquen cosas estrafalarias de lingüística que nunca va a aplicar en su vida.

El académico suele meter miedo.

—El académico bobo es el que asusta, el académico pacato. Si usted es académico debe saber habituarse a todos los niveles. Hay cosas que se tienen que explicar con cierto tecnicismo, de acuerdo. Pero yo diría que, de los problemas fundamentales, el 80 % se puede explicar llana y claramente, siempre que se sepa elegir las palabras y se conozca con quién se trata. El docente está muy golpeado, yo opinó mucho sobre educación porque tengo miles y miles de horas cátedra encima. Otros son teóricos de bolsillo o de escritorio, que hablan con jerga pedagógica, tipo UNESCO, con argumentos que no producen la menor convicción ni admiten la menor réplica.

¿Cómo ve la reforma del sistema educativo?

—No quiero asegurar nada, porque la anterior reforma se anunció como un cambio fundamental y fue un fracaso. Hay que apostar a que la reforma tenga éxito, a que no sea uniformadora, que respete lo que la ley anterior propuso como regionalización, porque hay principios generales que hay que mantener. Pero no se trata solamente de la ley, sino de cómo la reglamenten después. Porque la ley anterior daba mucha libertad, pero se empezó con criterio ideológico a poner reglamentaciones a todo y se terminó matando el espíritu de la norma.

La Academia hace docencia: tiene una línea para consultas idiomáticas.

—Sí, tenemos una línea telefónica y un correo electrónico. Casualmente ahora se está dando un «miti y miti» (risas), mitad de teléfono y mitad de correo electrónico. Es un mecanismo efectivo y de servicio social. Hay una cosa curiosa: los ministerios de educación del país consultan a la Academia Española en vez de consultar a la nuestra, lo que es ridículo porque allí no saben cómo se dice acá determinada cosa. «Cómo se dice -le preguntan a España-: ¿video o vídeo?». Y los españoles contestan vídeo. Por eso en este diccionario panhispánico de dudas hemos ido incorporando un concepto muy grande de regionalización de la lengua y respetando modalidades como nuestro voceo, que ya está incorporado como una modalidad culta. La uniformidad tiene que darse sobre todo en la sintaxis, que es el espíritu de la lengua, y en lo fundamental del léxico. Pero las diferencias lexicales son pocas entre los países y enseguida se entienden.

¿Qué cantidad y tipos de consultas tienen?

—En este momento tenemos aproximadamente unas cinco o seis consultas diarias, aunque en épocas de exámenes aumentan bastante. Gracias a esas consultas, que tipificamos y categorizamos, sacamos un librito antes que saliera el Diccionario panhispánico de dudas que se llamaba Dudas idiomáticas frecuentes.

El famoso diccionario de los giles…

—(Risas) De los buenos giles. Porque están los giles idiotas, que no hablan. Los que quieren averiguar de qué se trata, no son tan giles.

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