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Diario de la Americas, EE. UU.
Miércoles, 7 de abril del 2010

CON HUMOR, SE APRENDE MEJOR

No somos pocos los hispanohablantes en Estados Unidos que con frecuencia nos horrorizamos por la gran cantidad de disparates que cometen al hablar en español nuestros hijos, nietos, alumnos y lo que es peor, figuras públicas y locutores.


Incluso a veces los periódicos publican errores que no pueden considerarse erratas y hubieran alarmado a Doña Olimpia Rosado, esa guardiana del idioma que desde estas páginas por muchos años nos reprendía cariñosamente.

Algunos de estos barbarismos resultan a veces hasta graciosos. Cuando escucho que un candidato va a «correr para un cargo», me lo imagino con ropa deportiva y alpargatas desplazándose a toda velocidad camino a la alcaldía o el capitolio.

«Los viajes redondos» me parecen que debe ser más largos que los de ida y vuelta pues le darán la vuelta al mundo. Pero nada me ha causado mayor asombro que leer en un menú la oferta de «senos de pollos». Aunque supuse que se trataba de una pechuga, por si acaso, pedí pescado.

Estas traducciones desatinadas han dado lugar a chistes, como el de «Between and drink a chair» por «Entre y tome una silla» y el célebre «Voy a vacunar la carpeta» para decir «Voy a pasarle la aspiradora a la alfombra». A veces se «inventan» vocablos parecidos a los del inglés como «rufero» por «roofer» y «taipear» por «mecanografiar».

Pero incluso los que trabajamos como escritores y profesores tenemos en ocasiones dudas. ¿Pueden utilizarse las palabras «chatear» y «chequear» aunque el español tenga equivalentes como conversar y revisar? ¿Una mujer que preside es presidente o presidenta? ¿Ha sido electa o elegida? ¿Se escribe periodo o período, futbol o fútbol, folclore o folklore, diez y seis o dieciséis?

Para aclarar estas y muchas otras dudas similares acaba de publicarse un delicioso y útil librito titulado Hablando bien se entiende la gente. Consejos de la Academia Norteamericana de la Lengua Española para mejorar su español. Editado por Gerardo Piña-Rosales, Jorge I. Covarrubias, Joaquín Segura y Daniel R. Fernández, con una decena de colaboradores, el pequeño volumen está escrito con humor y no con el tono regañón que a veces asumen los puristas del idioma.

Y es que hay que entender que para los hispanohablantes en Estados Unidos el español es muchas veces su segundo idioma, y en ocasiones tienen poca educación formal en la lengua que aprendieron junto a los padres y abuelos. Muchos lo hablan, pero no lo escriben bien. Las faltas ortográficas más comunes en español se originan con el uso de letras como la «b» y la «v»; «c», «s» y «z»; o la «ll» e «y».

Al ser un idioma que se escribe como se pronuncia, cuando hay letras con sonidos parecidos, para saber escribirlas necesitamos estar atentos a las reglas. Naturalmente, las personas que leen mucho pueden igualmente aprender a escribir correctamente sin conocer estas normas.

La memoria de las palabras leídas es suficiente para reproducirlas correctamente en la escritura. Los de habla inglesa, sin embargo, cometen errores ortográficos que no se explicarían si no supieran ese idioma, como por ejemplo escribir «awa» por «agua» y «haula» por «jaula».

Más allá de la fonética, aun si el español es el primer idioma, cuando la mayoría del tiempo se utiliza el inglés, no es fácil cambiar los códigos lingüísticos con rapidez. Por eso, a menudo se nos cuela una palabra del idioma de Shakespeare en el de Cervantes.

Otro problema es que la revolución tecnológica ha creado nuevos términos, y su adaptación al español proviene del uso, no de las normas de la Academia. Es fácil decir ratón en vez de mouse, pero referirse a un email como un correo electrónico resulta muy largo. Por ello, en España ha surgido el chistoso «emilio», o el propuesto «correl». De todas maneras, no es fácil saber si es correcto decir «googlear» o «emilear».

El idioma es algo vivo, cambiante, fluido, que se enriquece con nuevos vocablos que nombran cosas nuevas. La Real Academia de la Lengua (RAE), y muy en especial la Norteamericana (ANLE), cada día se modernizan más. Siempre ambas van a pedirnos, y con razón, que hablemos y escribamos lo más correctamente posible. Con libros como Hablando bien se entiende la gente. Consejos de la Academia de la Lengua Española para mejorar su español en vez de sermonearnos, nos ofrece una herramienta útil para alcanzar esa meta, y lo hace, además, con humor.

El 23 de este mes se celebra el día del idioma. Buena ocasión para comprarnos este oportuno manual y regalar otro a un amigo «mal hablado».

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