Noticias del español

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| María Luisa García Moreno
Revista Alma Mater, Cuba
Viernes, 24 de octubre del 2008

CÓMO ME GUSTA HABLAR: LENGUA Y JUVENTUD (II)

El uso del idioma es cuestión que despierta gran preocupación en gran parte de la población y es bueno que así sea. Pero no basta con preocuparnos: la lengua que hablamos es expresión de nuestra nacionalidad y, como tal, se hace necesario defenderla y cuidarla.


Nuria Gregori Torada, directora del Instituto de Literatura y Lingüística y miembro de la Real Academia Española (RAE), en una entrevista concedida a una joven estudiante de Comunicación Social que publicara hace algún tiempo Juventud Rebelde, analizaba que ese problema va «más allá de cómo hablan los pueblos» y añadía que «la lengua no es solo gramática, es comunicación, identidad, conducta» y que cuando alguien «se expresa de una manera chabacana o vulgar», eso no es más que «la expresión de su conducta social a través del lenguaje».

Hasta hace relativamente muy poco tiempo, el uso del español en España era la referencia y se consideraba que los latinoamericanos no hacíamos un uso correcto de la lengua materna por las características de su realización —como por ejemplo, en nuestro caso, el seseo y el yeísmo—. Según la académica cubana, «[…] el 'mejor' español madrileño se habla en Madrid, mientras que el 'mejor' español habanero se habla en La Habana y el 'mejor' español santiaguero se habla en Santiago de Cuba».

En Cuba, como en cada país hispanohablante, hay quienes se expresan bien y quienes lo hacen mal o muy mal. La variante cubana del español podrá ser popular —como reflejo de nuestra real y verdadera democracia—, y a veces, hasta un tanto vulgar, lo que en dependencia del contexto de que se trate podrá ser aceptable o no; pero es siempre pintoresca… De ahí los ocurrentes piropos, la fraseología popular…

Pero no debemos confundir la calidad en el uso del idioma con la mala educación formal que muestran algunos sectores de la población. Las llamadas «malas palabras» —y digo «llamadas» porque no hay palabras buenas ni malas, todo está en el uso que se les dé— pueden contribuir a dar una cierta expresividad a un texto; pero cuando las oímos en cualquier lugar —la guagua, la parada, el cine…— en boca, por lo general, de jovencitos y jovencitas, constituyen una agresión…, son una manifestación de la violencia social a través del lenguaje. Y hay que decir que lo que oímos a diario resulta bien inconveniente y obsceno.

Tristemente, desde hace ya varias generaciones, los jóvenes que usan cotidianamente palabras obscenas, al convertirse en madres y padres de familia, las siguen empleando y sus hijos, educados bajo ese régimen de vulgaridad, primero las repiten —ante el horror de los propios modelos— y, en su adultez, enseñan también a sus hijos en medio de tales chabacanerías y el ciclo se repite infinitamente.

Aún estás a tiempo, ¿cuál es la forma de hablar que quieres legar a tus hijos? Presta un poco de atención a lo que escuchas y dices a diario, reflexiona… y decide cómo debes y quieres hablar.

Palabras

En el Diccionario de la Real Academia Española no aparece la expresión «mala palabra»; pero sí, palabra gruesa (dicho inconveniente u obsceno) y palabra picante (la que hiere o mortifica a la persona a quien se dice).

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