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| Oscar López Fonseca
www.publico.es, España
Viernes, 7 de Agosto de 2009

COLORAO, BASTES, Y OTRAS METÁFORAS

Siempre se ha dicho que los esquimales o inuit, como les gusta a ellos que les llamen, tienen decenas de palabras para referirse a la nieve según sea la tonalidad de su blanco o la consistencia de la misma.


Sin embargo, los filólogos hace ya tiempo que demostraron que eso era una falsa creencia y que, en realidad, sólo tienen un pequeño número de términos, muy similar al que posee el inglés para el mismo concepto, a los que suman todo tipo de afijos como en castellano añadimos adjetivos. Lo que no es una leyenda es la riqueza del argot de los delincuentes españoles, tan antiguo que ya en 1609 se publicó un libro que recogía la jerga de pícaros y maleantes de aquella época. Romances de Germanía se llamó y su autor fue un tal Juan Hidalgo.

La propia Policía editó hace unos años un pequeño libro para la formación de sus agentes en el que detallaba el significado e, incluso, el origen de muchos de los términos que lo componen. En él, se recogen tal número de metáforas, metonimias, galicismos y sinécdoques que si Luis de Góngora levantara la cabeza se moriría de envidia. Con él, los maderos novatos eran capaces de entender que cuando un delincuente hablaba del colorao no se refería a un jersey de ese color que les hubiera tejido su abuela, sino a las joyas de oro que había robado.

Ladrones de todo tipo

Ejemplo de la riqueza de este argot es la multitud de términos para denominar a los diferentes tipos de ladrones según su especialidad o herramienta. Así, los pusqueros son los atracadores que usan armas de fuego. Los sirleros, los que prefieren las navajas. Los toperos, los que se decantan por asaltar viviendas. Los rodanteros, los que prefieren los coches. Los piqueros, los que usan los bastes, es decir, los dedos índice y medio de la mano para birlar carteras. Los guindas, los que optan por robar al descuido. Los burreros, los especializados en los timos. Los piruleros, en las estafas. Los palquistas, los que acceden a las casas por el palco o balcón de la misma. Los espadistas, lo que burlan las cerraduras con la espada o ganzúa.

El loco tuesta la olla

La droga es la otra gran fuente de inspiración. En su manual, la Policía asegura que más del 55 % de los términos surgidos a la sombra del narcotráfico son metáforas. Ahí está el chocolate, los correos, las mulas, los camellos. El hablar de casette cuando se refieren a un kilo de hachís. O de estéreo si son dos. O soltar que alguien utiliza el loco (mechero) o las localidas (cerillas) para tostar (calentar) la olla (cucharilla) en la que disuelven el caballo (heroína) antes de bombeársela (inyectársela) en las tuberías (venas). ¿Alguien da más?

Incluso hay un dialecto propio si sus hablantes tienen la mala suerte de caer en manos de la pasma (Policía) y terminan en el trullo (galicismo que significa cárcel). El vocabulario carcelario también es tan rico que distingue cada parte del principal elemento del chabolo (celda), es decir, del pulguero (cama). Así, el manso es el colchón. La blanda, la almohada. El somier ha sido bautizado como parrilla. La sábana es la paloma. Y la manta, la piojosa. Los inuit, mientras tanto, se consuelan con su gélido iglú.

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