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| Julián Herbert
letraslibres.com, Cuba
Miércoles, 19 de enero del 2011

CINCO MIL AÑOS DE PALABRAS, DE CARLOS PRIETO

En su Arte poética, Borges nos ilumina con este simple pensamiento: «he llegado a la conclusión […] de que ya no creo en la expresión. Sólo creo en la alusión. Después de todo, ¿qué son las palabras? Las palabras son símbolos para recuerdos compartidos. Si yo uso una palabra, ustedes deben tener alguna experiencia de lo que representa [...]».


Tal vez sin notarlo del todo (como ocurre a los sabios, que viven rebasados hasta por sus más leves intuiciones), Borges prefiguraba o atestiguaba la gradual ruina de la enseñanza de la literatura y, junto con ella, la de la lingüística: un maremágnum de terminajos contradictorios, de nimios pero irreconciliables desacuerdos, de datos o singularidades cuya estadística y catálogo rebasa, en ocasiones, los famélicos recursos de la simple sensatez. La enseñanza estructural de los idiomas, y por ende la enseñanza de la historia del lenguaje, ha venido convirtiéndose en una nueva torre de Babel, esta vez académica; una zona verbal donde no se entiende a nadie.

Es en este contexto donde quiero ubicar, para mejor hacer aprecio de sus logros, Cinco mil años de palabras, el ensayo de divulgación que, en su faceta de escritor, nos ofrece el chelista Carlos Prieto.

Cinco mil años de palabras consta de una breve introducción, trece capítulos dedicados al origen y la historia de las lenguas humanas, uno más (el catorce) consagrado a los números y su influencia en conceptos cotidianos, y un epílogo que traduce, en clave de amor, la belleza armónica del lenguaje a la capacidad comunicativa y civilizadora de las artes musicales.

En los primeros dos capítulos de su obra, Prieto aborda cuestiones que, por antropológicas, lindan con la poesía y el misterio: los ancianos orígenes africanos del hombre, la posibilidad de que todas las lenguas del mundo provengan de apenas diecisiete (o incluso doce) familias lingüísticas dispersas, la sorpresa del idioma tocario (una isla de la rama indoeuropea que floreció en el Turkestán chino), los lazos familiares entre el japonés y el turco, la peculiaridad de idiomas como el vasco –que ha hecho pensar a algunos científicos en la permanencia en nuestra especie del hombre de Cromañón– y la maravilla de la escritura ideogramática, tan antigua y tan moderna que permite que una novela china contemporánea pueda leerse en muchas lenguas distintas sin necesidad de traducción.

Los capítulos que van del tres al nueve, y que conforman el núcleo de este libro, se alimentan de un tema que nos es muy cercano: el latín y sus hijos, los idiomas romances. Carlos Prieto posee en estos pasajes la habilidad de involucrar lo cotidiano con lo erudito y sorpresivo: de la solemne entereza del latín clásico a la vivaz holgura del lunfardo argentino, el autor nos introduce en un viaje gozoso, cazando aquí y allá etimologías ocultas, anécdotas personales, procacidades inconscientes, intrigas cortesanas y pasiones políticas que hace siglos arrasaron la vida de los hombres, y de cuyo afán sólo perdura hoy un emblema, un fantasma de tinta y de sonido: las palabras.

Los capítulos postreros (antes de que el autor decida abordar los números y la música) se dedican al inglés, el ruso, las lenguas semíticas (con particular énfasis en el hebreo) y las familias lingüísticas de la América precolombina.

Pero esto es sólo una sucinta descripción de lo que narra Cinco mil años de palabras; ¿qué argumentos verdaderos, es decir, personales, podría yo darle a un lector para que busque, para que agote, para que incorpore este libro a su experiencia vital?

Lo primero, y que ya casi nadie dice en este país a título de elogio (tal vez porque nos acomplejó el estructuralismo francés, o tal vez porque estamos volviéndonos soberanamente aburridos), es que se trata de un texto ameno, accesible para lectores no especializados, salpicado aquí y allá de datos curiosos, reflexiones alegres, tránsitos autobiográficos, sutiles bromas. Imposible evitar la referencia a Los 1001 años de la lengua española, de don Antonio Alatorre, obra sin duda emparentada con esta que comento, y que a mí me reveló, hace años, que uno podía amar la filología y la lingüística sin necesidad de convertirse en una persona horrible.

Cinco mil años de palabras puede leerse de muchas formas: como obra teórica, erudita y compilatoria, por ejemplo. Sin embargo, y bordando hacia la ruta que me es más querida, prefiero verlo como una pieza literaria: un relato de indagaciones y misterios, un compendio de viajes, un (y ésta es la descripción que me parece más precisa) «ensayo de aventuras».

Como relato de misterio, nos asoma al mundo celta, nos permite entrever los enigmas de lenguas extintas y sin filiación familiar discernible (por ejemplo el etrusco), y nos proporciona la felicidad de saber que el más antiguo testimonio conocido de una lengua protorromance, encontrado en Italia y escrito hacia el siglo IX, no es ni un comentario político, ni un texto religioso, ni la descripción de una batalla: es una adivinanza, el hermosísimo Indovinello Veronese; lo que equivale, al menos como metáfora, a decir que nuestra escritura originaria no privilegia ni la sangre militar ni las instituciones políticas y religiosas, sino la poesía, el juego y el azar.

Como libro de viajes, Cinco mil años de palabras nos lleva a la Anatolia y al país de los hititas, nos permite recorrer una parte del camino que llevó a los gitanos desde tierras de la India al confín europeo, nos revela que (por un error de cálculo, y ajustándonos a la cronología vigente), Cristo nació en realidad en el año 6 antes de Cristo.

Cinco mil años de palabras es, finalmente, un «ensayo de aventuras» en el sentido en que llamamos «novelas de aventuras» a las escritas por Stevenson o Conrad: a la emoción, a la sorpresa y el peligro sucede siempre la bergsoniana felicidad de lo cumplido, de lo que se descubre, de la transformación. La peripecia del lenguaje termina, como en la historia de todos los héroes que vale la pena recordar, en mí mismo: yo soy ese hombre que salió, hace miles y miles de años, de los confines de África; yo soy (y conmigo cada uno de ustedes, de nosotros) el heredero de estos gloriosos y trágicos y cómicos y lúcidos milenios de lenguaje.

Carlos Prieto escribe de cara a esta sencilla epifanía: de cara a la felicidad de su lector. Escribe, diría Borges, pensando que «las palabras son símbolos para recuerdos compartidos»: un muy antiguo, pero también sólido puente a través del cual nos visitamos en el tiempo».

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