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| Agencia Efe

«Chips» de berenjena

Cada época de la historia ha tenido su idioma dominante; lo fue, hace un par de milenios, el latín; hubo un tiempo en el que lo fue el español, al que reemplazó el francés, y hoy día nadie puede negar que el que no habla o al menos comprende el inglés es, de alguna manera, una especie de analfabeto funcional.

También es cierto que hay lenguas que asociamos a determinadas actividades; así, el francés fue durante mucho tiempo, y en parte sigue siéndolo, el idioma de la cocina, del vino, de la gastronomía; ahora, en algo tan cotidiano como la electrónica o la informática, el argot especializado está lleno de anglicismos… o de palabras inglesas tal cual, sin adaptar ni traducir. Es el caso de la voz ‘chip’, que todos sabemos —hasta el siempre lento Diccionario de la Real Academia Española— que equivale a «pequeño circuito integrado que realiza numerosas funciones en ordenadores (computadoras) y dispositivos electrónicos».

Pero ‘chip’ se ha incorporado al lenguaje también en el terreno gastronómico. No les vamos a recomendar que se dediquen a consumir «fish and chips», mezcla sólo apta para paladares británicos, es decir, de corcho; pero todos sabemos que estos «chips» son patatas cortadas en láminas muy finas y fritas de modo que queden crujientes. Antes las llamábamos «patatas fritas a la inglesa»; hay que reconocer que «chips» es más corto y todo el mundo sabe de qué hablamos.

Por supuesto, pueden hacerse «chips» con más cosas. Con ajo, si se tienen paladar y mente abiertos a la aventura. O… con berenjenas. Unos «chips» de berenjena son un aperitivo delicioso. Partiremos de cortar una berenjena al medio, a lo largo, y dividir cada mitad en muchas medias lunas lo más fina que podamos; lo mejor es usar la mandolina para cortarla. Disponemos esos semicírculos sobre una tabla, les ponemos sal y los dejamos un buen rato así. Esto sirve para eliminar parte del agua de vegetación y, con ella, parte de las sustancias que dan a la berenjena su amargor característico.

Así las cosas, y secas las medias lunas, se pasan por harina y se fríen en aceite hasta que estén bien crujientes, pero sin que lleguen a tomar un tono amarronado. Se escurren de la grasa sobre papel absorbente… y listo, aunque puede completarse la cosa poniendo sobre la berenjena un hilo de miel de palma, buscando el contrapunto dulce al ligero amargor de esta solanácea.

Freír en aceite… Mucho aceite, limpio y muy caliente. Pero ¿qué aceite? Podría usarse cualquiera; pero la berenjena, aunque proceda de la India y el Sudeste asiático, donde se cultivaba hace ya cuatro milenios, se ha convertido, por obra y gracia de los árabes en la Edad Media, en una planta mediterránea: y la cocina mediterránea no se puede imaginar sin aceite de oliva. Aceite virgen de oliva, pues.

La berenjena es parte muy importante de numerosos platos de los países bañados por el Mediterráneo. En la España medieval, en la cocina arábigo-andaluza surgió la alboronía, plato que combina diversos vegetales, antecedente del actual pisto manchego. En Cataluña, es parte importante de la escalivada; en Turquía dio origen a la delicia conocida como «imam bayildi»; en Grecia es la base vegetal de la «mussaka»; en Sicilia es protagonista de la «caponata»; en la Provenza interviene en la ahora popularísima, gracias al cine y a la película de animación homónima «ratatouille»… Pocos frutos lejanos se han hecho tan mediterráneos como la asiática berenjena y el americano tomate. Además, se entienden bien ambos.

«Chips» de berenjena… No hace falta ser técnicos en computadoras para prepararlos, ni menos aún para disfrutarlos; les recomiendo que los acompañen con una copa de vino blanco, quizá el procedente de una cepa tan mediterránea ella misma como la «chardonnay»: aporta otro matiz al elegante amargor de nuestra «bedinyena», que es el nombre, derivado del persa, con el que los árabes la llevaron a la Península Ibérica. Ya ven: hasta la informática puede ser sabrosa.

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