Noticias del español

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| Ricardo M. de Rituerto
El País, Madrid (España)
Sábado, 7 de junio del 2008

CERVANTES PONE UNA PICA EN FLANDES

El español ha encontrado un aliado inesperado en su particular batalla europea: la gente - Los jóvenes se apuntan al castellano que, sin embargo, se estanca en las instituciones de la UE.


A Julio Ortega, profesor del Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Brown (Estados Unidos), le hizo gracia el otro día ver dónde está el monumento que en Bruselas rinde homenaje a Cervantes, a Don Quijote y a Sancho, réplica sobre un escueto pedestal de hormigón de quienes cabalgan juntos en la plaza de España de Madrid. Si la madrileña es un espléndido escaparate, la homónima de la capital de Europa es muy secundaria, oculta como patio trasero de varios céntricos hoteles, a unos pasos de la Grand' Place, pero en las antípodas estéticas de la que Jean Cocteau calificó «como el más hermoso teatro del mundo». El lugar no le sería extraño al sufrido Cervantes, que como soldado-literato celebraría por todo lo alto la pica que acaba de poner en Flandes: la imparable expansión de su lengua la convierte ya en la primera en uso callejero en Bruselas tras el francés y el neerlandés, oficiales en Bélgica, y el imbatible inglés. Le frustraría, en cambio, ver que ese feliz crecimiento natural se ve asfixiado en las instituciones comunitarias y quizá se jugara la otra mano el de Lepanto por librar la batalla, como Don Quijote, contra los gigantes-molinos de la burocracia y los reglamentos. La próxima «guerra a muerte» lingüística se librará en torno a la patente comunitaria.

«Me parece bien, porque la ruta de Don Quijote es un peregrinaje marginal entre ventas, campos y sierras», sentenció Ortega, director del Proyecto Trans-Atlántico, que desde Brown explora las interacciones modernas entre España, Estados Unidos y América Latina, al ver la cruda plaza de España bruselense, salvada de la depresión por Don Quijote y Sancho. Ortega estaba en Bruselas para asistir a un coloquio internacional organizado por las universidades de Lovaina la Nueva (francófona) y Gante (neerlandófona) sobre Los imaginarios apocalípticos en la literatura hispanoamericana del siglo XX y, tomando café luego en una terraza, se maravillaba de la juventud de los hispanistas y latinoamericanistas belgas, mientras se interrogaba por la razón de que hubiera tantos. No son muchos, alrededor del medio centenar en cifras absolutas, menos de la mitad, en proporción, a los hispanistas del Reino Unido, que superan el medio millar. «Es un fenómeno muy interesante y nuevo, seguramente derivado del gusto por las cosas españolas, pero también por el interés en América Latina», especulaba el profesor cuando se vio sorprendido por una gitana rumana, que le pedía, en puro cervantino, que le diera algo para el niño que llevaba en brazos. Nueva sorpresa, que dio paso a más comentarios sobre la expansión del español.

Es incuestionable que esta lengua goza de un vigor que para sí quisieran otras, empezando por el francés y el alemán, y Bruselas es un buen barómetro para medirlo. La ciudad es una de las más cosmopolitas de la UE, como sede de las instituciones comunitarias y de la OTAN, en torno a las que revolotean grupos de presión y funcionarios internacionales llegados de todas las latitudes.

Un reciente estudio del sociolingüista y profesor de la Universidad Libre de Bruselas (VUB, neerlandófona) Rudi Janssens guarda dos espectaculares sorpresas sobre el paisaje demolingüístico de la capital de un país oficialmente trilingüe (neerlandés, francés y alemán). El 95,55 % de los habitantes de Bruselas habla el francés, muy lejos del 28,23 % que se desenvuelve en neerlandés. Constata además Janssens que la lengua de Shakespeare es hablada por el 35,40 % de quienes viven y trabajan en la ciudad.

Primera sorpresa: el inglés arrincona a la lengua de la mayoría lingüística belga en su propio terreno. La segunda, y no menor, es que tras esos tres idiomas que de forma previsible ocupan el podio, el cuarto más extendido es el español (se dicen hablantes el 7,39 % de los consultados). La cifra es doblemente reveladora: el inglés es una inalcanzable lingua franca, capaz de derrotar a domicilio a otras. El otro hallazgo es ver que en la liga de las demás, el español gana y consolida posiciones. En el caso de Bruselas, y según el estudio encargado por la Casa del Neerlandés a Janssens, el castellano precede ya holgadamente al italiano (5,72 %) y al alemán (5,56 %), dos idiomas europeos que incluso se ven superadas en la capital por el árabe (6,36%). En 2000 el español era la sexta lengua, por detrás del árabe y del alemán. Janssens pronostica que la distancia con respecto a la de Dante se irá incrementando. «El español tiene más atractivo que el italiano. Es mundial y resulta muy útil para el trabajo».

En el corcho de la sala de profesores del Instituto Cervantes de Bruselas cuelga una fotocopia de la entrevista realizada por un periódico local a un bruselense que vive en Madrid y cuenta lo satisfecho que está de cómo le va la vida allí. «Fue alumno nuestro», ha escrito alguien sobre el papel. François Declève, ingeniero de 27 años, aprendió español para poder acompañar a España a Beatriz, quien después de tres años en Bruselas sintió la irresistible llamada de volver casa. «He de reconocer que siempre había querido aprender español», explica Declève. «Si la cosa salía mal al menos me habría servido para aprender una lengua».

François y Beatriz son ahora marido y mujer. Ana Gutiérrez, profesora en el Cervantes, lo presenta como un caso típico del interés por la lengua española. Hay otros: profesionales que deben ir a España o América Latina, atracción por la cultura en sentido amplio, la música (el festival Son del Sur del pasado mes llenó todos los días las salas del Bozar, el centro cultural de más prestigio de la ciudad), el cine (el certamen de Cines de España y América Latina atrae a más de 15.000 espectadores cada noviembre), eurócratas, abuelas de parejas mixtas que quieren hablar con sus nietos, propietarios de segundas residencias, médicos… «Cada vez hay más motivos», dice Gutiérrez, «pero existe mucha gente que lo hace pensando en Hispanoamérica».

En sólo un lustro, el Instituto Cervantes ha pasado de 37.512 a 61.830 matrículas en el conjunto de la UE, un incremento del 65 %. Es una cifra reveladora del interés por el español. Sólo en el sistema educativo de Francia hay más de dos millones de estudiantes de la lengua de Cervantes. En el Reino Unido, la demanda por el español mete presión al francés. En Italia, el español desborda al alemán como tercera lengua extranjera. En Polonia el interés crece como la espuma. «Pero lo más importante es que ahora estamos formando a 6.130 profesores en toda la UE», subraya Francisco Moreno Fernández, director académico del Cervantes.

«El español y el chino están ocupando espacios estratégicos en el concierto lingüístico internacional como alternativas al inglés (por motivos afectivos, culturales o de utilidad), uno en Occidente y el otro en Asia». La expansión podría ser aún más fulgurante. «En Europa falta un reconocimiento político de la importancia internacional de nuestra lengua, que ahora favorece al francés y al alemán», dice Moreno Fernández. Explica el coautor del Atlas de la lengua española en el mundo que la escalada en el número de profesores que se vuelven al español es fruto de «la falta de correspondencia entre la demanda desbordada y la oferta que realizan los sistemas públicos de enseñanza» en diversos países de la Unión.

Sin América Latina, el español sería como el polaco. El Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero se propone utilizar esa potencia que ofrece el otro lado del Atlántico en la enésima batalla por la lengua castellana en el seno de la UE, librada ahora en torno a la patente comunitaria. La lengua española crece de un modo natural si se la deja desarrollarse espontáneamente, pero en la Bruselas de las instituciones comunitarias está aherrojada por los procedimientos y la burocracia. El simple hecho de mantener la posición es una quijotescamente necesaria pelea cotidiana. «No se va a ganar nunca porque la Comisión Europea se dotó en su día de un régimen de trabajo lingüístico reducido», comenta una fuente conocedora de primera mano de la casuística del uso de las 23 lenguas oficiales de la UE en las instituciones europeas y de las vicisitudes pasadas por la española. «La Comisión va entrando en la flexibilidad a nivel político, pero tiene que enfrentarse a los servicios, para los que es un engorro» trabajar con más lenguas de las tres llamadas «lenguas de procedimiento» (francés, inglés y alemán).

A partir de una ambigua declaración reglamentaria sobre el régimen lingüístico interno de que deben dotarse las instituciones, ese trío ha consolidado de hecho un estatuto de privilegio con respecto a las otras 20, y aun así el inglés sigue medrando y comiéndoles terreno en la práctica cotidiana. En 1992, el 47 % de los documentos que traducía la Comisión llegaban escritos en francés. Hoy apenas alcanzan el 12 %. En el mismo lapso de tiempo, el inglés ha pasado del 35 % al 72 %. El alemán, del 6 % al 3 %.

Los papeles internos deben estar en los tres idiomas, pero es una experiencia diaria ver que el inglés crea en torno a sí un vacío que francés y alemán pugnan por llenar. Peor lo tienen las demás. Hace dos años y medio, España tocó a rebato para desbaratar un golpe de mano dirigido a reducir de forma drástica e inmediata, de 101 a 67, el número de traductores de español en la Comisión y dejarlo al nivel de otros países intermedios (Dinamarca, Finlandia, Grecia, Holanda, Italia, Portugal y Suecia). El motivo argüido era la necesidad de ajustar los presupuestos a la llegada de 12 nuevos países, cada uno con su lengua. La presión política y diplomática paró el golpe y por ahora siguen trabajando el centenar de traductores.

«Era un plan demasiado estricto. No se puede reducir el número de traductores en español al nivel de otros países», reconoce ahora una alta fuente de la Comisión. «España es un país grande, lo que genera mucha actividad; se trabaja mucho con el mundo en español y toda la cooperación internacional de la Comisión con los países de América Latina se hace en español».

Aquella batalla suscitó ambiciones y pasiones ahora apaciguadas. El Gobierno llegó a anunciar un Plan de Acción de Promoción y Defensa del Español en las Instituciones Europeas, que fue a la papelera tras abandonar el correspondiente negociado de Exteriores. «El plan de acción iba a estar basado en el Instituto Cervantes», señala una fuente conocedora del caso. «Está parado». Tanto, que nadie ha vuelto a oír de él.

A falta de estrategia, se vive al día. Diego López Garrido, secretario de Estado para la UE, acaba de prometer en Bruselas que se empleará a fondo en la nueva batalla para conseguir la oficialidad del español en la patente comunitaria, el instrumento con el que se pretende modificar el actual régimen europeo de patentes, basado en el francés, el inglés y el alemán. España no quiere que su lengua quede fuera y teme que extender ese régimen trilingüe a la UE dé marchamo jurídico a la prevalencia de las tres lenguas de procedimiento. «Es irrenunciable que el español sea un idioma oficial en la patente europea», decía López Garrido tras el primer encontronazo sobre la cuestión con sus colegas. No está nada claro que esta vez se vaya a conseguir el objetivo. España está muy lejos de ser en patentes la potencia que es en lengua. Un europarlamentario habla enfáticamente de «guerra a muerte» en torno a la patente comunitaria.

El soldado de Lepanto no se arredraría. Estaba orgulloso de haber perdido el uso de la mano izquierda «en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros». No podía imaginar el creador del Quijote la explosiva política lingüística de la Comisión Europea. Pero gozaría al ver el triunfo de su lengua en la capital de un Flandes que nunca conoció. Él no ponía límites al español. En la dedicatoria de la segunda parte del Quijote anuncia al conde de Lemos que ha recibido una carta «en lengua chinesa» en la que el emperador de China le suplica el envío de un ejemplar del nuevo libro «porque quería fundar un colegio donde se leyese la lengua castellana, y quería que el libro que se leyese fuera el de la historia de Don Quijote». Apostilla Ortega, el profesor de Brown: «Es broma, pero va en serio». Intuía Cervantes que el peregrinaje marginal de su hombre le llevaría a la conquista de aparentemente inalcanzables universos.

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