Noticias del español

| | | |

|

Magí Camps

www.lavanguardia.es

Lunes, 25 de abril del 2011

 

CATALINA EN CARROZA


Aunque Karl Marx aún tontea con Carlos Marx, pocos se acuerdan de Federico Engels.


Raimundo Lulio en español, Raimundus Lullius en latín o Raymond Lully en inglés no es otro que Ramon Llull, el sabio mallorquín que vivió en los siglos XIII y XIV. La obra del filósofo políglota trascendió idiomas y países, y su nombre fue adaptado a cada lengua europea, como era costumbre en la edad media.

 

Martin Luther, Jeanne d’Arc o Thomas More son Martín Lutero, Juana de Arco y Tomás Moro. Era la tradición: los antropónimos se adaptaban a la lengua en que se expresaban. Los chinos aún lo hacen así con su propio nombre, por lo que en una conversación con uno de ellos es inevitable que acabe refiriendo qué nombre ha escogido para cada una de las lenguas que habla. Lo bueno del sistema chino es que no es necesario que esos nombres tengan algo que ver entre sí. La estudiante Hu se hace llamar, en español e italiano, Julieta (por Shakespeare, claro) y Julia en inglés (por Julia Roberts, especifica).

 

El caso es que la costumbre de traducir los nombres de personas fue de capa caída en el siglo XVIII y XIX y hoy se ha perdido del todo. Aunque Karl Marx aún tontea con Carlos Marx, pocos se acuerdan de Federico Engels (Friedrich) o de Carlos Dickens (Charles). En cambio, hay un par de escritores franceses –o tres– que se resisten a recuperar su nombre original: Alejandro Dumas (padre e hijo) y Julio Verne.

Sea como fuere, hoy los antropónimos ya no se traducen excepto en dos casos: las familias reales y los papas. Isabel de Inglaterra (Elisabeth), Beatriz de Holanda (Beatrix), la dinastía de los Borbones (Bourbon), la de los Estuardo (Stuart o Stewart), o los papas Juan XXIII (Ioannes) y Pablo VI (Paulus), por poner algunos ejemplos. La monarquía y el papado mantienen, también, este privilegio antroponímico. Se han dado algunas excepciones, como el ya no rey de Bulgaria, Kiril, que debería haber sido llamado Cirilo, o el caso de los papas Benedicto, que entre el latín Benedictus y el popular Benito ha quedado a medio camino con una denominación culta en español, a diferencia del catalán Benet, del francés Benoît o del portugués Bento.  

El viernes se casan Guillermo de Inglaterra y Catherine (Kate) Middleton. La novia llegará a la abadía de Westminster en coche —porque es plebeya y tiene la sangre roja—, pero, boda mediante, saldrá con sangre azul, se subirá a una carroza y, en español, pasará a llamarse Catalina. No es el primer caso en que en la célebre abadía se hacen transfusiones. Ya sucedió con la madre del novio, Diana.  

Por suerte, la costumbre de ir cambiando el nombre al personal se ciñe a los dos ámbitos referidos. ¿Se imaginan una película del oeste protagonizada por Jaime Estuardo?

¡Hola!

¿Has buscado tu consulta?

Si no la encuentras, rellena nuestro formulario: