Noticias del español

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| Óscar González Palencia y Antonio Illán
abc.es, España
Jueves, 23 de septiembre del 2010

CASTILLA-LA MANCHA, TIERRA DE GRAMÁTICOS

Éste es uno de los territorios con mas fondo histórico en lo relativo a la reflexión sobre la lengua castellana. Sin ánimo de exhaustividad, espigamos, en las siguientes líneas, algunos nombres de castellano-manchegos que forman parte de la historia de la lingüística española


En Castilla-La Mancha la historia de la lingüística arranca de antiguo, con un periodo gestacional que secunda la gran tradición lingüística grecolatina. El parvo conocimiento que se tenía de las obras gramaticales de la Antigüedad se suplió con la prolongación de una ocupación intelectual que gozaba de enorme prestigio. Pero, si grande era el predicamento de la gramática como actividad intelectual, no menor era la admiración por el estudio de la lexicografía, por la clasificación de las palabras por su significado y por su etimología. En la Hispania visigótica sabemos que San Julián de Toledo (Toledo, c. 642-Toledo, 690), compuso una gramática. En los siglos posteriores, la aportación semítica es, cualitativamente, importantísima (hasta 65 gramáticos se contabilizan en España). Fue grande el interés que los árabes y los judíos confirieron a la gramática y a los compendios léxicos. A lo largo del siglo X, los judíos completaron el inventario léxico del hebreo, conocido como el lexicón, y asimismo llevaron a cabo el primer estudio filológico del Antiguo Testamento.

Todo ello constituye el sustrato del que brotó la Escuela de Traductores de Toledo, sobre la que debemos un profundo estudio al filólogo conquense Ángel González Palencia. El estímulo del mecenazgo del Arzobispo don Raimundo de Sauvetat, en el siglo XII, y de las magníficas bibliotecas árabes de la vieja taifa toledana conformaron la fuerza de atracción que concentró a los mejores eruditos de su tiempo en torno a este proyecto en que subyacía la idea medieval de la summa, el libro que habría de contener el saber universal. El conocimiento teórico-lingüístico era condición necesaria para que hombres como Abelardo de Bath, Herman el Alemán, Alfredo de Sareshel, Daniel de Morlay, Roberto de Chester, Gerardo de Cremona, Domingo Gundisalvo o Juan Hispano, vertieran al latín sus mejores versiones. Esta idea haría aseverar, desde su autoridad, a Juan de Salisbury: «La gramática es la cuna de toda sabiduría». Esta tarea irradió a los «libros de texto· medievales que fueron las grammaticae proverbiandi. La traslación del saber y su preservación por parte de los copistas dejó un largo caudal de términos en lengua romance que pasarían a engrosar las obras lexicográficas medievales, un corpus heterogéneo donde destacan, sobre todo, los glosarios. Américo Castro estudió tres de estos textos: el Glosario de Palacio, el Glosario de El Escorial y, para nuestro mayor interés y atención, el Glosario de Toledo.

La Edad Media

La Escuela de Traductores de Toledo se transformaría en una brillante segunda versión de sí misma bajo los auspicios de Alfonso X el Sabio en el siglo XIII. La voluntad enciclopédica del Rey Sabio propició la primera estabilización de nuestra lengua, el llamado «castellano drecho», que se habilitaría como lengua de cultura. Este hito trajo consigo un ingente incremento léxico. Américo Castro defiende que «[Alfonso el Sabio] es el primero y el mejor de los glosadores latino-románicos de la Edad Media». Para llevar a cabo ese primer proceso de fijación de nuestra lengua, el Rey se sirvió de las más importantes obras gramaticales de su tiempo.

Ya en el siglo XV nos encontramos con la rica y enigmática personalidad de Enrique de Villena (Torralba de Cuenca, 1384 – Madrid, 1434), a quien debemos un Arte de trobar (1433), primer bosquejo de una fonética y ortografía castellanas con la que combatir las vacilaciones del español preclásico. Entramos en un periodo decisivo en la meditación sobre nuestra lengua. La afición de la Reina Católica por el «buen gusto» estilístico, un claro correlato del «habla toledana», prologa la eclosión del Humanismo, que quedaría implantado con el proyecto lingüístico-político del sevillano Elio Antonio de Nebrija, que, en el prólogo a su Gramática española (1492) advierte: «Siempre la lengua fue compañera del imperio».

Los siglos de oro

Con el mismo denuedo con que Nebrija se opuso a los gramáticos que le precedieron, Juan de Valdés (Cuenca, 1509-Nápoles, 1541), autorizado por su condición de humanista y de castellano de nacimiento, escribe en 1535, el Diálogo de la lengua, con el que arremete contra Nebrija, a quien atribuye errores en su deliberación sobre el castellano, producto de su origen andaluz. Esta es una obra clave por su madurez de perspectiva, por la perspicacia de visionario de su autor y por la brillantez de su estilo, considerado como el paradigma del español clásico. Valdés aborda la práctica totalidad de los enfoques de estudio de la lengua, lo que hoy llamaríamos estructuras. Pero debemos destacar otro aspecto esencial del Diálogo de la lengua, producto del erasmismo que profesó su autor: nos referimos a la veneración por la sabiduría popular. Esta afición dio como resultado una vivificación de la paremiología, el estudio de los refranes. Un ilustre precedente de esta práctica fue el Marqués de Santillana (Carrión de los Condes, 1398 – Guadalajara, 1458), que había compilado unos Refranes que dicen las viejas tras el fuego, secundado por el Teatro universal de proverbios, de Sebastián Orozco (Toledo, 1510-1580), al que siguieron muchos erasmistas para elaborar diversos lexicones de refranes.

Dentro del campo específico de la gramática, se impone, en la segunda mitad del siglo XVI, la figura de Pedro Simón Abril (Alcaraz, Albacete 1530-Medina de Río Seco, Zaragoza, 1595), autor de una Gramática castellana de la que tenemos conocimiento gracias a Luis de Cañigral, profesor de Filología Latina de la Universidad de Castilla-La Mancha.

En el ámbito de la regulación ortográfica del castellano, encontramos, en este tiempo, a Alejo Venegas del Busto (Camarena, Toledo, 1497 – Toledo, 1562) que, además de una Gramática (hoy perdida), escribió un importante Tractado de orthographía y accentos en las tres lenguas principales, (Toledo, 1531). En este ámbito de la ortografía también cabe señalar la figura del fraile dominico Andrés Flórez, nacido en Toledo.

Al franquear el umbral del siglo XVII, los Orozco —eximia familia de teólogos y arquitectos— vuelven a aflorar con brío en el contexto de la lingüística castellana. En 1611, Sebastián de Covarrubias Orozco (Toledo, 1539–1613), canónigo de la Catedral de Cuenca, edita su Tesoro de la lengua castellana o española, uno de los grandes jalones de la lexicografía del español, aún hoy diccionario de referencia ineludible para adentrarse en el conocimiento de la lengua de los siglos áureos. El segundo gran nombre de la lingüística española del Barroco que Castilla-La Mancha inscribe en la historia de nuestras letras es el de Bartolomé Jiménez Patón (Almedina, Ciudad Real, 1569 – Villanueva de los Infantes, Ciudad Real 1640), autor de unas Instituciones de la gramática española y de un Epítome de la ortografía latina y castellana.

Otros autores castellano-manchegos del Barroco compusieron obras didácticas de castellano como lengua extranjera; es el caso de Juan de Luna (Toledo, h. 1575 – Londres, después de 1635), autor de Diálogos familiares, en los cuales se contienen los discursos, modos de hablar, proverbios y palabras españolas más comunes, muy útiles para los que quieren aprender la lengua española (París, 1619) -cuya figura ha sido estudiada por la catedrática toledana María del Carmen Vaquero Serrano, y cuya continuación del Lazarillo fue editada por el catedrático toledano, de Los Navalucillos, Antonio Rey Hazas-. Alejandro de Luna, nativo de Toledo —hecho del que se jacta en su obra para subrayar la perfección del «habla toledana» como concreción perfecta del español— es autor de Un curioso, y utilissimo methodo, y reglas para saver pronunciar, escrivir, y leer bien y cortadamente la lengua española (1620).

Siglos XVIII y XIX

La historia de nuestra lingüística depara un hecho clave al siglo XVIII: la fundación de la Real Academia Española a instancias de Juan Manuel Fernández Pacheco y Zúñiga (Marcilla, Navarra, 1650 -1725), marqués de Villena y duque de Escalona, que fue prohijado por su tío Juan Francisco Pacheco, Obispo de Cuenca, mentor de una formación que le reportó fama en España. Su erudición, sin duda, influyó en la concepción del Diccionario de Autoridades, obra magna de la lexicografía española. Una sobresaliente figura en el ámbito de la gramática dieciochesca es Lorenzo Hervás y Panduro (Horcajo de Santiago, Cuenca, 1735-Roma, 1809), cuyo Catálogo de las lenguas de las naciones conocidas y enumeración, división y clases de estas según la diversidad de sus idiomas y dialectos (Madrid, 1800–1805). A Hervás y Panduro le cabe el honor de tener la paternidad de la lingüística comparada, además del hecho de haber sido hombre con honda conciencia social que se ocupó de la educación en general y de la de las personas sordomudas en particular. También puede presumir Castilla-La Mancha de haber dado, en el siglo XIX, uno de los gramáticos más originales y profundos de la centuria, Juan Antonio Hermógenes Calderón Espadero (Villafranca de los Caballeros, Toledo, 1791-Londres, 1854), artífice de un Análisis lógica y gramatical de la lengua española (1843) que produce perplejidad por su riguroso formalismo y su profundidad de análisis. Su figura ha suscitado el interés del profesor Ángel Romera Valero, nacido en Úbeda y residente en Ciudad Real.

Del XX a nuestros días

Entre las postrimerías del siglo XIX y los albores del XX debemos fechar el nacimiento de la lingüística científica en España, otro capítulo en el que Castilla-La Mancha inscribe nombres ilustres. La Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas fue la institución que recomendó la creación del Centro de Estudios Históricos, cuya dirección se confió a Ramón Menéndez Pidal. Dentro de este selecto grupo de investigadores, se contaba Tomás Navarro Tomás (La Roda, Albacete, 1884 – Northampton, EE. UU., 1979), que, tras un extenso y profundo periodo formativo, dirigió el Laboratorio de Fonética del Centro de Estudios Históricos y escribió un Manual de pronunciación española (1918) y un Manual de entonación española (1948) que son todavía hoy de consulta obligada para estudiantes y especialistas. Legatario de esa primera generación de filólogos es Manuel Criado de Val (Rebollosa de Hita, Guadalajara, 1917), que ha ocupado la Jefatura de la Sección de Estudios Gramaticales del Instituto Miguel de Cervantes del CSIC, y que ha demostrado un compromiso con la investigación científica proporcional a su implicación con una idea divulgativa y de educación social de la lingüística, de la que dan cuenta sus programas en televisión y su larga trayectoria al frente del Festival Medieval de Hita. En la esfera de la lexicografía debemos ubicar a José María Martínez-Val Peñalosa (Ciudad Real, 1951), hombre de rica personalidad, catedrático de la Universidad Politécnica de Madrid, que ha elaborado un Diccionario enciclopédico de tecnología (2001). En el ámbito de la lexicografía, ocupa lugar señero el talaverano Jaime Olmedo Ramos, quien, entre 2000 y 2002, coordinó en la Real Academia Española, por parte del Instituto Cervantes, el Diccionario panhispánico de dudas (2005). Una aportación análoga al campo de la fraseología, de la paremiología y los estudios gramaticales es la efectuada por el profesor de la UNED y toledano Mario García-Page Sánchez. Pero sin duda el lingüista más admirado y encarecido de la actualidad es Ignacio Bosque Muñoz (Isso, Albacete, 1951), catedrático de la Universidad Complutense de Madrid, director de obras monumentales como la Gramática descriptiva de la lengua española (1999), coordinada junto con Violeta Demonte, o la Nueva gramática de la lengua española (2009), fruto de once años de trabajo de las veintidós Academias de la Lengua Española, obra que ha merecido, entre otros muchos reconocimiento el del Premio Internacional Don Quijote que concede la Junta de Castilla-La Mancha.

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