Noticias del español

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| Nicolás Guerra Aguilar
La Provincia, Las Palmas (Canarias, España)
Jueves, 8 de octubre del 2009

BOBIAR, BOBILÍN, BOBERA, BOBÓN

Don Alcalde acaba de utilizar un canarismo, bobiar, que no aparece en el DRAE. Además, el programa informático lo subraya en rojo como algo desconocido, aunque su raíz coincide con bobilín, término usado también en América, y con bobera, bobón, al igual que otros cientos de canarismos que se repiten en Venezuela, Argentina (o a la inversa).


Y es que las relaciones de Canarias con aquellas tierras vienen de atrás. Nuestra vinculación con varios países fue muchísimo mayor que con las geografías extremeña o catalana, por ejemplo. ¿Qué canario no tiene un pariente —próximo o lejano— en Cuba? ¿De dónde proviene la voz guagua? ¿Por qué los cubanos distinguen entre gallego e isleño?

Mercedes Sosa es una de las mejores voces del canto popular en la América hispana. Fue enterrada en el cementerio de Las Chacaritas, nombre de necrópolis íntimamente vinculado a mi infancia —y supongo que a la de muchos canarios— con mi abuelo Juan Aguiar. Éste, cuando ya en Gáldar, ya en Sardina, golpeaba con habilidad el impertinente cuerpo de una mosca zumbona que daba el coñazo, y mientras arrimaba su cadáver —«de cuerpo presente pero de corpore insepulto»-, añadía aquello de «¡Otra para Las Chacaritas!»

Si la lengua es el vínculo de unión entre pueblos, la coincidencia de cientos de términos entre aquellos países y Canarias es la más contundente prueba de que nuestras relaciones rompieron los esquemas puramente comerciales y se identificaron.

Y me baso en el rigor científico, en la solidez de una impresionante obra de investigación cual es el DEC (Diccionario ejemplificado de canarismos, de los doctores Corrales y Corbella), monumento que recoge en sus páginas —con minucioso aporte literario y periodístico— la amplísima variedad dialectal del español en Canarias. Yo, que dedico muchas horas a su lectura, me sorprendo ya no sólo de las casi dos mil doscientas páginas sino, también, de la amplísima bibliografía manejada (mil y tantas obras) que va desde artículos (del sublime Juanjo Jiménez en LA PROVINCIA / DLP, por ejemplo) hasta novelas, cuentos, poemas, relatos, ensayos, estudios sobre crustáceos, flora.

Don Alcalde, pues, con un muy preciso infinitivo (sí documentado en el DEC), le incrimina a la ex alcaldesa que «la memoria le flaquea y se dedica a bobiar», puesto que lo único que le preocupa son las facturas de los móviles usados por los señores concejales. A lo que la señora Luzardo le responde que «se deje de menos gracietas e insultos», sustantivo gracieta —por cierto— que no aparece en los diccionarios (DRAE, DEC), lo que confirma que la RAE y el Instituto de Estudios Canarios son instituciones imperfectas. Como consecuencia, el programa informático se empeña en cambiarme la palabra por Graciela o Gracita, gracioso él. ¡Señor, lo que son las cosas: la máquina engañándome a causa de la señora ex!

Bobiar aparece en Pancho Guerra, en Millares e, incluso, en una reciente crónica desde Lanzarote. Además, para el DEC es 'decir o hacer boberías', aunque su segundo significado ('perseguir a la cabra emitiendo balidos característicos') nada tiene que ver con el tema que aquí se trata, deduzco, intuyo en un humanista caballero florentino como don Alcalde. No es su estilo, sin duda, porque su ingenioso sentido del humor me hace concluir que despierta palabras, aunque no desarretos del macho.

Por tanto, el término forma parte de la misma raíz que bobilín (también usado en Cuba), bobera, bobón, bobático. (Curiosa y llamativa variedad la del español escrito en Canarias y en América, en cuanto que no se conforma con una voz, sino que las variantes ocupan casi dos páginas del DEC.)

En Canarias, en fin, bobiar se usa para referirse a quien emplea y gasta el tiempo en cosas vanas e inútiles. Aunque, en este caso, ímprobos trabajos sherlockholmenos, intelectuales y deductivos empleó la señora denunciante para descubrir que los señores concejales gastan mucho en los móviles. Aunque para tales conclusiones —se leen en los recibos de Telefónica—, ¿no son más caros los sueldos anuales de la señora ex?

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