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| Joan Busquet
El Periódico (Cataluña, España)
Sábado, 25 de noviembre del 2006

BASTA YA DE «CATALANES Y CATALANAS»

El debate del lenguaje y la discriminación de la mujer


Las dobles formas de los sustantivos vulneran las normas lingüísticas y no frenan el sexismo.


El masculino genérico es un rasgo inherente al ADN de la lengua y responde al principio de economía expresiva.


Que la sociedad discrimina a las mujeres es cosa sabida. Y también lo es que el lenguaje refleja esta discriminación. Pero la lucha por la igualdad de los sexos no es pretexto para artificios lingüísticos que vulneran las reglas de la gramática y de la sintaxis, y aun las del sentido común. Una de estas piruetas, la más extendida y tal vez la más grosera, consiste en la oposición al masculino genérico y la defensa de la escrupulosa minuciosidad en el apareo que preconizan, con empeño digno de mejor causa, algunos dirigentes políticos y sociales: «los padres y las madres», «los niños y las niñas», «los socios y las socias », «los vascos y las vascas».

El masculino genérico es el resultado de un largo proceso cuyo punto de partida es la desaparición del género neutro del latín y la adaptación de las declinaciones de este idioma, que han dado palabras como genio, que carece de femenino y se aplica indistintamente a hombres y mujeres, y otras como estrella, autoridad y víctima, que son de género femenino, aunque con ellas puede uno referirse a Saura y a Montilla.

MAL QUE les pese a sus detractores, el uso de la forma genérica no es un intento de perpetuar la discriminación de la mujer, sino un rasgo inherente al ADN de la lengua. Y no excluye a los seres de sexo femenino. La afirmación de que «los hombres prehistóricos vivían en cuevas» no niega la existencia de mujeres en la prehistoria, del mismo modo que la queja por «la invasión de gatos callejeros» que sufren los vecinos de algunos descampados incluye naturalmente a las gatas.

El masculino genérico ha perdurado y perdurará porque responde al principio de la economía lingüística, que lleva a los humanos a ingeniárselas para lograr la máxima comunicación con el mínimo esfuerzo. Vulnerar este principio nos obligaría, como advierte con sorna el escritor Javier Marías, a convertir la frase «el perro es el mejor amigo del hombre» en un circunloquio extravagante y ridículo: «La perra y el perro son la y el mejor amiga y amigo de la mujer y el hombre».

Lo que no perdurará son los desdoblamientos lingüísticos, y no solo porque atentan contra la norma que nos permite expresar el mayor número de ideas con el menor número de palabras, sino porque, además, son fuente de problemas semánticos. Por ejemplo, el latiguillo recurrente «ciudadanos y ciudadanas», oído estos días hasta la saciedad en el Parlament, conduce inevitablemente a plantearse la posibilidad de que haya dos tipos de ciudadanía, la masculina y la femenina, una de primera y otra de segunda categoría. Y si anunciamos que fulano y zutana son «traductor y traductora, respectivamente, de los poemas de Kavafis», sugerimos que entre los traductores y las traductoras hay diferencias de comportamiento que se deben únicamente a razones de sexo. A eso nos lleva, queramos o no, la duplicación del nombre clasificador.

Los instigadores de tan peregrinas copulaciones abogan, además, a modo de remedio contra la fatiga, por el uso de formas ambivalentes, como docentes (en lugar del masculino maestros), ciudadanía (por ciudadanos) y descendencia (como sustitutivo de hijos). Pero casi nunca los sustantivos de doble género pueden suplir con ventaja al masculino genérico: personas y seres humanos pueden sustituir con propiedad a hombres, pero los socios no son la asociación, ni los embajadores la diplomacia, ni los adolescentes la adolescencia, por más que la Secretaria de Política Lingüística de la Generalitat y otros organismos con adicción sobrevenida al feminismo de entretiempo se empeñen en lo contrario. Cualquier mujer con sentido común madre de tres niños y una niña le dirá a su pareja: «Llevemos a los niños al parque», sin distinguir entre los hijos y la hija, salvo que quiera separarlos expresamente. Y jamás formulará una propuesta tan estrafalaria como esta: «Aprovechemos el buen tiempo para llevar la descendencia a la playa».

EL PROBLEMA del sexismo no reside en el lenguaje, sino en la sociedad: las discriminaciones lingüísticas no son más que el reflejo de las desigualdades sociales, incluidas las que sufren las mujeres. La frase «tres policías detuvieron a los atracadores» nos inducirá a pensar en tres hombres de uniforme esposando a otros hombres, pero no por el uso del genérico policía

—que, por cierto, es palabra femenina—, sino por el hecho de que la mayoría de los policías (y de los atracadores) son hombres. Y si hablamos de los «obreros de la construcción » difícilmente pensaremos en mujeres, pero no por la exclusión del femenino obreras, sino porque el de la construcción es un oficio casi exclusivamente masculino.

En cambio, si decimos que «la mayoría de los diputados aplaudieron a Maragall» nadie imaginará, aunque las diputadas sean minoría, un hemiciclo sin mujeres. No es el lenguaje lo que cambia la realidad, sino la realidad lo que modifica el lenguaje. Sin presidentas, ministras, médicas, arquitectas, capitanas y bomberas no se habría ampliado con estas voces femeninas el registro académico de los nombres de oficios y profesiones tradicionalmente masculinos.

Así pues, que los dirigentes políticos tomen medidas efectivas que conduzcan a la equivalencia de los sexos y dejen de marearnos, de manera tan contumaz como inútil, con torpes apareamientos y otras tretas lingüísticas.

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