Noticias del español

| |

| Julián Isaza
eltiempo.com, Colombia
Viernes, 29 de agosto del 2008

ATLAS CHOCOANO

ARTÍCULO GALARDONADO CON EL V PREMIO DON QUIJOTE DE PERIODISMO


En la serranía del Baudó los hombres llevan de todo a través de un camino selvático y tan escarpado, que ni las bestias pasan ¿Qué sucede cuando se trabaja literalmente como mula?


Seis horas en lancha para llegar a la nada. Seis horas por el río Atrato, el Baudó y el Pató, atravesando una jungla densa, por la que se abren paso desvencijados caseríos, poblados por varias decenas de niños, que tapan su desnudez con el barro. Seis horas por un verde absoluto que solo es roto por los intermitentes aleteos de mariposas azul cobalto, por la exuberancia de la naturaleza y la miseria humana, que terminan en una roca que se escapa de la manigua y en la que esperan los paseros, los héroes de una historia que ya no se cuenta, que se entierra en el fango y se pierde en la espesura.

Hace mucho que este lugar se perdió para el mundo, se refundió en la memoria desfigurada como fresco bajo la lluvia. Avelino, espera con un Belmont en la boca y, entre volutas perezosas que se pierden en la atmósfera, resopla como un león ya cansado de rugir. Se ha dedicado durante sus cinco décadas, apenas reveladas por algunas canas y sus dientes gastados, a cargar en su espalda mercancías y gente a través de la serranía del Baudó. Es un pasero legendario, que descansa su fibroso cuerpo en un tronco, mientras espera la lancha cargada de kilos para su espinazo, que deberá llevar hasta el pueblo del otro lado de la montaña: Pie de Pató.

Avelino no pudo ser más ni tampoco menos. Desde que nació estaba destinado a continuar el legado de su padre, a caminar los 12 kilómetros de selva hasta la orilla del río, para regresar cargado con mercados, trasteos, neveras y hasta humanos, por un camino tan escarpado, resbaloso y peligroso, que ni siquiera las bestias son capaces de sortear. Su trabajo, el de pasero, bien podría redefinir aquella sentencia, que seguramente se enraíza en los tiempos de la esclavitud, la de «trabajar como negro», aunque la más precisa sería trabajar como mula.

Entre resoplos, dice que su padre hacía esto antes que él y que con un cuarto de aguardiente y un tabaco comenzaba el día. El mismo día que se repitió durante los 70 años que vivió, en los que caminó con sus pies desnudos y con un machete en la mano, hasta que su cuerpo no le permitió un paso más. El pasero suda gotas gordas que caen al fango. Es el último de su estirpe, el hijo mayor de una familia de cuatro hombres y cinco mujeres, de los que solo él queda en este lugar.

Mientras evalúa la carga y el pago por sus servicios, sus colegas más jóvenes, Toribio, Concepción y el formidablemente fuerte Kaliman, quien ganó su mote por ser capaz de echarse encima refrigeradores de más de 80 kilos, ya se han puesto sus silletas y se han transado por una tarifa menor. Avelino, con un rictus de inconformidad, termina cediendo a las reglas del capitalismo y aminora el precio de su servicio, que para sus coterráneos es de 20 mil y para forasteros se sube a 50 mil. Sin embargo, Avelino preferiría dedicarse de lleno a la agricultura, pero con ella no alcanzaría a pagar el costo de una vida en un lugar inmensamente pobre, en donde todo, por el aislamiento, resulta extremadamente caro.

Es verdad, la tradición no se enmarca en lo romántico, sino en la necesidad. Lo que estos hombres hacen hoy, es parte de una costumbre arraigada hace siglos, cuando por cuenta de la persecución y esclavitud del hombre blanco, tuvieron que esconderse en lo más profundo de la manigua. Ahora, por cuenta de la casi insalvable lejanía y el desentendimiento de un país, continúan como si las décadas jamás hubiesen avanzado. De hecho, la única innovación en este oficio es que ahora los paseros usan botas pantaneras. En esta tierra el avance es un espejismo, aquí las manecillas del reloj sencillamente no giran, solo amanece una y otra vez. El futuro es la repetición del pasado y, aquí, no todo tiempo pasado fue mejor.

La otra manera de llegar a la cabecera municipal del Alto Baudó sin atravesar la serranía, y es partiendo desde Quibdó a Istmina y de allí a Puerto Melú, desde donde se toma una lancha hasta Pie de Pató. Pero esta vía no solo es más costosa, sino que no siempre está disponible, por lo que los paseros cubren una de las primeras necesidades de sus paisanos, pues no solo transportan mercancías, sino también personas que por sus propios medios no se podrían movilizar, como ancianos, enfermos y mujeres embarazadas, haciendo del oficio de estos hombres, muchas veces, la diferencia entre la vida y la muerte. Más si se tiene en cuenta que Pie de Pató es el único lugar en el Alto Baudó que cuenta con un centro de salud, que a nuestra llegada, no solo carecía de medicinas y recursos, sino también de médico.

Las vértebras de cada pasero, seguramente deformadas por el literal peso de la vida, parecen una sucesión de conchas de caracol de tierra y sus músculos magros se marcan con cada movimiento. Avelino lleva sobre su espalda cerca de 50 kilos, pero parece poco si se compara a la carga de Kaliman, que sostiene una silleta de madera ajada y enlazada a su frente, en la que soporta el peso de Noency, una chocoana de voz dulce, que canta mientras sus 80 kilogramos se mecen al andar del pasero. Aquí, el hombre carga al hombre, se echa encima el peso de mundo para ganar unos pesos.

Llueve a cuotas, las microscópicas gotas se cuelan entre el follaje de la jungla. Un niño de unos diez años, ya iniciado en el oficio, pasa con los corotos más pequeños, mientras un perro azabache le sigue de cerca. Todos en absoluto silencio. El camino es largo y duro y se debe guardar el aliento.

La serranía del Baudó, como la mayor parte del Chocó, es un lugar de pocas posibilidades, un lugar inmensamente rico que contrasta con su infinita pobreza, un sitio que produce oro y hambre, en donde las necesidades básicas se convierten en lujo. El servicio de energía llega a Pie de Pató apenas por algunas horas diarias, el alcantarillado funciona a duras penas y, cuando llueve mucho, hay que salir en canoa a comprar en la tienda. Aquí vivir es un acto de voluntad, de resistencia férrea, de vencer los días, de sobreponerse a la enfermedad, a la malaria que reclama su cuota,a la violencia que galopa en el monte y en los pueblos, patrocinada por el número de oportunidades que se reducen a cero. La vida se sobrevive.

El camino se pone difuso y el olor denso de la jungla, mezcla de hojas en descomposición y humedad, dificulta la respiración. El corazón quiere salirse, pero parar es pésima idea, pues se corre el riesgo de convertirse en la cena de millares de mosquitos, que cuando no están sobre la piel chupando sangre, ambicionan meterse por las fosas nasales. Hay que subir cuestas y luego bajarlas, sortear afiladas piedras y árboles caídos. Los muslos son un par de masas trémulas al borde del colapso. La lluvia hace que caminemos sobre jabón, sobre el resbaloso lodo, que cobra la inexperiencia con besos al planeta y pellejos en las rocas.

Toribio gruñe con sus botas hundidas en el fango. Él comenzó a pasar a los nueve años, ahora tiene 24 y una historia tan difícil como el camino. A su madre apenas la conoció y fue su abuela quien se hizo cargo de él y sus tres hermanas, de quienes apenas sabe que una se convirtió en médica, otra en abogada y de la tercera no sabe, pues cuando aún era muy pequeño su abuela se las «regaló» a un matrimonio del interior del país. Aunque ya no recuerda sus rostros, Toribio se las imagina y dice que le hubiese gustado tener el mismo destino. El clima cambia y el cielo se pone muy azul. Él quiere ser doctor, aunque nunca le enseñaron a leer ni a escribir. No toma, no fuma y no le gusta el baile. Ahorra cada centavo para un día partir y conocer lo que hay del otro lado de la montaña. Toribio mira al frente, con esos ojos tan blancos y tan negros. De la boca ancha se asoma la hilera de dientes… Pocas imágenes más poderosas y estremecedoras que la de un hombre decidido a triunfar.

Lleva una escopeta de fisto. Un arma vieja y oxidada que, contra cualquier pronóstico, aún es capaz de escupir su única bala. El robusto pasero la protege del agua con el esmero de un padre, pues con ella podría cazar un cusumbo para la cena. La ecología muere cuando nace el hambre. Toribio bosteza. Mira hacia arriba, como calculando la distancia que aún queda, se acomoda la carga que ya tiene más de tres horas adosada a su espalda y afianza su mano a una piedra, para de un envión impulsar su cuerpo dos metros más cerca de la cima, que todavía se esconde detrás de centenares de árboles, que parecen infinitos.

La serranía del Baudó se propone como una gigantesca muralla reclamada por la naturaleza, devorada por un manto verde y brumoso, que le dan ese aspecto jurásico, esa apariencia de paisaje eterno, de los tiempos de los titanes. Quizás por eso es inevitable ver a los paseros convertidos en versiones humanadas de Atlas, con la carga del planeta en su espalda, aunque de lejos recuerden a esas hormigas que transitan esforzadas con hojas cortadas. Pequeños y descomunales de cerca almismo tiempo.

Las venas brotadas de la frente de Kaliman parecen raíces de árbol viejo. Él no solo es el más fuerte, también el más silencioso. Pequeño y compacto, parece un fortín. Kaliman responde solo con monosílabos y en un tono tan bajo, que resulta difícil relacionar su voz con su cuerpo.

Luego de cuatro horas de camino, al lado de un pequeño manantial, el hombre decide que es momento del descanso. Se libera con delicadeza casi quirúrgica de su carga, de Noency. De un bolsillo saca un paquete de galletas de soda molidas y calientes y las reparte entre sus camaradas. La mesa está servida. Es hora del almuerzo.

Kaliman hace cóncava su mano y se sirve un trago de agua. Comparte su merienda con todos, incluso con sus clientes. No hay mucho y toca algo más que una morona per cápita. Kaliman parece soltarse un poco, desconfiar menos. Mastica y ríe con sus compañeros de algún chiste privado, seguramente sobre la poca resistencia de los foráneos, sobre la palidez post mortem que adquirimos los que no estamos acostumbrados. Los zancudos también se sirven. Kali, como le dicen Toribio y Concepción, cuenta que hace un par de meses tuvo que 'pasar' a una mujer a punto de parir, que a la una de la mañana le tocó agarrar camino con su clienta, que no paraba de gemir en medio de una noche negra. El hombre sonríe mientras desentraña la anécdota del cajón de su memoria y recuerda que esa vez corrió tanto como pudo, para fi nalmente llegar a la orilla del río y ver que la mujer ya no aguantó más y, allí mismo, en el lodo del río Pató, parió un par de mellizos.

Milagros ocurren todos los días y eso lo saben los paseros, que bajo la comunión del pequeño trozo de una galleta y un trago de agua envasado en una única y usada botella de plástico, recuerdan la gente que han llevado, las vidas que han confiado en la fuerza de sus cuerpos, los años de camino. También dicen que nunca se han accidentado, que el camino hostil para los demás siempre ha sido gentil con ellos, con los hijos de esta tierra de entrañas húmedas y duras.

Bajamos y en la distancia se ven algunas casas. La que canta sigue siendo Noency, que arrulla con su voz maternal, con sus dientes que iluminarían un calabozo. Una sensación cercana al sosiego sube desde el estómago. Lenta, muy lenta. Un perro ladra a lo lejos y una Virgen de brazos abiertos atestigua nuestro paso desde la rigidez de su anatomía de yeso. Avelino se persigna, cree en ella más que en sus piernas, le agradece que lo cuide a él y a sus hijos, que ahora deben estar en algún lugar de la selva jugándose la vida. Mira con sus ojos oscuros y repentinamente orgullosos y porque su descendencia no siguió su camino, porque ellos son soldados profesionales.

Cada paso cuesta, pero Pie de Pató está finalmente al frente. Un puente viejo, algunas casas de madera, calles de lodo, una escuela solitaria, un centro de salud fantasmagórico, una bacterióloga y una odontóloga que no dan abasto, una estación de policía con policías jóvenes, importados y bien armados. Los rostros de los vecinos en la oscuridad de las viviendas, las ancianas extienden la ropa en los tendederos, los niños ríen y se esconden, los perros husmean en los bolsillos, los paseros saludan y les devuelven risas y palmadas en los hombros, los ojos curiosos escrutan. Una mujer reniega y luego se carcajea. Una historia en cada metro. Un secretario de la alcaldía entusiasmado porque alguien contará un poco de sus vidas. Un fotógrafo y un periodista agotados y extrañamente felices. El sol se guarda en el horizonte.

Concepción y Kaliman están listos para la fiesta en el bohío. Las muchachas los ven y ellos ven a las muchachas. Avelino agradece la cerveza al clima y prende su cigarro doblado. Fuma y bebe despacio, mientras dice que una carretera pronto se construirá y que las cosas serán más sencillas. Todos esperan ese camino a la felicidad, todos hablan de él, de esa vía que se planea desde hace tanto que los pondrá en el mapa, que los rescatará del olvido.

Poco a poco todos se van a dormir o a festejar. Solo queda Toribio, el que no fuma ni bebe ni baila, el que quiere saber todo de la ciudad, el que se imagina en otro lugar como un doctor. Toribio pregunta con insistencia de infante sobre la vida en Bogotá, en un lugar que le parece demasiado lejano. No pierde detalle. Le pregunto por su opinión sobre la posible carretera y en ese momento se sume en un silencio demasiado hondo para tres segundos. No le gusta esa idea tan popular, porque, según dice, él no sabe hacer otra cosa más que cargar, porque cuando llegue la carretera se quedará sin oficio. La felicidad de muchos es la tristeza de uno. Calla de nuevo y mira la silueta de la serranía en la oscuridad de la noche, luego encoge los hombros, se ríe y dice que al fin qué más da, si él se va a volver un doctor. El camino está por recorrerse.

¡Hola!

¿Has buscado tu consulta?

Si no la encuentras, rellena nuestro formulario: