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| Carlos Palencia
elmundo.es, España
Martes, 5 de enero del 2010

ASÍ SE CREAN LOS NOMBRES DE LOS COCHES

Fácil de recordar, pronunciable en el máximo de idiomas, que suene bien y que encaje con la imagen de marca y las características del producto.


El nombre de un vehículo no es sólo una combinación de letras y/o números, sino el resultado de un largo proceso para dar con un apelativo que permita calar en el mercado.

La mayoría de palabras están usadas y los responsables de naming, que estudian cómo designar a los productos, han de ser muy creativos, empleando estudios de mercado e incluso programas informáticos. Y no basta con centrarse en la sonoridad, también hay que evitar connotaciones negativas y objeciones legales.

No existen criterios específicos, sino que los procedimientos varían entre las marcas. Nombres como los numéricos o los alfanuméricos aluden a características indiscutibles como tamaño o cilindrada (Lexus GS 470), mientras que los nombres propios son decisiones de marketing enfocadas a asociar el vehículo con una idea específica. Firmas premium como Audi, BMW, Mercedes o Lexus optan por la primera alternativa. Así fortalecen la marca y el peso del nombre recae en ella y no en el coche en particular. En un Mercedes, la letra señala la dimensión de la carrocería y el número, el tipo de motor.

Sofisticación

Hace unas décadas casi todo eran códigos numéricos y alfanuméricos, como los Seat 600, 850 o 1.500 o los Renault R5 o R6. Pero con la infiltración masiva de los coches en la sociedad la tendencia viró hacia nombres propios. Así es más fácil recordar un modelo. Como Alfa Romeo, que, acostumbrada a los números (147 o 159), a partir de ahora usará nombres italianos como Giulietta y Alfasud. Sin embargo, otros como Hyundai se cambian a los códigos.

Además, con la diversificación del mercado surgen nuevos segmentos. Los deportivos con aspecto de todoterreno se llaman SUV, los coupés descapotables, CC y la última tendencia, los coches ecológicos (Econetic en Ford, Green Line en Skoda, ECO en Fiat).

Estas categorías se combinan y surgen híbridos que a veces dan lugar a equívocos. Por ejemplo, el BMW X6, que aunque se le considera SUV coupé, no tiene 2 o 3 puertas, sino un techo bajo. Y ciertas decisiones de marketing llevan incluso a que algunos vehículos sean catalogados donde no corresponde, como el VW Passat CC, que es coupé, pero no descapotable.

Los todoterrenos se suelen vincular a conceptos como 'libertad' o 'aventura' (Land Rover Freelander, Jeep Compass, etc). Otros nombres sugieren exotismo (VW Tuareg), diversión (Ford Fiesta), exclusividad (Jaguar Sovereign, 'soverano' en inglés), arte (Picasso) e incluso deportes de élite (VW Golf o Polo). Llamativo es el caso de Lamborghini, cuyos Diablo, Murciélago o Islero homenajean a famosos toros de lidia.

Pero el diccionario se agota y han de usarse términos cuya relación con el automóvil no es clara, como los Renault Safrane, Laguna o Megane. Incluso se crean rocambolescas excusas para bautizar, como el Honda Accord, que alude al «acuerdo logrado entre sociedad y automóvil».

También se inventan palabras, como Yaris, unión del término alemán ja con la diosa griega Charis, o Aygo, que nace de juntar I con go. Y es que Toyota tiende a emplear vocablos raros como Corolla, Avensis o Celica, sin significado definido. En este mismo campo juega Opel con sus Meriva, Astra o Vectra.

Entre los casos curiosos están el Twingo, fusión de twist y tango, o el VW Tiguan, bautizado por los lectores de una revista. Pero hay un nombre que ha roto esquemas, el Qashqai de Nissan. Es difícil de recordar, pronunciar y además alude a una tribu de Afganistán, algo poco comercial. Aunque eso no le ha impedido triunfar, lo que plantea una duda: si un coche es bueno, ¿realmente influye el nombre en su éxito?

Comprometidos con el medio

La preocupación por el cambio climático y las exigencias a los fabricantes para que reduzcan la tasa de emisiones de sus coches, ha generado una nueva tendencia de naming en el mundo del motor. Ahora las marcas quieren dejar patente su compromiso con la naturaleza, y para ello utilizan denominaciones que aluden directamente a la ecología.

Así encontramos palabras tales como Econetic en Ford, Ecomotive en Seat, Ecoflex en Opel o Eco 2 en Renault. Otras compañías optan por nombres más específicos, que sugieren, por ejemplo, a una atmósfera más limpia y pura. Es el caso de los vehículos PUR-O2 de Fiat o de los AirDream de Citroen.

Además de las diversas tecnologías para ahorrar combustible, la conducción eficiente siempre ha sido una de las mejores maneras de luchar contra las emisiones. Eso es lo que intentan recordar nombres como Pure Drive de Nissan, EfficentDynamics de BMW o DRIVe de Volvo.

Colores como el azul o el verde están intrínsecamente vinculados con el medio ambiente en el imaginario colectivo. Las marcas lo saben y por ello usan esos tonos para bautizar modelos, en lo que se trata de una de las pautas más comunes de la industria. Están iBlue de Hyundai, BlueEfficiency de Mercedes, Bluemotion de VW, GreenLine de Skoda o Blue Lion de Peugeot.

Y si el vehículo se diferencia del resto por usar combustibles alternativos, esto se destaca en el nombre: Fiat Metano, BMW Hidrogen, etc.

… Y con ellos llegó el escándalo

Las confusiones idiomáticas y culturales han plagado la historia automovilística de episodios memorables en el terreno de los nombres catastróficos. Y es que, lo que en un país puede sonar épico o glorioso, en otro puede tornarse grotesco o ridículo.

En lo referente a palabras malsonantes, no hace falta explicar por qué los hispanos de EE. UU. se escandalizan al ver pasar un Mazda Laputa. Una situación similar a la que experimentan los griegos cuando se cruzan con un Seat Málaga, convenientemente rebautizado en su país como Seat Gredos, ya que el nombre original recuerda a 'Malaka', una palabra que para ellos vendría a significar algo así como masturbador.

Otros vehículos han sido blanco de chistes fáciles, como el Chevrolet Nova, que en los años 70 cambió su apelativo en México porque los usuarios decían que 'no iba'. Más flagrante es el caso del Lamborghini Reventón, cuya desafortunada denominación hace temer por la integridad de los neumáticos a los poseedores de este superdeportivo, llamado así en honor de un célebre toro de lidia, como es tendencia habitual en la marca italiana.

Las referencias sexuales también han proproporcionado capítulos destacables. Casi todos recordamos con una sonrisa el Mitsubishi Pajero, pero muy pocos saben que la empresa Ford desarrolló en la década de los 70 un prototipo conocido como Corrida, que afortunadamente nunca llegó al mercado.

También hay coches que han sugerido insultos hacia los conductores. Es el caso de, por ejemplo, el Volkswagen Jetta, que durante un tiempo se vendió con el nombre de Bora en España para evitar que proliferasen comentarios del tipo '¡menudo jeta!'. Una situación similar, aunque indudablemente mucho más incómoda, tuvo lugar en Suecia con el Fiat Regata. Y es que allí, este vehículo alteró su nombre, porque la palabra 'ragata' en sueco es zorra.

Entre los modelos con apelativos ridículos podríamos destacar el Kia Borrego, reconvertido en Kia Mohave para el mercadosudamericano, o el indio Tata Indica, el coche con el que la abuela te marca el camino a seguir.

Pero cuando de naming se trata, los fabricantes no sólo chocan con usuarios malpensados, sino que también puede haber roces con los nacionalismos. Eso es exactamente lo que le ocurrió a Seat con su modelo Arosa. La marca se encontró inesperadamente con una agria polémica de los nacionalistas gallegos, que exigían que el nombre del coche fuera Arousa, el topónimo en gallego.

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