Noticias del español

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| Aurelio Arteta, catedrático de Filosofía Moral y Política de la UPV
El País, España
Martes, 16 de diciembre del 2008

ARCHISÍLABOS

Algún lector habrá que recuerde la serie que aquí inicié ¡hace ya 13 años! y de la que este artículo es su tercera entrega. Me había empeñado en reunir esas palabras que se van incorporando al uso cotidiano del hablante y que, preferidas por su mayor largura o inventadas a fuerza de estirar el número de sus sílabas, bauticé como archisílabos. Aún siguen rodando, y con tal naturalidad que ya casi nadie reconoce ni usa el vocablo más corto del que procede o al que viene a suplir. Si entonces recopilé cerca de 200, ahí va otro buen puñado de archisílabos que quedaron sin mencionar.


Echemos la red en ese caladero de términos que nacen de pegar a otro la desinencia -ción. Así obtendremos la limitación en lugar del «límite», la estimulación para indicar el mero «estímulo» (lo mismo que la incentivación ha dejado atrás al artificioso «incentivo»), la formulación por la «fórmula» o la capacitación en vez de la «capacidad». La «compatibilidad» de funciones se dobla para algunos en compatibilización, ahí es nada. Somos objeto de actuaciones administrativas, es decir, de algo más que simples «acciones». El médico nos da una citación y no una «cita» vulgar. En la calle no leemos «rótulos», sino rotulaciones, de parecida manera a como el hombre del tiempo anticipa que habrá «lluvias», sí, pero sobre todo precipitaciones.

¿Y por qué volver a los gastados «nombres» cuando tenemos a mano las denominaciones? A ver quién se contenta con una «característica» si puede pronunciar caracterización, o con un «enunciado» teniendo al lado una enunciación o con un rápido «contraste» estando ya dispuesta la contrastación. Les juego doble contra sencillo a que descubren por todas partes individuos con motivaciones, pero sin apenas «motivos». Ya verán cómo la complementación acaba engullendo al «complemento», la expoliación al «expolio» o la exterminación al «exterminio». Quien esto firma ha escuchado renunciaciones en vez de «renuncias» y hace poco dio un respingo al enterarse de que una empresa había alcanzado una mejorización, que no «mejora», de sus resultados. Rizando el rizo, en cierto impreso oficial se escribe exceptuación para señalar una «excepción».

Los verbos ofrecen un buen pasto a la afición archisilabizadora. Ahora nos prestamos a referenciar, para no ponernos a «referir», «aludir», «citar» o «nombrar», que son términos más humildes por más breves (y, en lugar de lo referido, etc., lo referenciado). O a regularizar, cuando a menudo lo propio sería «regular» y hasta «reglar». O a sobredimensionar, para evitarnos «ampliar» o «exagerar», lo mismo que hay que hostilizar al contrario que hasta ahora nos limitábamos a «hostigar». No nos conformamos con el modesto «formar» lo que haga falta y recurrimos en cambio al conformar (y es que la conformación deja en la boca un regusto más rotundo que «forma»). El comportarse de un modo u otro ha vuelto casi ridículo al «portarse», el desvincular debe prevalecer sobre el «desatar» o «separar» y penalizar exhibe el empaque que le falta a «castigar». ¿Y aún no han oído recepcionar para dar lustre a los trillados «recibir» o «acoger»?

George Orwell ya sabía algo de este fenómeno y no dejó de denunciarlo en su día. Lo que pasa es que la regla que dictó para la buena prosa en inglés («Nunca use una palabra larga donde pueda usar una corta») parece que no vale hoy para el hablante ordinario de español. Ni siquiera para los sumos sacerdotes de la palabra pública, el político y el periodista. Contagiados de la jerga empresarial, solemos priorizar alguna tarea respecto de otras, porque no nos basta con «primar» esa tarea. Pero también nos conviene flexibilizar nuestras posiciones, que es como «adaptarlas» o «amoldarlas» a lo necesario, a fin de no tensionar —o sea, «tensar»— las cosas y evitar esos tensionamientos que antes eran «tensiones». Que a nadie se le ocurra «interactuar» con otros, porque ahora se lleva interaccionar, ni «objetivar» una situación cuando está en sus manos objetivizarla. Les gustará saber que hay quienes se dedican a compartimentalizar sus trabajos. Y en cuanto me entere de qué significa modelizar o sustancializar, se lo cuento.

Llevo años indagando el misterio de que la gente, tan poco dada a vicios intelectuales, se pase el día disfrutando en medio de abstracciones como éstas que colecciono. Porque habrán notado que las personas ya no gozamos de «crédito» (salvo del bancario, en todo caso), sino de credibilidad, ni cometemos «faltas», «delitos» o «deslices», sino como mucho irregularidades. Donde antes se palpaba el «peligro», ahora todo se carga de peligrosidad, lo mismo que el pedante ya no relata un «hecho» sino más bien una facticidad. ¿Qué había en nuestra relación personal, afectividad o un simple «afecto»?; y el temblor colectivo que aquel día nos invadió, ¿era de «emoción» o de emotividad? Cuando algún engranaje de nuestro organismo falla, ¿hemos sufrido una «disfunción» o suena mejor una disfuncionalidad? Quizá no me crean, pero hay estiramientos verbales que convierten al «significado» (ya travestido como significación) en pomposa significatividad y al «atractivo» de alguien o de algo en una atractividad irresistible…

No piensen que hemos agotado la cosecha de archisílabos. Se reproducen a diario. Cuando se informa de que una manifestación ciudadana tuvo un seguimiento de tantos miles, quiere decirse que suscitó una «respuesta» o «adhesión» así de numerosa; hay muchas comisiones llamadas de seguimiento porque esta voz le gana en sílabas a «control», que es el cometido encargado a tales comisiones. Tampoco hacemos «méritos», sino merecimientos, unos méritos más largos; y una «acogida» muda con frecuencia en acogimiento. Cualquier «aumento» del número de parados o de algún índice económico queda al instante transformado en incremento. Para no abrumarles, me aceptarán en fin que el adjetivo existente (y no digamos lo realmente existente) o está de más o equivale a «real» y «presente». Claro que mi versión de todo esto, más que «aproximada», resulta tan sólo aproximativa

Así las cosas, rebosantes de términos ampulosos, nuestros discursos se vuelven a un tiempo más largos de palabras y menos sobrados de ideas. Váyase lo uno por lo otro, dirán los necios, aunque me temo que lo uno busca tan sólo encubrir lo otro.

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