Noticias del español

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| Pilar García Mouton
El Cultural (diario El Mundo)
Madrid, 26 de enero del 2006

AQUÍ SE HABLA. UN RECORRIDO POR LAS LENGUAS AMENAZADAS

Lenguas que se mueren, lenguas que renacen y lenguas que se resisten a desaparecer. Y, junto a ellas, su historia y su presente a través de sus hablantes. Los términos dramáticos se repiten a lo largo de las páginas de Aquí se habla. Un recorrido por las lenguas amenazadas. Sin embargo, en el curso de la historia la desaparición de lenguas, incluso de algunas grandes lenguas de cultura, ha sido algo normal, pero, señala Abley, lo que carece de precedentes es el ritmo vertiginoso del cambio que se está dando ante nuestros ojos.


Quedan en el mundo alrededor de seis mil lenguas, aunque parece que a finales de siglo habrá como mucho tres mil y, de ellas, sólo unas seiscientas sobrevivirán sin problema.

Mark Abley no es lingüista, sino periodista -ganó el Premio Nacional de Periodismo de Canadá-, editor y poeta, lo que explica en gran medida la hechura y el estilo de este libro, que, además, tiene raíces en su circunstancia personal de canadiense -sensible, pues, a los problemas de lenguas en contacto-, hablante de inglés y de francés, y, como hijo de padres inmigrantes, con conocimientos de una lengua minoritaria transplantada a América, el gaélico.

Al comienzo pide perdón a los lingüistas por invadir su territorio, pero de paso aprovecha para recordarles que, si no se expresan «sobre el tema en términos claros, inteligibles y exentos de jerga, no es probable que su propia voz llegue a la gente», y los acusa más adelante de haber descrito muchas veces las lenguas sin implicarse mínimamente en su defensa.

Aquí se habla… resulta un libro riguroso y apasionado, a mitad de camino entre la crónica periodística y el ensayo, con un trabajo serio de documentación detrás, que se deja ver en el capítulo de Fuentes, donde Abley comenta la bibliografía en la que se apoya, y en el útil índice analítico final. Quizá se pueda objetar que el esquema de los quince capítulos resulta demasiado repetitivo. En ellos el autor-narrador describe la realidad como en un reportaje, convertido en observador participante que recoge los puntos de vista de personajes reales, los hablantes, y proporciona datos necesarios para situar el contexto, pero es un autor que también se implica y opina.

Los títulos de los capítulos son sugerentes, periodísticos: comienza «La lengua de Patrick» en un paisaje bucólico del norte de Australia, donde un anciano mati ke cuenta, en inglés, cómo, al abandonar su tierra y perder su orgullo, los mati ke fueron olvidando poco a poco su lengua para pasarse al murrinh-patha y al inglés. La vida y la educación de sus nietos transcurren en murrinh-patha, y, de fondo, siempre la televisión en inglés. Como el mati ke, muchas otras lenguas mueren en Australia, leemos en «Soñadores: lenguas del norte de Australia»; de hecho, 138 se señalaban ya como «casi extintas» en la última edición de Ethnologue. En «Ni visto ni oído: yuchi» el autor pasa sin problema desde Australia a las lenguas de los indios norteamericanos, casi todas en peligro, como el yuchi en Oklahoma, lo que le lleva a destacar lo irreversible que resulta la muerte para una lengua oral. Y vuelve sobre el tema en «Las palabras que vienen antes que todo lo demás: mohawk». En un salto hasta el sur de Francia, «La lengua del león: provenzal» sirve a Abley para indagar sobre el pasado glorioso y el futuro incierto del provenzal; en «Formas de escapar: yiddish» estudia, con muchos testigos interesantes y en distintas geografías, la vida languideciente del yiddish y su fracaso en

Israel frente a la resurrección del hebreo, y, para acabar, en el capítulo titulado «El hierro de la lengua: galés» celebra la contumaz resistencia, contra todo pronóstico, de una lengua céltica.

De fondo, salvo en el caso del provenzal, y como principal causa de tanta pérdida, la amenaza de la omnipresente cultura que utiliza el inglés como lengua instrumental de la globalización. La fuerza de su irreversible avance se condensa en la frase que ya utilizan muchos rusos: «dont vori, bik hepi». No deja de merecer respeto que esta defensa apasionada de las lenguas minoritarias haya sido escrita precisamente por un hablante de lengua inglesa, pero esa auto ría también condiciona a lo largo de todo ellibro la inevitable comparación de las realidades lingüística s de cualquier otra lengua con las del inglés.

Este libro no trata de todas las lenguas amenazadas, ni tampoco, en general, de lenguas o dialectos que nos resulten cercanos. Aquí y allá encontramos unas pocas referencias, en este caso no de primera mano, a las lenguas de los indios de lo que después sería Venezuela, en el capítulo titulado «El loro de Humboldt», donde se cuenta la anécdota del loro que, según escribió Alexander van Humboldt, resultó ser el último «hablante» de una lengua muerta, la de los atures; unas pocas alusiones a cómo desde el ámbito del gaélico actual se mira con envidia el camino que han recorrido en España el vasco y el catalán; y alguna referencia al español y al chino como lenguas que en un futuro podrían competir con el inglés. Pero el peso de Aquí se habla… está dedicado a lenguas en peligro de otras culturas, casi todas relativamente exóticas para el lector español. En ese sentido, sería útil una obra similar para nuestro ámbito, más cercana, que siga los procesos de las lenguas que han vivido en el mundo románico europeo y americano.

¿Qué destacaríamos de este viaje por las lenguas amenazadas? Sin duda, las reflexiones en que se apoya y que pueden fácilmente extrapolarse a otros ámbitos, porque las lenguas en peligro están sometidas en todas partes a presiones parecidas, en un mundo que utiliza unas pocas lenguas de gran prestigio. Esas lenguas dominan los medios de comunicación, la educación, la ciencia, y, sobre todo, los mercados; ante ellas, las pequeñas lenguas, perdido el aislamiento que las protegía y debilitadas por la emigración a las ciudades y el desarraigo, están condenadas a sufrir un deterioro progresivo, a no ser que cuenten con unos valores añadidos y un prestigio que las proteja, porque la supervivencia de las lenguas minoritarias depende en gran medida de la voluntad popular.

Abley se pregunta si los hablantes de las lenguas que mueren se resignan sin más y qué se puede hacer, alarmado por la conciencia de vivir un momento «decisivo en la historia de la humanidad, un punto de inflexión desde la diversidad lingüística a lo que los optimistas ven como un alma global y otros como una monocultura carente de alma». Por eso plantea al lector si no debería importarle a alguien que miles de lenguas estén en peligro, si basta con que, en unos cuantos países, antropólogos, lingüistas, estudiantes, nativos de las tribus y extraños bienintencionados, como él mismo, se apresuren a grabar las voces de los ancianos, convirtiéndolas así en historia capturada, en piezas de museo, en lengua disecada. Al hilo de esa reflexión, compara las lenguas con las especies naturales que los biólogos luchan por proteger y conservar. Cuando una especie desaparece, todo el ecosistema se resiente y su futuro resulta un poco menos sostenible. Habría que preguntarse qué pasará en el ecosistema cultural cuando tantas lenguas se mueran.

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