Noticias del español

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| Alí Medina Machado
Diario El Tiempo (Valera, Venezuela)
Miercoles 1 de Febrero del 2006

¿APRENDER GRAMÁTICA PARA USAR LA LENGUA?

¡Yo te aviso, chirulí!. Si usted cree que con estudiar únicamente gramática, las reglas gramaticales, va a manejar solventemente su idioma, créamelo, usted está equivocado. Puede pasarse usted la mitad de su vida aprendiendo gramática y eso no garantiza que usted será un buen manejador de su idioma; porque el idioma es significación, interpretación, comunicación, y eso no está directamente contenido en las reglas de la señora gramática.


A veces nos matamos como docentes enseñando reglas y más reglas gramaticales a nuestros alumnos, para al final ver que los resultados no han sido los esperados. Es que aramos en el mar, no por culpa nuestra ni de los estudiantes, sino porque con reglas gramaticales solamente no se logra la anhelada producción lingüística, la destreza y competencias comunicativas…

Claro, diremos, que las destrezas en el manejo de la lengua materna no se logran de una mañana para otra o de un día para otro: esto es, tiene que ser, un esfuerzo de largo alcance y una práctica de siempre, con lo que se verá al final la competencia lingüística para «intercambiar significados, jugar y hacer cosas con las palabras, hacer transacciones retóricas, entre otros logros de significación». La praxis de la gramática, o la gramática convertida en lengua viva, latente en nuestra imaginación, ardiendo en la conciencia con ansias de creación, emergiendo fuerte como un volcán en erupción… Esto último, la praxis constructiva, es uno de los fines de la gramática, la lengua, que es la que nos da el crecimiento expresivo.

La gramática abstracta sólo dice abstracciones. La gramática fría es el hielo del idioma y sus elaboraciones serán témpanos entonces, refractarios a nuestras necesidades y a las necesidades del otro, de nuestro receptor lingüístico, con el que necesitamos dialogar para informarlo y que nos informe. En tanto, la lengua es un río de aguas calientes; un riachuelo cálido que nos moja y nos hace hablar, decir, manifestar; porque la lengua se nos da para el habla y la reflexión, y al adquirirla con un buen nivel de reflexión, entonces estamos plenamente en el momento eficaz de la comunicación.

Pasamos el tiempo recorriendo los intrincados caminos de la gramática; la armamos y la desarmamos; la transitamos horizontal y verticalmente; andamos por sus ejes paradigmáticos y por sus ejes sintagmáticos; del sujeto al predicado en una sintaxis regular; nos devolvemos del predicado al sujeto en un orden libre y hasta gloriosamente hacemos uso del hipérbaton como para demostrar destrezas en el manejo de las cadenas de los discursos, pero nada, el milagro no se produce «nuestros estudiantes no saben hablar ni escuchar ni mucho menos leer y escribir» (Campos-14) Y es que conocer teóricamente los términos científicos o técnicos de la gramática sea ésta normativa, generativa o transformacional, como usted la quiera denominar; no da el vigor comunicacional que es lo que necesitan y reclaman los estudiantes. Como docentes nos llenamos la boca diciendo cosas como «eje accional» «el segmento», «el constituyente», «transportador», etc.… pero los alumnos, nada, siguen inexpresivos, lerdos a la interpretación, reacios al análisis. Queremos que sean ellos los que manejen los elementos que manejamos nosotros, cuando lo ideal sería que manejando nosotros esa reglamentación; tuviésemos la capacidad de convertirla en ejercicios prácticos y asequibles en función de los alumnos; en ejercicios eminentemente activos, gráficos, ejemplarizados, es decir, en lenguaje vivo completamente activo y de utilidad para que los alumnos lo asimilen y lo asuman porque se dan cuenta que les sirve y los ayuda productivamente. Campos sostiene que «Una enseñanza de la lengua comunicacionalmente bien planificada debería hacer énfasis en el uso de la lengua, en concebir el lenguaje como un comportamiento social y en desarrollar en el hablante competencias que le permitan dada una situación socio-comunicativa, seleccionar las opciones léxico-gramaticales y semióticas que le garanticen el éxito de la comunicación.»(Campos-14)

Busquemos entonces una lengua viva, que palpite en el deseo comunicacional del docente y el alumno; que les abra el apetito expresivo a ambos, que los invite al diálogo; el profesor que viene a facilitar medios e instrumentos idóneos, sacados de la gramática a la que convierte en lengua, y el alumno que capta y asimila esa instrumentación, que si la convierte en ejercicio plenamente activo le potencia en consecuencia el habla y lo faculta para una buena actuación lingüística, es decir, le hace crecer el mundo ante sus ojos.

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