Noticias del español

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| Efraín Osorio
La Patria (Colombia)
Martes, 31 de Marzo del 2009

ANGLICISMOS, DILEMA, LA RAYA

¿Por qué usar extranjerismos, si el castellano tiene las palabras correspondientes? ¿Facilismo? ¿Esnobismo? ¿Complejo de inferioridad? ¿Tontería? ¿Economía de espacio?


De los muchos recuerdos de mi infancia —muy, muy lejana, por descontado—, uno de ellos es el de las 'colchas de retazos' que veía en la casa de mi tío, «don Manuel». Y la recuerdo, por su colorido abigarrado y porque, seguramente, no había en ellas dos trozos iguales. Lo que mi memoria no retuvo es si misiá Pastora, la mujer de don Manuel, las cosía a mano o con la ayuda de la elemental pero muy segura máquina de coser Singer.

Sí estoy seguro de que nadie, en esa época, y menos en las fincas, calificaba tal manualidad de 'patchwork', entre muchas razones porque ni siquiera sabíamos que existía el idioma del 'míster' (tal vez el 'madeinusa' de algunos utensilios y el 'camán' de las películas de vaqueros). Actualmente, sí, por supuesto. Y me atrevo a afirmar que ninguna señora de Manizales desconoce ese anglicismo, de difíciles pronunciación y escritura. ¿Cómo lo pronuncian? -Quizás 'pachué'. No todas, ¡claro!

En la sección Revista, de LA PATRIA, vi esta enumeración: «…bastidores, joyería artesanal, patchwork…» (III-19-09). Sigo con mi cantaleta, aunque la considero inútil: ¿Por qué usar extranjerismos, si el castellano tiene las palabras correspondientes? ¿Facilismo? ¿Esnobismo? ¿Complejo de inferioridad? ¿Tontería? ¿Economía de espacio? Ninguna de ellas, para mí, justifica su uso. Como se trata de «una labor hecha con retazos de colores», podría llamarse, en general, 'labor de retazos', 'artesanía de retazos', 'obra de retacitos', 'mosaico de tela'… cualquier cosa, menos esa palabra tomada del lenguaje del 'míster'.

La pantolonuda Marta Lucía Ramírez, ex congresista, se adentró ella sola, íngrima, en la enmarañada jungla de las precandidaturas presidenciales, porque, dijo, «No puedo permanecer en un dilema contradictorio en el que de un lado aspiro a ser candidata presidencial y al mismo tiempo actuar como cuerpo de una bancada que lidera la reelección» (LA PATRIA, He Dicho, III-20-09). Pero, señora, los 'dilemas' no son contradictorios: Si hay contradicción, no hay dilema. Y tampoco puede llamarse 'dilema' la situación en que se encontraba la ex ministra de Defensa antes de emprender su aventura, porque 'dilema', según los que saben, es una «situación de alguien cuando tiene forzosamente que elegir entre dos soluciones, ambas malas. 'Me puso en el dilema de aceptar sus condiciones o marcharme'» (María Moliner).

Hay que tener en cuenta, sin embargo, que tanto esta fuente como la Academia le dan al vocablo el sinónimo de 'disyuntiva', que esta última define así: «Alternativa entre dos cosas, por una de las cuales hay que optar». De acuerdo con esta definición, la situación de doña Marta Lucía era una 'disyuntiva', pero no un 'dilema', porque «todo dilema es una disyuntiva pero no toda disyuntiva es un dilema». Mejor dicho, cuando uno se encuentra en un 'dilema', cualquier decisión que tomare es insatisfactoria. El ejemplo clásico de dilema es el dicho «estar entre la espada y la pared». Le sucede con frecuencia a Olafo, 'el Amargado'.

El señor Carlos Mario Vallejo Trujillo se pregunta si los 'guiones' ('rayas', mejor), cuando son aclaratorios, se deben cerrar. Y da un ejemplo tomado del prólogo del libro Gol, cuentos de fútbol, de Pablo Felipe Arango Tobón: «Breves todos y ligeros, utilizan el deporte como mero decorado —ni riesgo decir como pretexto». Los tratados actuales de ortografía hacen una distinción entre el 'guión' y la 'raya'. El primero, más corto, se utiliza para partir las palabras al final de cada renglón; para señalar ciertas palabras compuestas (colombo-argentino); y para separar las sílabas de una misma palabra (pau – sa).

El oficio principal de la 'raya' es señalar las frases que corresponden a un diálogo. En estos diálogos, cuando se interrumpen para expresar sus incisos explicativos por medio de verbos declarativos, se emplea la raya para abrir y cerrar la interrupción (—dijo—), si la frase continúa inmediatamente después; si no, no es necesario cerrarla, como en el ejemplo del señor Vallejo, aunque no se trate de un diálogo. Finalmente, hoy en día se usan con mucha frecuencia las rayas, en lugar de los paréntesis y de las comas, para separar las oraciones subordinadas e incidentales. En esto, desafortunadamente, la anarquía es absoluta: En el libro Viaje a la semilla, biografía de GGM, su autor, Dasso Saldívar, emplea las rayas sólo seis veces en más de 450 páginas, por ejemplo, en la 71 (edición de 1979), en lugar de las tradicionales comas, más apropiadas, porque se trata de una oración subordinada: «…fueron la crisis económica mundial del 29 —que redujo drásticamente las cuotas de exportación— y las inundaciones del 32…». Y William Ospina, en su obra La herida en la piel de la diosa, echa mano de las rayas una sola vez en 240 páginas: «…quien había encomendado a Pizarro la misión de apoderarse del Perú —en caso de que el Perú existiera— y quien…». Es cierto que aparecen tres veces más, pero en citas que hace de diálogos de los libros que comenta. Etcétera.

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