Noticias del español

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| Ricardo Peytaví
eldia.es, España
Miércoles, 23 de julio del 2008

«ALHEÑA» NO VISTE BIEN

No hace mucho, tras concluir un reportaje de televisión sobre Marruecos, le envié una copia a una señora que es canaria pero vive y trabaja en Agadir.


Habla varios idiomas, entre ellos el árabe, y conoce bien el país de la monarquía alauita. «Está bien, pero tiene un error importante», me dijo por teléfono un par de días después. Un tanto alarmado, quise saber en qué me había equivocado. «Las mujeres no se tatúan las manos y los pies con alheña, como dice el locutor, sino con henna». Mi primera intención fue darle algunas explicaciones semánticas, pero renuncié. Con el paso del tiempo uno aprende que determinados esfuerzos son, por su propia naturaleza, inútiles, y que todo trabajo inútil conduce a la melancolía.

En cualquier caso, y por si alguien todavía no lo sabe, diré aquí y ahora, y por última vez, que la alheña (palabra que procede del árabe al-hinna) es el término habitual para denominar en español —o en castellano, no sea que alguien se ofenda— un tinte natural que se utiliza tanto para colorear el pelo como la piel, obtenido de las hojas secas de una planta: la Lawsonia alba.

Y hasta aquí. Quien quiera más detalles, ahí tiene el Google y la Wikipedia, si bien me permito aconsejarle a cualquiera que no aspire a la mera cultura del chafalmeja la utilización de fuentes más serias. De forma concreta, si habla español le sugiero la Espasa-Calpe —la de los ciento y pico tomos—, habida cuenta que si uno sólo busca en la enciclopedia británica, termina por llamar a un amigo para decirle que se ha equivocado por decir alheña en vez de henna.

Aseguraba Fernando Fernán Gómez, en una entrevista ya un tanto pretérita, que al idioma español no le ha quedado más remedio que sucumbir ante el inglés; al menos en el mundo del cine. Posiblemente sí, aunque me pregunto si de forma necesaria. ¿Qué diferencia hay, por ejemplo, entre frame y fotograma? ¿Y entre casting y selección? Indudablemente una sola: la estupidez derivada de la ignorancia. La cual, dicho sea de paso, es la mayor de todas las idioteces.

Admito que en un contexto diverso, cuando personas de varios países con idiomas distintos concurren en una empresa para filmar una película, se recurra a términos que entienda no sólo un gringo, sino también un francés, un alemán y hasta un español. Utilizar el mismo vocabulario para andar por casa se antoja algo parecido a vestirse de esmoquin y calzarse zapatos de charol para fregar los platos después de la cena: una extravagancia de la que se echa mano para mostrar autosuficiencia en la materia —falsa autosuficiencia, conviene añadir— pero nada más. Y lo mismo vale para la informática, el automovilismo o la música moderna.

Dicen que a los lingüistas les gusta mucho el alemán como idioma preciso. No conozco suficiente el tema para opinar. Lo que sí sé es que el castellano resulta mucho menos ambiguo que el inglés. De hecho, los programas de interpretación de textos funcionan mejor con él que con la lengua de Shakespeare. Pero tampoco merece la pena enredarse en detalles técnicos. Basta con saber que hablamos un idioma bastante rico para denominar con precisión casi todo lo que existe en este mundo. Siempre que lo sepamos usar, claro.

Por cierto, todo esto viene a cuento de que el otro día leí una noticia sobre los efectos nocivos de los tatuajes con «henna negra».

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