Noticias del español

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| Ernesto Schoo
Lanacion.com (Argentina)
Sábado, 6 de mayo del 2006

AL RESCATE DE LOS TESOROS DE LA LENGUA

La reciente visita del Teatro Clásico de Madrid devolvió al público porteño, por breve tiempo, la riqueza y el esplendor -la belleza, en fin- de nuestro idioma. No es solamente aquí que se lo estropea, ni es algo que perjudique tan sólo al castellano. Es un fenómeno mundial, perceptible hasta en los principales países que guían al planeta. Tal vez fuera mejor no atribuirlo a países -así, en general-, sino más bien a las grandes ciudades, donde la simple existencia cotidiana se les está complicando a sus habitantes en un grado cercano al absurdo.


La situación particular del lenguaje teatral adquiere rasgos muy específicos en la Argentina. La tradición española fue fuertemente atacada en el Plata desde el momento mismo de ruptura de los lazos coloniales, y esa inquina (que obedece a razones ampliamente debatidas por historiadores y sociólogos) perduró casi hasta la visita de la infanta Isabel, en 1910. En ese lapso no dejaron de venir compañías españolas en gira, y nuestros espectadores aceptaron a los autores digamos modernos -Benavente, Marquina, los Alvarez Quintero-, pero manifestaron siempre una reserva cautelosa hacia los clásicos de la lengua.

Que, seamos sinceros, no son fáciles de decir, ni de entender, según los cánones del espectador que busca el puro entretenimiento. A lo que se suma la extensión habitual de esas obras, destinadas a públicos que podían permitirse pasar muchas horas en el teatro: el ritmo de la vida era más pausado, se ignoraba, o casi, el cansancio de un trajín acelerado hasta el vértigo, y no existían las distracciones proporcionadas por las máquinas. Un profesor norteamericano de Literatura, que enseña en los Estados Unidos y en Gran Bretaña, y que visitó hace poco Buenos Aires, nos comentaba: «La gente joven se maneja hoy con no más de -exageremos- mil palabras: ¿cómo podrían entender a Shakespeare, que usa diez mil?». Es muy cierto que el idioma es una sustancia viva, que cambia con el paso del tiempo, las necesidades planteadas por las variaciones de la técnica (el caso de la computación, o la electrónica, con sus nuevos vocablos, nacidos en el área de habla inglesa y que difícilmente encuentren su equivalente en español) y la moda: muchos modismos porteños típicos, en los textos de Cortázar, suenan hoy -y, sobre todo, al lector joven- a arqueología.

Convengamos también en que al actor argentino contemporáneo le es trabajoso decir el verso español. El maestro de maestros que fue don Antonio Cunill Cabanellas, fundador del Conservatorio (hoy, Escuela Nacional de Arte Dramático), destinó una cátedra especial, a su cargo, para el estudio de esa modalidad. Por eso, sus alumnos -Alfredo Alcón, María Rosa Gallo, Inda Ledesma y muchos otros- han podido decir esos versos con soltura y verdad. Al parecer, la cátedra se suprimió, o dejó de ser obligatoria, y la televisión perfeccionó el abandono de esa técnica al requerir tan sólo una falsa naturalidad que, dadas las circunstancias actuales, suele convertirse en un farfullar casi inaudible. Lo que a menudo debería agradecerse en nuestra TV, pero que llevado al teatro es una calamidad.

La enseñanza que han dejado los responsables del teatro madrileño es que las obras clásicas pueden ser adaptadas con respeto, sin falsearlas, ni someterlas a dudosas intervenciones «de actualidad». A lo sumo, en el Lope de Vega, «El castigo sin venganza», el traslado de época al fascismo italiano no resultó molesto (tampoco necesario, seamos francos) y tuvo la módica explicación de que la acción transcurre en Italia. No es que no estén permitidos la fantasía, el anacronismo expresivo o -en el caso de una comedia- hasta la parodia ingeniosa. Lo inadmisible es el mamarracho. Que tiene su propia estética, sobre todo a partir de Almodóvar. Pero ésa es otra historia.

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