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| Julio César Londoño
El Espectador, (Colombia)
Viernes, 7 de agosto del 2009

AL DICCIONARIO NO LE FALTA SU ZOQUETE

SUFRO DE FOBIA A LOS DICCIONArios, desconfío mucho del que los utiliza y no resisto al que los colecciona.


Está bien que uno guarde gorras, budas, llaveros, fidelidad o lapiceros, pero no diccionarios. ¿Confiaría usted en un médico que ejerce su profesión a punta de vademécum? Yo tampoco.

A Gabo lo saqué de mi santoral de autores divinos y lo degradé a la categoría de genio raso cuando supe que tenía un anaquel lleno de esas cosas. Poco me faltó para relegarlo al grupo de los aplicados, codo a codo con Mutis, Vargas Llosa, Fuentes y Pedro Pérez.

Los propietarios de diccionarios son zoquetes irredentos; o tipos raros, como Rufino José Cuervo, el cervecero que concibió un día el insensato proyecto de agotar en un libro alfabético todos los problemas de construcción y régimen del castellano. «Murió en París cuando iba por la letra E, lejos de Bogotá… y de la Z», escribió en su lápida Fernando Vallejo.

Los diccionarios son una estafa porque ofrecen algo que no pueden cumplir: reunir en un volumen todas las palabras de un idioma; porque sus definiciones son más oscuras que el vocablo a definir (la entrada de la preposición a, demos por caso, ocupa 32 páginas del diccionario de Cuervo); porque son muy lentos comparados con la agilidad del habla de la gente; porque los «nuevos» son copias textuales de los viejos, un reciclaje zonzo y eterno, y porque la mitad de sus contenidos está formado por honduras como esta: policiaco: relativo a la policía.

Pero sobre todo, desconfío de los diccionarios porque ignoran un postulado básico de la lingüística: en rigor, no existen sinónimos, no hay dos palabras iguales semánticamente hablando. Taburete no es lo mismo que asiento, ni hembra es sinónimo de mujer. Pero así, de sofisma en sofisma, el diccionario lleva a los incautos por una cadena inane de “sinónimos”: aguamanil: véase aljofaina. Aljofaina: f. palangana. Palangana: dícese del platón. Platón: ver Aristocles.

Hay autores que no pueden escribir una línea sin el volumen de sinónimos a la mano. Se los conoce porque su héroe, quien porta un arma blanca, desenvaina de pronto un puñal, esgrime una daga, blande un cuchillo y finalmente ensarta la barriga del tinieblo de su mujer con un alfanje finamente recamado.

Empecé a recelar de esos mamotretos desde un domingo de mi infancia cuando el sacerdote tronó desde el púlpito contra la sodomía, «esa pasión insana que infesta aulas y cuarteles». Por supuesto, corrí a la S. Allí estaba: «Sodomía: concúbito entre varones o contra el orden natural. Etimología: de Sodoma, antigua ciudad de Palestina donde se practicaba toda clase de vicios torpes». No entendí nada. Busqué concúbito: «ayuntamiento carnal». Bueno, carnal ya era algo, pero ¿ayuntamiento?: «acción y efecto de ayuntarse». Aunque mi paciencia se agotaba, persistí. «Ayuntar: tener cópula carnal». Corrí a la C: Cópula: ligadura. Acción de copularse. Término que une el predicado con el sujeto.

Ya entenderá el lector mi confusión al tratar de imaginar relaciones contra natura entre el sujeto y el predicado, a través de verbos asaz obscenos y copulativos, como ser y estar, y mi sorpresa al comprobar que copulativo no significa donjuán, rijoso, tirador, casquivano, culipronto ni «relativo a la cópula».

Después de varios lustros de seguirles la pista a esos farsantes, anoche les descubrí el truco: los diccionarios son una vasta tautología, laberintos circulares tan dilatados que sus paredes parecen rectas, pero no: el vocablo A se define con el «seudónimo» B, el B con el C, el C con el D… ¡y el Z de nuevo con el vocablo A! Si de mí dependiera, metería todos los diccionarios en la Biblioteca de Alejandría y acto seguido invocaría el espíritu del califa Omar.

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