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| Estrella Cartín de Guier, nueva presidenta de la Academia Costarricense de la Lengua
Nación.com, Costa Rica
Sábado, 21 de febrero del 2009

AL BUEY, POR LOS CUERNOS

Hoy, en todos los niveles de la actividad humana, la palabra ha perdido su valor.


En estos tiempos, en los que más que la moneda se ha devaluado la palabra, viene a mi memoria una anécdota del abuelo paterno, que remite a valores hoy casi olvidados.

He de decir que mi abuelo era de rígidos principios y extremadamente riguroso en la educación de los hijos. Era de los que daban un cinco vuelto, argumentando que «un cinco es plata y un pelo es barba». Levantaba a sus hijos a las cuatro de la mañana y los motivaba para el trabajo, diciéndoles: «el que no tiene el cinco, a ganarlo y el que lo tiene, a cuidarlo».

Valor de la palabra. Contaba que en cierta ocasión llegó una señora a ofrecerle en venta una finquita de cuatro manzanas en la suma de catorce mil colones. Alarmado ante la magnitud del precio, rechazó la oferta. Sin embargo, ante la insistencia de la dama que ponderaba la belleza del lugar, la fertilidad de la tierra, la ventaja de que la atravesara un río, terminó aceptando el negocio y dando su palabra, además de un dinero como señal de trato. Por la noche, en tertulia de amigos, comentó acerca del negocio recién efectuado. Sus amigos consideraron excesivo el precio y lograron convencerlo de que estaba realizando una pésima transacción.

Al día siguiente, le comunicó a la señora su decisión de retractarse y, desde luego, de perder el dinero dado en adelanto. La dama le espetó una contundente y lapidaria respuesta: «Yo creí que había tratado con un hombre de palabra». Ante semejante argumento, para él inobjetable, mi abuelo no pudo menos que darle la razón y decirle: «Siempre he honrado mi palabra y he creído que al buey, por los cuernos y al hombre, por la palabra».

Fue así como, hace más de cien años, para honrar la palabra empeñada, se compró en San Rafael de Escazú un terreno de cuatro manzanas en la suma de catorce mil colones.

Hoy, en todos los niveles de la actividad humana, la palabra ha perdido su valor. Tanto en el plano comercial como en el laboral, así como en las relaciones sociales, la palabra ya no es portadora de verdad. Nos ocurre a diario oír la categórica promesa de un pago que luego no se realiza o el compromiso de asistir a la cita, que no se cumple. Nos hemos habituado a oír el consabido «el trabajo estará terminado sin falta tal día» o «llego a tal hora», a sabiendas de que la promesa no se cumplirá.

La Literatura consigna la nostalgia por la pérdida del respeto a la palabra empeñada. Don Quijote cree ciegamente en ella. Cuando sorprende a Juan Haldudo azotando a su criado Andrés, al que le debe la suma de setenta y tres reales, nuestro caballero le hace jurar que le pagará todo cuanto le adeuda. Ante la desconfianza del joven, la certeza de don Quijote es total: «Basta que yo se lo mande para que me tenga respeto y que él me lo jure por la ley de caballería que ha recibido».

Esa fe y ese tenaz compromiso con la palabra empeñada lo hallamos también en el protagonista de El Coronel no tiene quién le escriba. Este personaje de García Márquez actúa a los ojos de su esposa como quien ha perdido la razón. Se necesita estar loco para esperar durante quince años la carta en la que se le comunica la noticia de su pensión como veterano de guerra. No obstante, la sinrazón del Coronel estriba en su irrestricta fe en un valor que ha perdido vigencia.

Problema cultural. En un artículo que titula Del dicho al hecho, Umberto Eco plantea el tema y lo analiza como asunto de antropología cultural. En términos generales, el sajón le concede a la palabra un alto contenido de veracidad y cree en ella, a la vez que acostumbra cumplir lo prometido. Un norteamericano acepta la excusa que se le da para no asistir a un compromiso, pero lo que le resulta inconcebible es que alguien acepte y no vaya. No cabe en su mentalidad pensar que, cuando nosotros, latinos, le decimos al que saludamos por la calle: «Llamame y nos vemos» o «Te voy a invitar a casa a almorzar», lo hacemos más como una fórmula de cortesía que como una promesa.

En todo caso, ya sea problema de antropología cultural o de pérdida de valores, la realidad es que la palabra se ha devaluado y van quedando muy pocos, como mi abuelo, que sepan honrarla y respetarla.

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