Noticias del español

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| Francisco José Faraldo
La Nueva España, España
Jueves, 28 de mayo del 2009

ÁGRAFOS Y MAL HABLADOS

El lenguaje hablado es nuestro más importante patrimonio.


Sucede con el lenguaje algo parecido a lo que pasa con todo lo público: pocos lo respetan, casi nadie lo valora, cualquiera se siente con el derecho a manosearlo. Basta dar una ojeada a la prensa, conectar el televisor o la radio y comprobamos que incluso los medios más obligados a cuidarlo, lo tratan a patadas; los malos tratos llegan en ocasiones a la tortura, y a nadie se penaliza por ello.

El lenguaje humano es nuestro más importante patrimonio, la herramienta que nos coloca un eslabón por encima del resto de la cadena animal. Sin embargo, la incapacidad para comunicarse con un mínimo de calidad por medio del lenguaje o el desprecio manifiesto hacia su uso no merece sanción social. Se considera mal hablado al que suelta tacos, aunque lo haga con propiedad, pero no se da importancia a la carencia de habilidad para hilvanar una descripción o verbalizar correctamente un acontecimiento.

Un ámbito donde la torpeza expresiva alcanza cotas más altas es el de la política. En ese hábitat poblado por especímenes especialmente locuaces se manifiestan las carencias lingüísticas de una manera notoria y se lanzan discursos formados por una catarata de anacolutos, pleonasmos y cacofonías destinadas a camuflar una escandalosa falta de ideas y propuestas. Sustituyen la comunicación por el ruido, las voces por los ecos. Si la mayoría de las corrupciones sociales comienza por la lengua, como afirmaba Orwell, estamos aviados.

Porque las generaciones más jóvenes parecen también haberse adherido al uso y abuso de las jergas, para evitar la trabajosa tarea de construir frases. ¿A qué edad se emite la primera oración compuesta? ¿En qué momento de su existencia el homínido joven abandona el balbuceo y es capaz de sorprendernos con dos frases hiladas con gracia y que se ajusten con precisión a lo que quiere decir? La respuesta a ambas preguntas es: cada vez más tarde. O tal vez nunca. La jerga oral de los jóvenes se reduce a un amasijo de interjecciones y muletillas que mezcladas económicamente con los cuatro o cinco verbos más socorridos sirven para la transmisión de las pulsiones del momento. Y lo dicho hasta aquí se agrava en la expresión escrita.

El acceso generalizado y el uso incontrolado de las nuevas tecnologías le han asestado un golpe fatal y la práctica desaparición de los signos ortográficos en teléfonos móviles y ordenadores ha originado una avalancha de abreviaturas que convierte los mensajes en textos casi indescifrables para los no iniciados. Creo que eventos, como el Salón del Libro, que se celebraron en Gijón deberían tener en consideración la situación descrita, contemplar iniciativas encaminadas al análisis crítico del uso del lenguaje en nuestro entorno e implicar en este análisis a sectores donde el desaliño lingüístico es alarmante, y ahí incluyo a ciertos medios de difusión, jóvenes o políticos. Tendrían sentido, por ejemplo, la organización de mesas redondas para tratar sobre el tema o sesiones de práctica lectora en las que se pusieran en evidencia las múltiples barbaridades que están convirtiendo la lengua en un sucedáneo del tam-tam.

De este modo, sería también más fácil entender que la lectura quizá sea el único instrumento útil para devolver al personal el gusto y la estima por el lenguaje. Hay que leer para encontrarse, para conocer, para saber más del mundo y también de nosotros. Leer para divertirse. Leer para entender el prodigio de que unos signos sobre un papel tengan el poder maravilloso de producir emociones inolvidables y de que ciertos libros hayan cambiado la vida de los hombres o el rumbo de la historia. Y de paso que la lengua, como se ha dicho tantas veces, es la verdadera patria común, la única en la que la reconciliación y el encuentro son posibles porque a todos, sin exclusiones, pertenece.

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