Noticias del español

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| Patricio Varsariah
El Telégrafo (Guayaquil, Ecuador)
Lunes, 16 de abril del 2007

ADIÓS A LA PALABRA

Si cada quien hiciera un análisis del lenguaje que maneja, se daría cuenta de que lo ha heredado inconscientemente de lo que oye.


El español, un idioma sitiado. Y… ¿cuáles son las causas de que nuestra lengua se encuentre en tal estado? No vamos a descubrir la pólvora si enumeramos las más conocidas: La gramática se enseña en las escuelas poco y mal (acabo de enterarme de que la han quitado como materia en las carreras de periodismo y derecho); las faltas de ortografía en un examen ya no son motivo para que los profesores fracasen al alumno por ahí mismito, y los modismos del inglés son traducidos grotescamente al español, como si este fuera el hermano pobre de aquel, y tenga por tanto que conformarse con los desechos que le deja de limosna.

Además, el hábito de leer ha quedado reducido a una costumbre de gente extraña, rara y sospechosa. Y lo que es peor, pasada de moda. La consecuencia inmediata no es tan solo que se desperdicia el caudal de conocimientos que reposa en los libros, sino que el hablante, a falta de alimento, va debilitando su vocabulario y su expresión hasta límites que rayan en lo patético, muy especialmente cuando se trata de gente «preparada» o de aquellos profesionales, como los periodistas y los docentes, cuya herramienta de trabajo es la palabra.

De hecho, en el mundo moderno, hemos perdido el concepto de persona con «cultura general», que leía, hablaba y escribía correctamente, dominaba, al menos, las cuatro reglas de aritmética, y si se le apuraba mucho, era incluso capaz de sacar un porcentaje o una raíz cuadrada, aparentes menudencias, conocimientos elementales que, nos consta, se han brincado personas con unos títulos universitarios apabullantes.

Esa idea de «cultura general», de conocimientos imprescindibles, la heredamos del Trivium de los antiguos (estudio de las tres artes liberales relativas a la elocuencia: gramática, retórica y dialéctica) y del Cuadrivium medieval (aritmética, música, geometría y astrología), conocimientos con los que un ser humano estaba más que dotado para andar por la vida, porque con ellos estaba dotado para pensar.

Un pequeño detalle que parecen haber olvidado los programas de estudios modernos. Y al fin, otra causa importante del empobrecimiento del idioma y de la que nunca se habla es la pérdida de la tradición oral. Sabido es que la literatura de los pueblos comenzó siendo una literatura oral que, cantada por los rapsodas o más tarde por los juglares, fue pasando de generación en generación enriqueciéndose o empobreciéndose, vaya usted a saber, con las sucesivas versiones, hasta que algún copista tuvo a bien recogerla.

La literatura —la épica y los cantos folclóricos sobre todo— era propiedad del pueblo, del pueblo llano, que la escuchaba en las plazas públicas, la aprendía de memoria, y modificación más, modificación menos, la pasaba a sus descendientes. Esta tradición oral ha estado vigente en los pueblos hasta hace poco tiempo. Es más, es probable que exista todavía, pero que esté a punto de extinguirse a falta de oyentes que hereden el riquísimo legado que las leyendas, los cuentos, las canciones, o los refranes trasmiten en ideas, en vocabulario, en expresiones y en sabiduría.

Y si digo que la pérdida de la tradición oral ha influido en el deterioro del idioma, es porque si cada quien hiciera un análisis del lenguaje que maneja, se daría cuenta de que un gran porcentaje no lo ha adquirido en la escuela, ni en los libros, ni en esas antipedagógicas listas de vocabulario aislado que los docentes mandan estudiar en las clases de español, sino que lo ha heredado inconscientemente de lo que oye.

Es indudable que el idioma se aprende también en los comedores de las casas, en las conversaciones, en las cocinas o en los juegos de la calle. Si es poco y malo lo que se oye, escaso y malo será el idioma del hablante, pero si es abundante y rico, rico y abundante será su lenguaje.

El elemento no sólo humanista sino humanizador por excelencia de la transmisión cultural no es el texto, ni la imagen, ni el sonido sino la palabra viva, es decir, el verbo encarnado, hecho hombre (y más frecuentemente, hecho mujer).

No los libros, por buenos que sean, no las películas ni la telepatía mecánica (otra cosa no es la famosa 'red'), sino el semejante que se ofrece cuerpo a cuerpo a la devoradora curiosidad juvenil en busca de un alma: ésa es la educación humanista, la que desentraña críticamente en cada mediación escolar (libro, filmación, herramienta comunicativa) lo bueno que hay en lo malo y lo malo que se oculta en lo más excelso. Porque el humanismo no se lee ni se aprende de memoria, sino que se contagia. Y mal pueden contagiar la enfermedad divina quienes no la padecen.

Y es que ojalá los canales de comunicación entre las distintas generaciones no terminen por cerrarse. Si la catástrofe sucediera, el lenguaje quedaría sitiado y vencido por el peor de sus enemigos: el silencio.

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