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| Matías Néspolo
El Mundo, España
Viernes, 1 de febrero del 2008

ADAM KOVACSICS INDAGA EN LA RELACIÓN ENTRE LA LENGUA Y LA GUERRA

El traductor de Kertesz debuta en el ensayo con un análisis de la propaganda.


Hacia finales del sigo XIX la palabra era equívoca y ambigua por naturaleza. Indisociable de la dimensión poética, el acto mismo de nominar una cosa encerraba el misterio de la esencia humana. Entre mística y metafísica, el lenguaje era «la casa del ser», como diría Heidegger.

Hoy la poesía es la intrusa de una casa inhabitable. Las palabras son convenciones inequívocas y funcionales que sirven para «la pura y dura transmisión de contenidos», dice Adam Kovacsics, «y siempre responden a determinados fines y objetivos concretos».¿Qué ha pasado en el siglo XX para que la casa del lenguaje saltara por los aires?

Kovacsics, el premiado traductor al castellano de Adám Bodor e Inré Kertesz, entre otros, debuta en el ensayo con una aguda respuesta. Se trata de Guerra y lenguaje (Acantilado), un trabajo que combina elementos narrativos y ensayísticos para dar cuenta de la radical metamorfosis lingüística que supuso la Primera Guerra Mundial: desde el impacto que tuvo sobre la literatura y el papel que jugó la prensa en la contienda, hasta sus efectos en los distintos discursos sociales.

Estudioso de las literaturas centroeuropeas, Kovacsics comprobó en sus investigaciones la pertinencia de aquella pregunta de Adorno sobre si era posible escribir poesía después de Auschwitz, hasta que se planteó su propia pregunta como punto de partida: «¿Por qué la literatura se cuestiona a sí misma después de las grandes guerras, cosa que no sucedía en el siglo XIX ni en el XVII? La Primera Guerra desembocó en los balbuceos de Dadá y la Segunda, en experiencias tan radicales como la de Beckett o Paul Celan», señala.

No tardó en encontrar la respuesta, una cifra: 1914. «De pronto el uso puramente instrumental del lenguaje, hasta ese momento secundario, se convirtió en algo masivo», dice Kovacsics. Instrumentalización de la palabra provocada tanto desde al prensa escrita y los aparatos de propaganda bélica como desde los encendidos discursos nacionalistas de las potencias en conflicto.

Un proceso en el cual la creación de un Cuartel de Prensa -integrado por escritores que evitaban así ir al frente como Stefan Zweig o Rainer Maria Rilke-, por parte del imperio austro-húngaro, jugó un papel central. «La primera guerra moderna se transformó en un producto, una suerte de mercancía a la que había que vender a través de la propaganda», dice Kovacsics. «Un fenómeno que no ha cambiado hasta el día de hoy», aclara, «a pesar de los avances de la tecnología bélica».

Esa brecha entre un lenguaje edénico no ajeno a la dimensión poética y la palabra instrumentalizada y masiva de la propaganda que se abrió en 1914 -y que diagnosticaron casi simultáneamente y desde lugares distintos Karl Kraus, Walter Benjamin y Ludwig Wittgenstein- aún perdura. Esa «brecha» histórica que Kovacsics llama «la tragedia de la palabra» produce hoy «eufemismos burocráticos» como «daños colaterales y guerra preventiva» que son, según el autor, «parientes cercanos» de expresiones nazis como «judíos emigrados de Alemania», para referir a los deportados a los campos de exterminio. «En la guerra, la mentira se convierte en principio universal», concluye el autor citando a Kafka.

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