Noticias del español

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| José H. Chela
eldia.es, España
Miércoles, 14 de noviembre del 2007

ACADEMIAS Y CANARISMOS

EL OTRO DÍA, el colaborador habitual de este periódico José María Segovia se extrañaba de que el vocablo mencey no apareciese en el Diccionario de la Real Academia. Y, como siempre que trata de algún tema, el también reciente amigo epistolar cibernético —si puede decirse así— entraba, a propósito del asunto, en disquisiciones y consideraciones de lo más amenas y sensatas.


Comprobé que, en efecto, el título que ostentaban los reyes guanches no aparece en el léxico de la docta casa. Y tampoco en el Panhispánico de Dudas, que se supone mucho más abierto a expresiones y vocablos de todo el universo castellanohablante. Pero, en ese universo, me temo no habitamos nosotros, los isleños de un archipiélago que, sin embargo, algo tendría que aportar al idioma, además de haber conservado como oro en paño joyas de nuestro lenguaje perdidas para los conversadores y hasta escritores de la España continental.

No aparece el término mencey en el diccionario de la RAE, pues. Y lo mismo pasa con el que designaba a los colegas que ejercían idéntico cargo en Tamarán y que se llamaban, no bencomos, como apunta el señor Segovia, sino guanartemes, a quienes ayudaban y aconsejaban unos sacerdotes de legendaria sabiduría: los faycanes. Que nadie trate de dar igualmente con esas últimas palabras: será una búsqueda estéril. Lo curioso es que ninguna de esas denominaciones —mencey, guanarteme, faycán— se halla tampoco en uno de los trabajos más importantes sobre el habla canaria de los publicados hasta la fecha: El tesoro lexicográfico del español de Canarias, editado por el Gobierno autónomo, la Universidad de La Laguna y la propia Real Academia de la Lengua. Fallos clamorosos de los que no me he dado cuenta hasta que me picó la curiosidad el artículo de José María Segovia. También comprobé que, en efecto, la RAE se equivoca —y hace que se equivoque el personal que buenamente se fía de sus acepciones— al definir el término guanche aplicándolo a todos los pobladores aborígenes de estos peñascos. Así se ahorra, claro está, la molestia y el engorro de tener que incluir unos cuantos gentilicios precolombinos más: bimbache, auarita, maho

Todo esto resulta bastante deprimente o, cuando menos, decepcionante, y lleva a cualquiera a preguntarse para qué existe una entidad que, en teoría, lleva funcionando algunos años ya, y que se autodenomina pomposamente Academia Canaria de la Lengua. ¿Tiene ese organismo alguna conexión con esa otra señora mayor y más importante, llamada RAE, como la tienen las academias americanas?… ¿Le envía informes y sugerencias?… ¿Participa, aunque sea como lejana consejera y auxiliar en la elaboración de nuevos y cada vez más completos léxicos cuyo objetivo es atesorar todo, pero todo el español que se habla por esos mundos de Dios?… Pues, si hay algo de eso, no se nota, hijos. Más vale que cierren el chiringuito.

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